En noviembre de 1963, el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy conmovió a los Estados Unidos y dejó una herida profunda en la conciencia de una generación. Pocos meses después, a comienzos de 1964, un joven compositor llamado Paul Simon escribía una canción que, interpretada junto a Art Garfunkel, terminaría convirtiéndose en una de las expresiones musicales más perdurables del siglo XX: “The Sound of Silence”, los sonidos del silencio.
La canción ha sido vinculada muchas veces con el clima de desolación que siguió al asesinato de Kennedy, aunque no está acreditado que haya sido escrita como respuesta a ese crimen. Su significado, de todos modos, trasciende cualquier acontecimiento particular. Habla de seres humanos que pueden hablar sin comunicarse, escuchar sin comprenderse y convivir sin reconocer el sufrimiento ajeno.
Han transcurrido más de sesenta años y aquella melodía parece haber encontrado un escenario inesperado en una sala de audiencias de Corrientes, donde se intenta reconstruir lo que ocurrió con Loan Danilo Peña, un niño de cinco años que desapareció el 13 de junio de 2024. Otra Torre de Babel. Allí también se habla mucho, demasiado quizás, y sin embargo el silencio sigue siendo ensordecedor.
El calendario de la espera: una justicia que no alcanza a llegar
El juicio oral por la desaparición de Loan Danilo Peña llegó esta semana a su audiencia número 39, después de que el miércoles 28 de octubre se celebrara la número 38.
Y el panorama que se abre por delante resulta desolador. Según las estimaciones que surgen del propio ritmo del debate, todavía restarían alrededor de 120 testigos, además de las declaraciones mediante Cámara Gesell, la reproducción de los audios ofrecidos como prueba y la eventual reconstrucción de los hechos, una medida cuya realización dependerá de lo que resuelva el tribunal.
Si se consiguiera escuchar un promedio de seis testigos por audiencia, solamente esa prueba testimonial demandaría otras veinte jornadas. Pero el tribunal ha reducido el debate a dos audiencias semanales, los miércoles y jueves, al menos hasta el 1 de diciembre, cuando se hará efectivo el retiro de su presidente, el juez Fermín Ceroleni.
La matemática es sencilla y sus consecuencias, devastadoras: veinte audiencias representan diez semanas de trabajo efectivo, sin contar feriados, suspensiones, incidencias procesales, alegatos ni las restantes pruebas pendientes. Con semejante ritmo, concluir el juicio antes de fin de año parece materialmente inviable, y su prolongación hasta febrero, marzo o incluso más adelante constituye una posibilidad concreta.
Pero las cifras esconden otra realidad, infinitamente más dolorosa. María y José, los padres de Loan, llevan meses viajando desde 9 de Julio hasta la ciudad de Corrientes para sentarse en una sala de audiencias donde esperan escuchar, aunque sea una sola vez, una palabra que los acerque a su hijo. Escuchan explicaciones, contradicciones, discusiones entre abogados, incidentes y enfrentamientos que en algunas jornadas parecen transformar una tragedia humana en un espectáculo judicial. Y cuando termina la audiencia regresan a su casa como llegaron, o peor: agotados, angustiados, a veces indignados, siempre sin Loan.
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Al día siguiente vuelven a levantarse con la misma pregunta: ¿dónde está nuestro hijo?
Conviene ser preciso, porque esta crítica no admite equívocos: nada de lo anterior es imputable a los magistrados que conducen el debate. Los jueces que integran este tribunal vienen cumpliendo sus funciones con sedes naturales extremadamente alejadas de Corrientes, atendiendo obligaciones jurisdiccionales simultáneas y sosteniendo un juicio de enorme complejidad probatoria con los medios que el sistema les provee. El esfuerzo personal de esos magistrados no está en discusión. Lo que está en discusión es el sistema que los obliga a semejante esfuerzo.
El problema es estructural y tiene nombre constitucional: la progresiva desintegración de los tribunales naturales (art. 18 de la Constitución Nacional) por la vía de vacantes no cubiertas y subrogancias prolongadas en el tiempo. La Corte Suprema advirtió hace casi dos décadas que un régimen semejante no puede transformarse en una práctica estable sin erosionar la garantía del juez natural y la independencia judicial (“Rosza”, 2007), y reafirmó ese estándar al declarar la inconstitucionalidad del régimen de subrogaciones entonces vigente (“Uriarte”, 2015). Cuando la excepción se convierte en regla, el costo no lo paga la administración: lo pagan los juicios, y dentro de los juicios, las víctimas.
