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Poduje: el ministro chileno que trató de loco a Milei

El ministro volvió a convertir una intervención pública en un problema político para el Gobierno de José Antonio Kast. Esta vez fue por sus descalificaciones contra el Presidente argentino.

Poduje: el ministro chileno que trató de loco a Milei
Hoy 04:24

Hay ministros que consiguen instalar sus prioridades y otros que terminan instalándose ellos mismos en el centro de la agenda. Iván Poduje parece pertenecer, al menos por ahora, a la segunda categoría.

Su última polémica, después de calificar de “cada vez más loco” al presidente argentino Javier Milei, volvió a poner en evidencia una dificultad que acompaña su gestión desde antes de asumir formalmente el Ministerio de Vivienda y Urbanismo.

El arquitecto tiene facilidad para llamar la atención, capacidad para defender sus posiciones y escasa disposición a moderar sus formas cuando se enfrenta a alguien que piensa distinto. El problema comienza cuando esas características dejan de servir a su agenda y se convierten en una fuente permanente de conflictos para el Gobierno.

La escena ocurrió durante el foro “Conoce a tu ministro” a mediados de octubre, organizado por el Instituto Chileno de Administración Racional de Empresas. Poduje defendía la inversión pública en infraestructura y su contribución a reducir los costos de los productos, dinamizar la economía y beneficiar a los usuarios. Hasta ahí, una discusión legítima sobre el papel del Estado, la inversión y el desarrollo. La intervención tomó otro rumbo cuando utilizó el caso argentino para cuestionar la posición de Milei frente a la obra pública y terminó descalificando personalmente al mandatario.

La reacción posterior fue reveladora. El ministro debió disculparse, reconoció que sus comentarios no correspondían y, desde Bolivia, el presidente chileno José Antonio Kast lamentó las expresiones y aseguró que aquello no se volvería a repetir. La frase presidencial tuvo el tono de una reprimenda pública, aunque también buscó cerrar rápidamente un episodio que amenazaba con prolongarse en los medios y en las relaciones entre ambos países.

Lo curioso es que la discusión de fondo ofrecía material suficiente para un debate serio. La inversión en infraestructura, su rentabilidad social, los límites fiscales y la participación del Estado constituyen asuntos centrales para cualquier economía. Las experiencias de Chile y Argentina pueden compararse, con sus diferencias institucionales y económicas, para evaluar qué inversiones generan crecimiento y cuáles terminan convirtiéndose en gasto improductivo. Sin embargo, la descalificación personal desplazó el argumento y dejó al ministro defendiendo sus palabras en lugar de su posición.

No es un detalle menor. En política, la forma siempre termina condicionando el fondo, particularmente cuando quien habla representa al Estado. Un ministro puede discrepar de un presidente extranjero, cuestionar sus políticas e incluso advertir sobre las consecuencias económicas de sus decisiones. Pero no puede justificar que una discusión sobre infraestructura termine convertida en una evaluación personal de la salud mental de otro mandatario. El exabrupto no agrega argumentos, no mejora la posición chilena y obliga al Gobierno a gestionar una controversia que pudo evitarse.

Pero reducir el episodio a una frase desafortunada sería una lectura demasiado cómoda. Lo ocurrido con Milei tiene antecedentes y, por eso mismo, merece una interpretación más política que anecdótica.

Antes del cambio de mando, Poduje ya había protagonizado un enfrentamiento con el ministro de Vivienda del gobierno de Gabriel Boric, Carlos Montes, a propósito del Plan de Emergencia Habitacional y de la discusión sobre la liberalización del suelo urbano.

El futuro secretario de Estado acusó a Montes de mentir y cuestionó las cifras de la administración saliente. Montes respondió que el nuevo gobierno recibiría proyectos habitacionales en distintas etapas de desarrollo, como había ocurrido en anteriores traspasos, y recordó que la producción de viviendas excede los tiempos de un período presidencial.

Había una controversia sustantiva que discutir, con diferencias sobre la política habitacional, los subsidios, la disponibilidad de suelo y la atribución de resultados entre administraciones. Sin embargo, la confrontación personal ocupó buena parte del espacio. La disputa anticipó una forma de relacionarse con los adversarios que después reaparecería durante el ejercicio del cargo.

En marzo, un video de Poduje discutiendo con vecinas de El Olivar, en Viña del Mar, se viralizó tras una controversia por la reconstrucción de viviendas afectadas por los incendios de 2024. El ministro defendía la suspensión de las obras de una constructora y sostenía que las casas presentaban riesgos que debían ser atendidos. La preocupación por la seguridad estructural era legítima y exigía una respuesta clara. El problema fue el tono empleado frente a las residentes, una de las cuales cuestionaba el destino de las viviendas y la empresa que se haría cargo de las nuevas obras.

En una reconstrucción que afecta a familias que llevan años esperando soluciones, la autoridad debe explicar decisiones difíciles, asumir los costos de sus determinaciones y transmitir seguridad. No necesita convertir una pregunta incómoda en un enfrentamiento. Menos aún cuando las personas con las que discute son precisamente aquellas a las que la política pública debe dar respuesta.

Las fricciones tampoco se limitaron a la oposición. En abril, Poduje expresó públicamente su molestia por las restricciones presupuestarias impulsadas por el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz. Dijo tener un solo jefe, el Presidente Kast, y describió con ironía sus dificultades para obtener recursos destinados a atender demandas habitacionales. En otro encuentro empresarial llegó a referirse a Quiroz como un devoto de la “Virgen del Puño”.

