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Colonialismo de datos

Formas de ejercer el control

Colonialismo de datos
Hoy 03:10

Los consejeros del rey Lobengula desconfiaban de los cables telegráficos que la Compañía Británica de Sudáfrica estaba instalando en su tierra a fines del siglo xix. Creían que los hombres blancos planeaban usar los cables para atar e inmovilizar a su rey, soberano de los ndebeles del norte en Matabelelandia. Incluso cuando se les explicó el propósito oficial del telégrafo, se mantuvieron desconfiados. ¿Por qué necesitarían tal cosa, se preguntaban, si ya tenían medios de comunicación a larga distancia eficaces, como los tambores o las señales de humo?

Para mucha gente, este relato puede resultar familiar: la historia de pueblos premodernos que se oponen al progreso inevitable, o la historia de una resistencia infundada a una tecnología que, a la larga, allanaría el camino hacia un mundo mejor.

Pero la desconfianza de los consejeros del rey Lobengula era justificada. La Compañía Británica de Sudáfrica, liderada por Cecil Rhodes, declaró la guerra a los ndebeles en 1893, y más tarde sofocó los levantamientos de Matabelelandia y Mashonalandia en 1896. Uno de los pretextos que se esgrimieron para librar la guerra fue que los lugareños se robaban los cables de cobre para fabricar adornos y herramientas de caza. El telégrafo también era importante por otras razones. Desde el punto de vista militar, probaría ser decisivo para organizar la colonización del sur de África, incluyendo lo que pasaría a ser Rodesia del Sur (actual Zimbabue). Sin él, hubiera sido mucho más difícil coordinar la movilización de las tropas y enviar alertas. Como consecuencia de esas guerras, para 1930 alrededor del 50 % del territorio del país (casi 200.000 kilómetros cuadrados) había pasado a manos de inmigrantes europeos, quienes representaban solo el 5 % de la población.

En otras palabras, fue una apropiación de tierras. El colonialismo puede haber adoptado métodos diferentes en épocas y lugares diferentes a lo largo de la historia, pero, a fin de cuentas, siempre se redujo a lo mismo: una toma de tierras (y de las riquezas y el trabajo concomitantes) perpetrada por la fuerza o con engaños.

El colonialismo se distinguió de otras expropiaciones de bienes en la historia por dos razones. En primer lugar, esta apropiación de tierras fue internacional y alcanzó proporciones verdaderamente mundiales. Entre 1800 y 1875, los colonizadores europeos adquirieron, en todo el mundo, unos 215.000 kilómetros cuadrados por año. Entre 1875 y 1914, esa cifra trepó a 620.000 kilómetros cuadrados por año. Hacia fines de ese período, Gran Bretaña poseía 55 colonias, Francia veintinueve, Alemania diez, Portugal y Países Bajos ocho cada uno, Italia cuatro y Bélgica uno. El colonialismo no es solo la historia de los ndebeles de Zimbabue, sino también de los bororos de Brasil y de innumerables pueblos que presenciaron la llegada simultánea del telégrafo, el rifle y la cruz, o de cualquier combinación específica de tecnologías coloniales, armamento y creencias con los que fueron colonizados. Para ninguno de ellos supuso la llegada de la paz y el progreso, sino solo del despojo y la injusticia.

La segunda característica es que las historias coloniales tienen una vida extensa. No estamos hablando apenas de una guerra aislada por aquí o de la introducción de una tecnología por allá. El colonialismo es un proceso que tardó siglos en desarrollarse, y sus repercusiones se siguen sintiendo hasta el día de hoy. Dicho de otra manera: la apropiación histórica de tierras puede haber terminado (por supuesto, el sur de África ya no es una colonia británica), pero el eco de la apropiación sigue resonando. Basta comparar la actual Inglaterra y la actual Zimbabue para darse cuenta sin más de que, en general, los beneficios siguen acumulándose en forma de riqueza para la nación colonizadora, mientras que las cargas siguen acumulándose en forma de pobreza, violencia y falta de oportunidades para los colonizados. Se percibe cada vez más la necesidad urgente de reinterpretar nuestro pasado y presente a la luz de esa apropiación colonial de tierras.

Pero hoy ocurre algo que va más allá de esta necesidad de ajustar cuentas con el pasado. El colonialismo sobrevive de otra manera, a través de un nuevo tipo de apropiación de tierras. Sigue siendo novedosa, pero ya se puede percibir cómo podría reconfigurar nuestro pasado y nuestro futuro de manera tan significativa como la anterior.

