Y además dijo “la” hoguera, y no “una” hoguera. Que se haya largado a hablar de hogueras, como lo hizo, ya es grave de por sí, y las reacciones generales de repudio no se hicieron esperar (incluyendo significativamente a Patricia Bullrich, dirigente que hoy integra su gobierno y que no es precisamente reacia al feroz empleo de la violencia represiva por parte del poder). A sus recurrentes delirios bíblicos, a sus frecuentes manipulaciones conceptuales del siglo XIX argentino, a sus anacrónicas paranoias de guerra fría, no tuvo mejor idea el Presidente de la República que agregar en estos días una escabrosa referencia al medioevo (un período no necesariamente oscuro, pero que nuestro actual Jefe de Estado, que sí es un hombre oscuro, invocó estrictamente en esa clave).
Dijo hoguera y eso es grave (las cosas idiotas que dice se vuelven graves por el cargo mayor que ocupa, y eso hace más difícil desentenderse de ellas así sin más). Pero además no dijo “una”, sino “la”; a todo lo que ya se comentó sobre el tremebundo sustantivo que expidió tal vez quepa agregar algo acerca del artículo adosado. De haber sido indefinido, de haber hablado de “una hoguera”, el primer mandatario nacional habría apuntado a una situación contingente, episódica, a encender ahora un fuego así para quemar vivos en él a quienes osaron informar a la población sobre el escandaloso asunto judicial en el que se vio penosamente envuelto. Pero al hablar de “la” hoguera, y no de “una”, el jefe del Poder Ejecutivo no hizo sino otorgarle un tenor bien definido, el carácter de una cosa que ya existe y se puede presuponer, la condición de fijeza y permanencia que es propia de una práctica regular, parte incluso de un dispositivo ya enteramente institucionalizado.
Para examinar y pensar estas cosas es posible apelar por ejemplo a los notables ensayos de Robert Darnton (La gran matanza de gatos) o de Silvia Federici (Calibán y la bruja), o también, por qué no, a los versos geniales de Leónidas Lamborghini en Eva Perón en la hoguera. Pero si la idea es, por el contrario, que nada de esto se examine ni se piense, para dejarnos embrutecidos y a merced de las frases bestiales que el Presidente de la Nación suelta a destajo, lo que hay que hacer es vaciar y desfinanciar los espacios de saber en los que tales cuestiones se investigan, se estudian, se enseñan, se aprenden. Exactamente lo que el gobierno actual está haciendo, aun al precio de haber pasado para ello ni más ni menos que a la ilegalidad.