De allí que el reproche no se dirija al tribunal del juicio, que carece de atribuciones y competencia para resolver aquello que lo condiciona, sino al nivel en el que esas decisiones se adoptan y se controlan: los órganos encargados de cubrir las vacantes y, en el plano del control constitucional y de superintendencia.
Hecha esa aclaración, la pregunta de fondo permanece intacta: si el sistema judicial argentino comprende realmente lo que significa el plazo razonable (art. 8.1 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos) cuando la víctima es un niño cuyo paradero se desconoce, y cuando el interés superior de ese niño obliga a actuar con una urgencia reforzada (art. 3 de la Convención sobre los Derechos del Niño; Ley 26.061).
Porque para la Justicia veinte audiencias pueden ser apenas diez semanas de calendario. Para los padres de Loan son otras setenta noches esperando a un hijo que no vuelve. Y ninguna reorganización administrativa debería convertir semejante sufrimiento en una rutina tolerable.
El niño que no puede hablar
Loan no está en la sala de audiencias. No puede contar qué ocurrió aquel jueves después del almuerzo familiar. No puede corregir las versiones contradictorias, reconocer una voz, describir un vehículo, señalar un camino ni explicar qué sucedió después de que lo vieran por última vez. No puede defenderse de las mentiras que se dijeron, de las sospechas que se sembraron sobre su propia familia ni de las historias extravagantes que atravesaron la investigación.
No puede responderles a quienes hablan de él como si fuera un expediente, una hipótesis criminal, un número de causa o una noticia que comienza a perder interés.
Loan no puede hablar. Y quienes podrían aportar información decisiva todavía no han conseguido ofrecer una explicación que permita encontrarlo.
Esa es la tragedia. Porque hay algo infinitamente más doloroso que escuchar una mentira: advertir que, después de tantos meses, tantas declaraciones y tantas controversias, nadie ha logrado decir dónde está un niño ni para qué se lo llevaron.
Todos tienen una explicación, nadie pide perdón
En el juicio oral se han escuchado relatos que parecen incompatibles entre sí. Personas que sostuvieron determinadas versiones y luego las modificaron. Testigos que recordaron circunstancias después de largos períodos de silencio. Imputados que offeredieron explicaciones sobre sus movimientos, sus decisiones y sus relaciones con otras personas.
También se escucharon las razones de quienes llegaron a Corrientes después de la desaparición, invocaron propósitos humanitarios, participaron en actividades relacionadas con la búsqueda y terminaron sometidos a acusaciones por presuntas maniobras de entorpecimiento.
Unos dicen haber querido ayudar. Otros aseguran haber sido engañados. Algunos atribuyen las responsabilidades a terceros. Hay quienes afirman que nunca supieron lo que ocurría a su alrededor. Cada uno tiene una explicación. Pero las explicaciones no son necesariamente respuestas.
Y mientras todos encuentran palabras para justificar su propia conducta, nadie parece encontrar la palabra necesaria para poner fin al sufrimiento de los padres de Loan. Una palabra tan sencilla como difícil: perdón.
Pedir perdón no significa confesar un delito. No implica renunciar a la presunción de inocencia ni aceptar una responsabilidad penal. Es, antes que nada, reconocer que existe un sufrimiento humano que merece consideración.
No existe obligación jurídica de pedir disculpas. Pero hay responsabilidades morales que no se agotan en los códigos.
¿Nadie se equivocó? ¿Nadie hizo algo que hoy lamenta? ¿Nadie difundió una versión falsa, agravó una sospecha injusta, alimentó una confusión o dejó de hacer algo que podría haber ayudado?
¿Es posible que, después de semejante tragedia, todos tengan algo que explicar y nadie tenga nada que lamentar?
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El silencio también puede estar lleno de palabras
La paradoja de este juicio es que el silencio no consiste necesariamente en que los acusados se nieguen a hablar. Consiste en que, aun después de tantas palabras, la pregunta esencial permanece sin respuesta.