Esta última toma no supone la apropiación de tierras sino de datos; datos que son potencialmente tan valiosos como las tierras, ya que dan acceso a un recurso inapreciable: la intimidad de nuestra vida diaria como nueva fuente de valor. ¿Es la explotación de la vida humana un fenómeno completamente nuevo? Por supuesto que no. Pero esta nueva apropiación de recursos debería preocuparnos porque muestra algunas características muy coloniales. Es mundial: la vida humana no está a salvo de esta forma de explotación en ninguna parte. Se da a una escala enorme: los usuarios de Facebook, YouTube, WhatsApp e Instagram en todo el mundo exceden, en cada plataforma, la población individual de China e India, los países más grandes del mundo, mientras que las plataformas chinas WeChat y TikTok no se quedan muy atrás. Se está creando una riqueza sin precedentes a base de la extracción: los gigantes tecnológicos se hallan entre las empresas más ricas del mundo (por ejemplo, con su valor bursátil de 2,9 billones de dólares, Apple supera al mercado de valores integro de cualquier país del mundo a excepción de Estados Unidos y Japón). Está transformando la estructura misma de las comunicaciones mundiales, y los expertos ven con preocupación cómo las dos mayores potencias informáticas del mundo, Estados Unidos y China, se conectan cada vez más por medio de redes exclusivas de cables de comunicación submarinos. Y lo más importante, perpetúa el legado de despojo e injusticia que comenzó con el colonialismo.

Este libro cuenta la historia de esta apropiación de datos y por qué representa una reconfiguración de los recursos mundiales comparable a la apropiación de tierras de la era colonial. Es la historia, en otras palabras, de un colonialismo de datos que añade la apropiación de este recurso a la apropiación de tierras histórica. Ya conocemos el derrotero de la historia colonial. No hace falta hipotetizar para prever las consecuencias probables que tendrá el colonialismo de datos a largo plazo. Tan solo basta con mirar los registros históricos. Nuestro presente, no solo nuestro pasado, es irremediablemente colonial, y el nuevo colonialismo de datos es una parte esencial de ello.

Las cuatro X del colonialismo

Hoy nos toca ser el rey de Inglaterra. Pero asimismo podríamos haber regido España, Francia o Países Bajos en la era colonial. Más allá de la elección, la tarea por delante es fundamentalmente la misma: hay territorios que poblar, recursos que comerciar, ciudades que construir y poblaciones nativas que pacificar. El trabajo parece exigir un grado considerable de ambición y avaricia.

Explorar, expandirse, explotar y exterminar: las herramientas de nuestro oficio. Con unos pocos clics, debemos aplicar estas estrategias sucesivamente para establecer nuestro imperio. Luego, las aplicamos una y otra vez. Y si nuestro imperio fracasa, sofocado por la competencia o vencido en una guerra, no hay problema. Podemos volver a empezar y ya, porque no se trata de nada más que un videojuego: Sid Meier’s Colonization, un juego de estrategia por turnos lanzado en 1994 (relanzado en 2008).

Explorar. Expandirse. Explotar. Exterminar. Esta es la fórmula probada de las “cuatro X” para los videojuegos de estrategia. Pero también es un buen resumen de la fórmula que implementaron los colonizadores europeos para obtener una vasta fortuna para sí mismos, una vasta miseria para todos los demás y, en el medio, transformar por completo la organización de los recursos mundiales.

El colonialismo fue un proyecto complejo que requirió de emprendimientos complejos. Ya mencionamos la Compañía Británica de Sudáfrica, pero también existió, por supuesto, la Compañía Británica de las Indias Orientales. Los españoles tuvieron la Casa de la Contratación de las Indias, mientras que los portugueses fundaron la Compañía Portuguesa de las Indias Orientales. Los neerlandeses tuvieron su Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, que en los siglos xvii y xviii contrató a más de un millón de europeos para trabajar en Asia, exportó 2,5 millones de toneladas de bienes y tenía permiso legal para declarar guerras, ejercer la piratería, fundar colonias y acuñar dinero. Todas estas compañías mantenían un vínculo estrecho con los gobernantes de sus respectivas naciones y montaron una burocracia compleja a su alrededor.

En sus operaciones, seguían muy de cerca el modelo de las cuatro X. Exploraron el mundo emprendiendo misiones para “descubrir” lugares nuevos que pudieran controlar por medios militares y tecnológicos; expandieron sus dominios fundando colonias donde pudieran apropiarse del trabajo y los recursos nativos por la fuerza; explotaron estas colonias montando un sistema de comercio internacional para convertir esos recursos en riqueza, siempre en favor de los colonizadores; y exterminaron toda oposición de los colonizados, eliminando así sus maneras de existir en el mundo. Esa es la historia resumida del colonialismo desde 1492 hasta mediados del siglo xx. Al aplicar el modelo de las cuatro X, los colonizadores europeos llegaron a controlar más del 84 % del mundo, a pesar de que Europa constituye solo el 8 % de la masa continental del planeta. Veamos cómo se corresponde esto con las acciones de los gigantes tecnológicos.