El trasfondo era conocido. Un ministro sectorial presiona por recursos y Hacienda busca contener el gasto. Esa tensión es parte habitual de cualquier gobierno, especialmente cuando las necesidades sociales superan los fondos disponibles. Lo que cambia es la manera de administrar el desacuerdo. Si las diferencias presupuestarias se ventilan como disputas personales, el Ejecutivo corre el riesgo de exhibir sus divisiones antes de haber acordado una respuesta institucional.

Algo parecido ocurrió con la Ley de Humedales Urbanos. Durante una actividad en Valdivia, al abordar el retraso del proyecto habitacional Guacamayo 3, que contempla a más de 570 familias, Poduje cuestionó la normativa y emplazó al senador Alfonso de Urresti, a quien posteriormente ofreció disculpas. La controversia abrió un flanco dentro del propio oficialismo. La presidenta del Senado, Paulina Núñez, recordó que la convivencia entre autoridades también importa para sacar adelante proyectos y leyes. Desde Evópoli, Luciano Cruz-Coke advirtió que un ministro no puede relacionarse como si estuviera participando en un programa de farándula.

El episodio del Biobío, en mayo, completó un cuadro difícil de ignorar. Una reunión destinada a abordar la paralización de obras vinculadas a la empresa Tapusa terminó en una discusión con parlamentarios. El diputado Antonio Rivas denunció que Poduje lo increpó y cuestionó sus intereses, mientras el senador Gastón Saavedra comparó el encuentro con un programa de televisión. La Democracia Cristiana presentó un reclamo ante La Moneda y su presidente, Álvaro Ortiz, confirmó posteriormente que el ministro le había ofrecido disculpas.

Vistas por separado, estas situaciones pueden explicarse por la presión de un ministerio complejo, las urgencias de la reconstrucción, la escasez de recursos o las dificultades para destrabar proyectos. Vistas en conjunto, muestran una reiteración que merece atención. El patrón no consiste simplemente en que Poduje tenga conflictos, algo inevitable en un cargo con responsabilidades políticas y administrativas, sino en que sus formas de enfrentamiento terminan adquiriendo mayor visibilidad que los problemas que pretende resolver.

Y esta es la principal dificultad para Kast. El Presidente llegó a La Moneda con una agenda que exige coordinación política, disciplina fiscal y capacidad para construir mayorías. La reconstrucción, la política habitacional y la inversión en infraestructura requieren acuerdos entre ministerios, gobiernos regionales, municipios, parlamentarios, empresas y comunidades. En ese escenario, un ministro puede ser exigente, incómodo e incluso áspero en las negociaciones. Pero no debe transformar sistemáticamente esas negociaciones en conflictos que después tiene que administrar el propio Presidente.

Esto no se trata de exigir ministros sin carácter o de confundir moderación con falta de convicciones. Poduje tiene derecho a defender sus diagnósticos, cuestionar decisiones heredadas y confrontar a quienes considera responsables de los problemas que enfrenta su cartera. Pero tiene el mandato y desafío lograr resultados, que no terminen en una crisis para La Moneda.

El caso de Milei añade, además, una dimensión internacional que no estaba presente con la misma intensidad en sus polémicas anteriores. La relación con Argentina tiene intereses económicos, energéticos, comerciales y políticos que exceden las simpatías personales entre gobernantes. Las diferencias entre las estrategias económicas de ambos países pueden ser profundas y merecen discutirse con rigor. Descalificar al presidente argentino, en cambio, expone innecesariamente al Gobierno chileno y obliga a Kast a marcar distancia de su propio ministro.

Hay una paradoja en todo esto. Poduje parece buscar autoridad mediante la franqueza, pero la reiteración de sus controversias termina debilitando el peso de sus intervenciones. Cuando cada declaración puede abrir un nuevo flanco, la audiencia deja de concentrarse en el contenido y comienza a preguntarse cuál será el próximo conflicto. El ministro corre entonces el riesgo de quedar atrapado en un personaje que le proporciona notoriedad, lo que le resta margen para ejercer influencia.

La frase de Kast, “esto no se va a volver a repetir”, plantea una exigencia que va más allá de la disculpa de turno. Si el Presidente necesita intervenir cada cierto tiempo para contener las consecuencias de las declaraciones de uno de sus ministros, el problema deja de ser exclusivamente comunicacional. Pasa a ser un asunto de conducción política, coordinación interna y responsabilidad institucional.

Poduje todavía puede demostrar que su estilo directo está al servicio de una gestión capaz de resolver problemas concretos. Para hacerlo, tendrá que conseguir que sus intervenciones públicas vuelvan a estar subordinadas a los objetivos del ministerio y no al revés. La reconstrucción habitacional, la seguridad de las viviendas, la disponibilidad de suelo y la ejecución presupuestaria ofrecen desafíos suficientes como para ocupar su energía y la atención del país.

Si el Gobierno debe dedicar más tiempo a explicar lo que quiso decir uno de sus integrantes que a mostrar lo que está haciendo, la factura política termina pagándola todo el Ejecutivo.

A Milei lo trató de loco. A Montes lo llamó mentiroso. Con el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, exhibió sus diferencias presupuestarias y con parlamentarios y vecinos acumuló enfrentamientos que terminaron en disculpas.

La pregunta, después de ocho meses, ya no es si Iván Poduje tiene un estilo particular. Es cuánto tiempo puede permitirse un Gobierno que cada polémica de uno de sus ministros termine convertida en un problema para el Presidente.

*Analista internacional.

Director Comsulting.

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