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El hombre detrás del mito

Durante una década, entre 1998 y 2008, el fotógrafo Maxi Vernazza acompañó a Charly García en una de las etapas más vertiginosas de su vida, cuando Say No More dejó de ser una consigna musical para convertirse en una forma de habitar el planeta. Alguien en el mundo, un libro que reúne 260 fotografías seleccionadas de un archivo de casi dos mil imágenes, reconstruye aquel universo de conciertos, viajes, habitaciones intervenidas con grafitis y escenas cotidianas en las que el artista transformaba cada gesto en parte de su obra. Un testimonio excepcional de los años en que, como reconoció el propio músico, su locura se volvió arte.

El hombre detrás del mito
Hoy 04:17

La primera vez que Maxi Vernazza entró al departamento de Charly García, en Coronel Díaz y Santa Fe, no sabía muy bien qué hacer. Era julio de 1998, trabajaba en la revista Gente y había llegado para cumplir una misión periodística de último momento. Mientras terminaba la entrevista, García reparó en los bolsos del fotógrafo, le preguntó si necesitaba preparar algo y, sin demasiadas ceremonias, se puso a fumar y a mirar un video de Prince. Maxi disparó la cámara. Esa fotografía, tomada casi por casualidad, abre hoy el libro que reúne diez años de encuentros con el músico.

Lo que parecía una cobertura más terminó convirtiéndose en una relación profesional y personal que se prolongó durante una década. Con el tiempo, García comenzó a pedir por Vernazza y la cámara se volvió una presencia habitual en su universo. El fotógrafo aprendió a seguir sus movimientos y a adaptarse a sus tiempos. De aquella cercanía nació Alguien en el mundo, un libro de colección publicado por RGS / Vademécum que reúne 260 imágenes tomadas entre 1998 y 2008, los años más intensos del proyecto Say No More. El volumen surge de un archivo de más de dos mil fotografías, realizadas en analógico y digital.

La cámara de Vernazza acompaña al músico por escenarios y geografías muy diferentes: los recitales en Obras, el Luna Park y el Teatro Colón; las habitaciones de hotel; los veraneos en Pinamar, los viajes en limusina, los encuentros televisivos. Pero el corazón del libro está también en los lugares privados, en el departamento de Palermo convertido en una extensión de su imaginación, con paredes intervenidas, objetos dispersos y rastros de una creatividad que no se detenía cuando terminaba de tocar.

La relación entre fotógrafo y retratado se sostuvo sobre una confianza particular. Vernazza buscaba que García se acostumbrara a la presencia de la cámara hasta que dejara de advertirla. Así pudo registrar escenas espontáneas, lejos de las poses preparadas y de la imagen controlada que suele acompañar a las grandes estrellas. En esas fotografías aparece un Charly menos solemne que el del escenario. Las zapatillas rotas, ropa manchada con tinta, los fibrones que llevaba en los bolsillos y los libros de fotografía intervenidos con dibujos revelan una personalidad para la que la creación excedía largamente el terreno musical. Cada objeto podía convertirse en soporte de una intervención; cada rincón, en una superficie disponible para dejar una marca.

La estética punk, entendida como una actitud frente a las convenciones, permite comprender parte de esa irreverencia que atravesaba tanto su apariencia como sus decisiones artísticas. El archivo conserva también los preparativos y los momentos posteriores a los conciertos, además de escenas domésticas que permiten observar cómo el músico habitaba sus espacios. No se trata de una intimidad obtenida a escondidas, sino de un registro construido con su consentimiento. En una época anterior a la exposición permanente de las redes sociales, esas imágenes ofrecían a los seguidores una perspectiva poco habitual: la posibilidad de asomarse a la vida del artista más allá de los escenarios.

La década documentada coincide con la etapa más áspera y vertiginosa de Say No More, cuando García llevó al límite su búsqueda estética y su exposición pública. Al acompañar el proyecto, el músico reconoció que se trató de un período al que no querría regresar, aunque también lo considera una experiencia en la que sus desbordes encontraron una forma artística. Esa tensión atraviesa el libro: la distancia entre el hombre que contempla en el retrovisor aquellos años y el artista que, entonces, parecía vivir sin separar la existencia de la creación.

Más que una sucesión de retratos, el libro construye la memoria visual de un tiempo y de una transformación. La selección convierte un archivo personal en un relato capaz de trascender la anécdota y recuperar los distintos matices de una figura decisiva de la cultura argentina. En los gestos, las habitaciones y los escenarios registrados por Vernazza, el mito pierde por momentos su distancia y recupera algo de su dimensión humana. Las imágenes permiten acercarse a García no solo como figura central del rock argentino, sino como un creador que hizo de su propia vida un territorio de experimentación y dejó, incluso en sus momentos más caóticos, las huellas de una búsqueda artística singular.

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