En la actualidad, los esfuerzos de estas empresas por explorar y expandirse no se despliegan por tierra, sino por los territorios virtuales de nuestra vida datificada: esto engloba nuestros hábitos de compras, claro, pero también nuestras interacciones con familiares, amigos, parejas y compañeros de trabajo, el espacio de nuestro hogar, el espacio de nuestra localidad, nuestros intereses y entretenimientos, nuestras rutinas de entrenamiento, nuestros debates políticos, nuestra historia clínica, nuestros movimientos y nuestros estudios, entre muchas otras cosas. Apenas existe territorio o actividad que se halle fuera del alcance de este tipo de colonización, y casi no existe rincón del mundo al que no hayan llegado sus tecnologías y plataformas.

Pero, al igual que en el colonialismo histórico, esta toma territorial es solo el comienzo. Una vez establecidas las colonias, se ponía en práctica un sistema para la extracción continua de recursos en estos territorios y la transformación de dichos recursos en riqueza. Los gigantes tecnológicos lograron una hazaña de explotación similar al desarrollar modelos comerciales que convierten “nuestros” datos (es decir, los datos resultantes del seguimiento de nuestra vida y la de los demás) en riqueza y poder para ellos (pero no para nosotros). A nivel micro, esto significa que nuestros datos se usan para enfocar la publicidad o elaborar nuestro perfil individualmente. A nivel macro, significa que nuestros datos se acumulan y se utilizan para tomar decisiones o hacer predicciones que repercuten en grandes grupos de personas, como cuando se entrena un algoritmo para que discrimine según raza, género, estatus económico o condición sanitaria. Esto es posible gracias a un reacomodamiento de muchos aspectos de la vida diaria que nos lleva a estar generando datos constantemente.

Lo cual nos trae a la cuarta “X”, donde el panorama se torna más complejo. A lo largo de la historia, la exterminación colonial adoptó muchas formas. Sobre todo, se hizo patente en las muertes ocasionadas por la guerra, los suicidios masivos, el hambre, las enfermedades y otras formas de violencia: en toda América, fueron 175 millones de indígenas a manos de españoles, portugueses, británicos y estadounidenses; 100 millones en India a manos de los británicos; 36 millones de africanos que perecieron en los viajes del tráfico transatlántico de esclavos (además de aquellos que murieron como esclavos en tierra); un millón en Argelia, muertos por los franceses; cientos de miles en Indonesia, muertos por los neerlandeses; y millones más que no se pueden contar con facilidad.

Pero la violencia física brutal no fue la única vía. Al principio, los colonizadores se dieron cuenta de que debían desplegar otras formas de exterminio para acabar no solo con las vidas individuales, sino también con las alternativas sociales y económicas al colonialismo (que en sí conllevaba el exterminio de la vida, pero a un ritmo más lento). Una estrategia fue la imposición de monocultivos agrícolas que eran sumamente redituables para el colonizador, pero destruían la capacidad de los colonizados para alimentarse. Pensemos en la inversión de los neerlandeses en la producción de café en las Indias Orientales, que pasó de una cosecha de 100 libras (45 kilogramos) en 1711 a 12 millones de libras (5,4 millones de kilogramos) en 1723. O consideremos el comercio colonial de azúcar, que generó gran pobreza y miseria en el Caribe a la vez que constituyó un significativo 5 % del producto bruto interno británico en su apogeo, durante el siglo xviii (sin el esclavismo, el azúcar hubiera sido demasiado costoso para el consumo de la mayoría de los británicos).

Otra estrategia de exterminio (económico) fue el sofocamiento de las actividades comerciales por la inundación de los mercados con bienes de bajo costo que fundieron las industrias locales. Un ejemplo es el comercio británico del algodón, que inundó los mercados globales con tejidos a máquina de bajo costo y destruyó el modo de vida y el sustento de los cultivadores, hilanderos y tejedores domésticos en colonias como la India, por no mencionar el costo humano devastador que tuvieron que pagar los esclavos de las plantaciones en América. En todo el mundo colonial, se daban instrucciones como la siguiente (enviada desde Londres al gobernador del Quebec en 1763) con el fin de entorpecer la industria local: “Es nuestra expresa voluntad que usted no dé, bajo ningún tipo de circunstancia […], su anuencia a cualquier ley que busque establecer cualquier tipo de manufactura […] que pueda resultar perjudicial para este Reino”.