Las audiencias se suceden. Los abogados interrogan. Los testigos recuerdan. La Fiscalía acusa. Las defensas contradicen. Los jueces escuchan. Ese es el funcionamiento indispensable de un proceso penal respetuoso de las garantías constitucionales.
Pero hay una diferencia fundamental entre la verdad procesal, que debe establecerse mediante pruebas, y la verdad humana, que desesperadamente necesita una familia. La primera exige procedimientos, contradicción, imparcialidad y certeza para condenar. La segunda comienza con una pregunta elemental: ¿dónde está Loan? Ninguna sentencia podrá considerarse una respuesta completa al drama de su desaparición mientras esa pregunta permanezca abierta.
Y conviene formular una precisión jurídica indispensable: el imputado tiene derecho a guardar silencio, a no declarar contra sí mismo y a ejercer plenamente su defensa (art. 18 de la Constitución Nacional; art. 8.2.g de la Convención Americana). Ese derecho no puede convertirse en una presunción de culpabilidad.
Pero tampoco puede utilizarse la existencia de esas garantías como excusa para resignarse institucionalmente a no investigar todos los indicios que puedan conducir al esclarecimiento de los hechos. El derecho a guardar silencio protege al acusado. No libera al Estado de su deber de buscar al niño, ni de garantizar a las víctimas una participación efectiva en ese esfuerzo (Ley 27.372).
La humillación de esperar
Pocas experiencias humanas deben resultar tan devastadoras como esperar a un hijo que no vuelve.
Los padres de Loan no saben si tiene frío, si siente miedo, si alguien lo cuida, si está enfermo, si pregunta por ellos o si alguna vez volverán a abrazarlo. Son preguntas terribles. No porque conozcamos sus respuestas, sino precisamente porque las ignoramos.
Mientras tanto, la vida continúa. La gente trabaja, discute, vota, viaja, se reúne con sus amigos, celebra cumpleaños y comienza a olvidar noticias que alguna vez parecían imposibles de olvidar. Pero en una casa de Corrientes hay una ausencia que no admite vacaciones.
Allí el tiempo transcurre de otra manera. Jorge Fontevecchia lo definedió en pocas palabras, en su cálido y afectuoso reportaje presencial a María y José en los estudios de Perfil: “Loan es la presencia de la ausencia”.
Cada noche es una noche más sin respuestas. Cada mañana vuelve a plantear la esperanza y el miedo. Cada versión pública abre una posibilidad que después puede desvanecerse. Y cada día que pasa sin encontrar a Loan prolonga una forma de sufrimiento que ninguna institución debería considerar normal.
La desaparición de un niño no puede transformarse en una costumbre nacional. Mucho menos en una sucesión interminable de declaraciones, especulaciones, acusaciones cruzadas y disputas por el protagonismo público, prolongada además por la escasa frecuencia de audiencias que se le otorgó a un juicio de máximo interés público y nacional.
La tragedia de Loan no necesita protagonistas. Necesita respuestas.
Una pregunta que todavía nadie ha respondido
En el debate se investigan dos conjuntos de conductas: aquellas vinculadas con la presunta sustracción y ocultamiento del niño, y las atribuidas a quienes habrían realizado maniobras posteriores para obstaculizar la investigación.
Son imputaciones diferentes, con responsabilidades que deben demostrarse individualmente. Pero existe una pregunta que merece una respuesta rigurosa: ¿hubo alguna conexión entre ambos grupos? ¿Actuaron independientemente? ¿Existieron intereses coincidentes? ¿Alguna persona pudo promover o aprovechar determinadas maniobras para alejar la investigación de quienes conocían lo ocurrido?
La existencia de una coordinación criminal no está acreditada. Precisamente por eso debe investigarse sin prejuicios y sin convertir sospechas en hechos.
También es indispensable esclarecer el sentido de las versiones falsas, los contactos entre personas involucradas y las intervenciones que pudieron haber desviado la búsqueda. Porque, si alguna prueba jurídicamente válida demostrara que ciertas maniobras de entorpecimiento respondieron a una finalidad común con la sustracción, la comprensión de lo sucedido podría cambiar de manera sustancial.
