Córdoba•Erase una vez...

La verdadera generosidad: dar sin hacer sentir menos a quien recibe

Tres relatos muestran que la generosidad va mucho más allá de ofrecer ayuda material. La verdadera bondad también consiste en cuidar la dignidad, la comodidad y los sentimientos de quien recibe.

La verdadera generosidad: dar sin hacer sentir menos a quien recibe
Hoy 08:00

Es curioso pensar lo poco sensibles que podemos llegar a ser, incluso cuando estamos siendo generosos. Pensemos, por ejemplo, en alguien que llega a nuestra casa porque necesita ayuda, porque no tiene dónde quedarse o simplemente porque está atravesando una situación difícil. Lo recibimos, le ofrecemos comida, una cama, un lugar en nuestra mesa y sentimos que hicimos algo bueno. Pero pocas veces nos detenemos a pensar: ¿cómo se sintió esa persona al recibir nuestra ayuda?

Porque la dignidad humana no pasa solamente por recibir algo gratis o por ser bien atendido. A veces, lo que una persona necesita no es sentirse invitada, una carga o alguien que tiene una deuda por haber recibido nuestra ayuda.

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Hay una diferencia enorme entre abrirle la puerta a alguien y hacerlo sentir verdaderamente en casa. Entre dar algo y saber darlo. Durante la Segunda Guerra Mundial, un niño de apenas diez años tuvo que separarse de sus padres, que se vieron obligados a huir. Lo dejaron al cuidado de un amigo de la familia en Basilea, Suiza.

Aquel hombre podría haberlo recibido con enorme generosidad. Podría haberle preparado una cama, servido comida y pedido a sus hijos que lo trataran bien. Pero hizo algo mucho más profundo. Reunió a sus hijos alrededor de la mesa y les dijo: "Hoy recibimos a un nuevo hijo en nuestra familia. Shmuel será uno de nuestros hijos. Y como es el mayor, su lugar en la mesa estará a mi lado, como corresponde al primogénito".

En unas pocas palabras transformó por completo la experiencia de aquel niño. No lo presentó como alguien que necesitaba ayuda ni como un invitado al que debían hacerle un lugar. Lo incorporó a la familia. Le dio un lugar en la mesa, pero también un lugar en el corazón de la casa.

Quizás esa sea una de las formas más elevadas de la bondad: no hacer que el otro sienta cuánto estamos haciendo por él, sino lograr que deje de sentirse alguien que necesita recibir. Una última historia para cerrar la sección de hoy: Un hombre se acercó a un conocido donante y le pidió ayuda económica.

—¿Cuánto necesitás? —le preguntó.

—Cinco mil dólares —respondió.

El donante fue hasta su caja fuerte, buscó el dinero y regresó.

—Te pido disculpas, pero solamente llego a darte 4.800 dólares.

El hombre le agradeció enormemente, recibió el dinero y se fue muy contento. Había otra persona presente que conocía bien al donante y sabía que tenía mucho más dinero disponible. Entonces le preguntó:

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—Hay algo que no entiendo. Te pidió cinco mil dólares y le diste prácticamente todo, pero dejaste afuera una diferencia muy pequeña. Sé que tenés más dinero. ¿Por qué no le diste los cinco mil?

El donante respondió:

—Si le hubiera dado los cinco mil, quizás se habría ido pensando: "¡Qué lástima! Tendría que haberle pedido seis mil. Seguramente también me los habría dado". En cambio, ahora se fue contento, convencido de que, aunque hubiera pedido más, solamente habría recibido 4.800. Se fue satisfecho con lo que recibió.

Más allá de la lógica particular de esta historia, hay una intención interesante detrás de ella: pensar no solamente en lo que uno entrega, sino también en cómo se va a sentir el otro después de recibirlo.

Las tres historias nos dejan una misma enseñanza. La generosidad no se mide únicamente por la cantidad que damos, sino por la sensibilidad con la que lo hacemos. Podemos dar mucho y, sin embargo, hacer sentir pequeño al otro. O podemos dar de una manera tan humana que quien recibe se sienta valorado, respetado e incluso cómodo con el recibir.

Que tengas un hermoso fin de semana.

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