Las prácticas monopólicas y anticompetitivas de los gigantes tecnológicos también tienen un efecto disruptivo. No se puede pasar por alto la escala a la que operan: si en una fecha tan tardía como 1945 una de cada tres personas en el mundo vivía bajo un régimen colonial, hoy una de cada tres personas tiene una cuenta de Facebook, y casi todos utilizan algún tipo de motor de búsqueda. Los contextos y las consecuencias son diferentes, por supuesto, pero esta semejanza de escala conlleva que empresas como Meta (que ahora es dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp) u OpenAI tengan un poder enorme sobre la vida de muchísimas personas. Para muchos, el poder de Meta ha contribuido a la difusión de información falsa y odio en contextos de violencia genocida (como en Myanmar), crisis sanitarias (desinformación antivacunas) e interferencia política (el escándalo de Cambridge Analytica). A la vez, Sam Altman, ceo de OpenAI, cree que la oportunidad de resolver los problemas de la humanidad con la inteligencia artificial es tan atractiva que vale la pena correr el riesgo de destruir el mundo tal como lo conocemos. En otras palabras, si la ia terminara provocando una alteración masiva de las instituciones y los valores sociales, Altman considera que valdría la pena pagar ese precio, en razón de los problemas que llegaría a resolver. Pero otros no están tan seguros de que sea un buen negocio, y es por eso que se preguntan hacia dónde nos conduce el nuevo poder de los gigantes tecnológicos para determinar qué es relevante, normal, aceptable o verdadero.

Las formas de exterminio económico y cultural tardarán en desarrollarse, necesariamente, pero son las consecuencias potenciales de un cambio que ya podemos ver: un gran giro en las relaciones de poder que surgen de la toma de territorios virtuales. Al mismo tiempo, se cuenta un relato bastante diferente sobre los datos, con un cariz mucho más positivo. Y aquí también se aprecia un paralelo histórico. El colonialismo siempre necesitó una misión civilizadora sólida, una cosmovisión impuesta que rechazara toda alternativa e invisibilizara todo aporte que emanara de los colonizados. Esta cosmovisión permitió a los colonizadores controlar no solo los cuerpos, sino también los corazones y las mentes. En el pasado, el cristianismo y la ciencia occidental fueron los pilares de esta misión civilizadora. Marcaban el camino hacia la salvación de las almas colonizadas y les prometían una cuota del progreso científico de la humanidad, siempre y cuando se atuvieran al lugar asignado.

Como ejemplo de una corporación histórica dedicada a una misión civilizadora, consideremos la Compañía de Nueva Inglaterra, también conocida como Sociedad para la Propagación del Evangelio en Nueva Inglaterra. Fundada en 1649, la compañía se dedicó a la “educación” de las poblaciones “infieles” en las colonias británicas por medio de obras misioneras anglicanas, la fundación de escuelas y la traducción de la Biblia cristiana a las lenguas nativas. Su primer presidente fue el científico Robert Boyle, famoso por la ley que lleva su nombre y describe la relación entre la presión y el volumen de un gas, pero menos conocido por sus teorías sobre la naturaleza del color de la piel y el origen de la negrura. Si bien Boyle abogaba por tratar mejor a los esclavos convertidos al cristianismo, él y sus contemporáneos jamás rechazaron de plano la esclavitud y, como miembros de la Real Sociedad, se beneficiaron directamente del tráfico de esclavos gracias a las inversiones de dicha institución en acciones de la Real Compañía Africana.

Los gigantes tecnológicos también tienen una misión civilizadora que se combina con su tecnología y sus objetivos de negocios. Parte de esa misión civilizadora sigue girando en torno a la ciencia occidental: las ciencias de redes y datos, la informática, etc. La otra parte ya no se basa en el cristianismo, pero sí en nociones sublimes equivalentes, como la supuesta oportunidad de facilitarnos la vida, la conectividad que, según dicen, traerá nuevas formas de comunidad, y los nuevos tipos de ciencia e inteligencia artificial ligadas a máquinas que, se supone, pueden resolver problemas mejor que los seres humanos. No es que algunos de estos sueños no se estén haciendo realidad para unos pocos elegidos; lo que ocurre es que amenazan con transformarse en una pesadilla para todos los demás, en términos del menoscabo a los medios de subsistencia, las nuevas formas de explotación laboral y la pérdida de control sobre los datos personales y vitales.