No se trata de encontrar una explicación espectacular. Se trata de encontrar una explicación verdadera. Y, por encima de todo, de encontrar a Loan.
El olvido es otra forma de abandono
La canción de Simon y Garfunkel conserva una extraordinaria capacidad para describir una sociedad donde las palabras dejan de comunicar y las personas dejan de escucharse.
El silencio no es solamente la ausencia de sonido. También puede ser la indiferencia frente al dolor ajeno. La comodidad de no preguntar. La decisión de mirar hacia otro lado. La resignación ante aquello que debería resultar intolerable.
En el caso Loan existe un peligro que excede las responsabilidades de los acusados: que la sociedad termine acostumbrándose a la desaparición del niño. Que las audiencias se conviertan en una rutina. Que las contradicciones dejen de sorprender. Que las mentiras pierdan su gravedad. Que las preguntas sin respuesta ya no incomoden. Que un niño desaparecido termine reducido a un nombre repetido en los titulares.
La justicia tardía no siempre es justicia suficiente. Y tratándose de un niño cuyo paradero continúa siendo desconocido, el tiempo no es un elemento neutro: es una circunstancia que agrava la urgencia humana de la búsqueda.
No conocemos el destino de Loan. No sabemos quiénes poseen toda la información necesaria para encontrarlo. No sabemos si alguien que todavía guarda un dato decisivo terminará por revelarlo.
Pero sí sabemos algo. Loan no puede defenderse del olvido. Esa responsabilidad nos corresponde a los adultos: a los funcionarios, a los jueces, a los fiscales, a los abogados, a los periodistas y a todos aquellos que alguna vez pronunciaron su nombre.
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El último sonido
Tal vez lo más perturbador de esta historia sea que, mientras los adultos continúan discutiendo sus responsabilidades, un niño permanece ausente.
No hay melodía capaz de explicar semejante tragedia. No hay argumento jurídico que pueda aliviar por sí solo el dolor de sus padres. No hay discurso político que reemplace una búsqueda efectiva. No hay versión periodística que sustituya una prueba. No hay absolución anticipada ni condena mediática que nos acerque a la verdad. Y no hay silencio más doloroso que aquel que se prolonga cuando alguien podría contribuir a terminarlo.
Hace más de sesenta años, dos jóvenes estadounidenses convirtieron la incomunicación humana en una canción inolvidable. Hoy, en Corrientes, ese silencio tiene un nombre: Loan Danilo Peña. Un niño al que se llevaron de la vida cotidiana de su familia y cuya ausencia continúa interrogando a todos.
Ojalá alguien encuentre el valor de aportar aquello que todavía falta conocer. Ojalá una prueba, una memoria, un testimonio verdadero permitan terminar con esta espera. Ojalá podamos dejar de escribir sobre su desaparición para comenzar a contar la historia de su regreso.
Mientras tanto, hay una pregunta que no debe desaparecer entre las voces de los adultos.
¿Dónde está Loan?
Porque Loan no es una noticia vieja. No es una causa más. No es una discusión entre abogados. No es un expediente que pueda archivarse en la memoria collective.
Loan es un niño. Un niño que falta. Un niño que tiene una familia que lo espera, una infancia interrumpida y una vida que nadie tiene derecho a arrebatarle.
Su silencio sigue aturdiendo a quienes todavía somos capaces de escucharlo. Y lo verdaderamente aterrador no es que Loan permanezca en silencio: es que algún día dejemos de escucharlo. Que el paso del tiempo termine haciendo lo que todavía no consiguieron las explicaciones, sepultar las preguntas.
Porque cuando una sociedad se acostumbra a que un niño desaparezca sin que se conozca su destino, no pierde solamente la memoria. Pierde una parte de su humanidad.
Y mientras algunos discuten cómo defenderse de las acusaciones, una madre, un padre y los hermanos de Loan siguen esperando que alguien les devuelva al chico que falta.
Que nadie confunda el paso del tiempo con el derecho al olvido. Que nadie confunda el silencio con la verdad. Y que nadie se atreva a confundir con resignación la perseverancia que sostiene el amor.
Porque el día que dejemos de preguntar dónde está Loan, su desaparición habrá conseguido algo todavía más terrible: que también desaparezca nuestra conciencia.