Las misiones civilizadoras, las motivaciones económicas, la imposición del poder y la introducción de tecnologías específicas han estado íntimamente ligadas durante toda la historia del colonialismo, pero siempre con un impacto desigual que favorece a algunos y no a los demás. Ya lo vimos en nuestro ejemplo del telégrafo en el sur de África. Otro ejemplo fue la introducción de la red eléctrica en la India, en toda la presidencia de Madrás, a principios del siglo xx. La electricidad era considerada un triunfo de la ciencia occidental ante el “demonio de la oscuridad”, y si bien al principio se utilizó exclusivamente para mejorar la vida de los blancos como muestra de superioridad cultural, su implementación se extendió más tarde al resto de la población como una suerte de publicidad de los supuestos beneficios del colonialismo. Daba energía a los cines, iluminaba los espacios públicos, impulsaba los tranvías y alimentaba lugares como los hospitales, a la vez que generaba ingresos para las empresas británicas. Pero más allá de estas comodidades, entretenimientos y servicios públicos, la electricidad también sirvió para iluminar los faros y guiar a los buques que traían bienes coloniales, hacer funcionar las fábricas de armas y electrificar los alambrados en las prisiones que mantenían a la población a raya; extendió las jornadas laborales en las oficinas y las imprentas que llevaban a cabo el trabajo administrativo de los colonizadores; aumentó la rentabilidad al acelerar la producción industrial y agrícola; y fue esencial para las redes de comunicación y transporte, garantizando el funcionamiento eficiente del imperio. En otras palabras, detrás de la misión civilizadora de este “don” del colonizador, la electricidad fue clave para sostener el negocio central del colonialismo, que fue de todo menos pacífico (100 millones de indios fueron exterminados durante el régimen británico, como ya dijimos).

Reemplacemos “electricidad” por “datos” y, aunque cambien los detalles, ciertos elementos de esta historia mantendrán una inquietante similitud. Las técnicas de procesamiento de datos también se anuncian como avances científicos, un don que promete comodidad, conectividad y nuevas formas de inteligencia. Pero si vemos qué hay bajo la superficie de este don civilizador, hallaremos que también trae nuevas formas de vigilancia (a través del reconocimiento facial o el control en el trabajo), discriminación (cuando los algoritmos niegan o restringen el acceso a servicios según los perfiles de la gente) y explotación (cuando las tarifas de los trabajadores independientes sufren ajustes permanentes, por ejemplo).

La discusión sobre el legado colonial de la ciencia occidental, un asunto sensible, será un tema recurrente a lo largo del libro. Revelar de qué maneras se ha utilizado la ciencia occidental para justificar el daño social y ambiental puede parecer un rechazo total a sus beneficios y aportes, que son muchos (sin ir más lejos, la posibilidad de detectar y desarrollar modelos sobre los daños que provoca la humanidad en el medioambiente y, una vez detectados, de hallar las soluciones posibles). Nuestro argumento no es en absoluto contra la ciencia, ni pretendemos avivar las llamas del negacionismo científico. Pero eso no nos detiene a la hora de enfrentar las críticas relevantes de los colonizados con respecto a la utilización de la ciencia occidental, durante y después de la era colonial, para controlar y explotar las esferas de la naturaleza y la sociedad. De hecho, no es sino observando la ciencia contemporánea bajo esta óptica colonial que podemos llegar a ver estas continuidades, que se remontan a los orígenes de la modernidad en general y de la ciencia moderna. Esto es de vital importancia, por cuanto este legado problemático sigue influyendo en desarrollos tales como la ciencia de datos y la ia, que tienen una repercusión enorme en nuestro presente y futuro. Es exactamente como afirmó el filósofo camerunés Achille Mbembe: “Nuestra era intenta poner de moda otra vez el viejo mito de que solo Occidente tiene el monopolio del futuro”.

☛ Título: Saqueo de datos

☛ Autores: Nick Couldry y Ulises Mejías

☛ Editorial: Ediciones Godot

☛ Edición: 2026

☛ Páginas: 264

Datos de los autores

Ulises A. Mejias es profesor de estudios de comunicación en la Universidad Estatal de Nueva York. Su trabajo abarca los estudios críticos de Internet, la teoría de las redes, la filosofía y sociología de la tecnología, y la economía política de los medios digitales.

Es cofundador de Tierra Común, una red que fomenta el diálogo sobre el colonialismo de datos.

Nick Couldry es sociólogo de los medios de comunicación y la cultura, profesor de Comunicación Mediática y Teoría Social en la London School of Economics and Political Science y profesor en el Berkman Klein Center for Internet and Society de la Universidad de Harvard.

Es cofundador de Tierra Común. En 2023, Ediciones Godot publicó El costo de la conexión, escrito en coautoría.

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