El lunes, cuando a las pocas horas de conocidos los resultados de la elección el juez del Supremo Tribunal de Brasil Alexandre de Morais ordenó que Flávio Bolsonaro entregase su pasaporte y le prohibiera salir del país, me resultó creíble la respuesta del derrotado candidato presidencial, desmintiendo querer irse de Brasil.
Con solo 34 años y todo el futuro por delante Flavio pasó a pérdida su capital político.
Con 60 millones de personas que habían votado por él, con la primera minoría en el Senado, 28 sobre un total de 81 senadores (contra 16 de Lula), alrededor de 121 diputados propios (contra 70 del PT de Lula) y además 329 diputados declarados de derecha sobre un total de 513, y con 14 gobernadores que acompañaron su candidatura presidencial (Lula cuenta solo con siete gobernadores, la mitad) sobre un total de 27 que tiene el país y que reúnen el 64% de la población brasileña, como el gobernador de la capital, el Distrito Federal, de San Pablo, de Minas Gerais, de Río de Janeiro, de Paraná, entre otros.
Con solo 45 años y todo el futuro electoral por delante, ¿cómo iba a fugarse del país pasando a pérdida tanto capital político? Cuenta con nueve elecciones presidenciales para disputar antes de llegar a la edad que tiene hoy Lula, quien en 2019, cuando tenía 74 años, aceptó ir preso y aun así luego pudo volver a ser presidente dos veces. ¿Cómo iba a transformarse en un cadáver político dejándole toda la estructura política al gobernador de San Pablo, Tarcisio de Freitas, a quien le quedan todos esos votos ya sin
discusión?
¿Y con qué argumento iba a fugarse desconociendo la elección que había reconocido desde el presidente de su Partido Liberal hasta la embajada de Estados Unidos al día siguiente de darle asilo en Miami a Bolsonaro?
El argumento de Bolsonaro es que el Supremo Tribunal pospuso el cierre de la votación por dos horas, de las 17 a las 19, debido a las lluvias, decisión criticable por lo impracticable y que en los hechos no pudo implementarse porque llegó sobre el cierre de las 17 horas.
Vale mencionar que todos los partidos habían pedido que se pospusiera el cierre de la votación, entre ellos, el propio partido de Bolsonaro, para permitir que los votantes de San Pablo y Río de Janeiro, donde llovía a cántaros y se concentran más partidarios de derecha que de Lula, pudieran votar, mientras que
no llovía en el noreste, donde se concentran los votantes del PT. Fue tan ridículo el argumento que la suma de votos posteriores a las 17 horas fue 34.393 y Lula obtuvo 4.430.191 más votos que Bolsonaro, y si todos quienes votaron después de las 17 horas lo hubieran hecho por Lula, algo teóricamente ilógico, igual sería el 0,007% de los votos que obtuvo Lula por sobre Bolsonaro.
Además, si se analizan los votos emitidos después de las 17 horas, prácticamente todos, 32.399, fueron apenas pasadas las 17 horas, cantidad similar a todas las elecciones en que no se pospuso el horario de votación porque la ley electoral prescribe que quienes están en la fila de espera a las 17 horas tienen derecho a votar. Otro ejemplo, en las elecciones anteriores, en 2022, fueron 41.025 quienes estando en la fila pudieron votar después de las 17 horas, más que en 2026.
Pero Flávio Bolsonaro no es normal como no es normal su padre, Jair. Son fenómenos extraños a la racionalidad política, como el de Milei, que merecen igualmente una explicación racional. En estos días electorales en Brasil encontré muchas similitudes entre la emergencia de Bolsonaro y Milei como reacción lógica a la hegemonía de Lula y el kirchnoperonismo en los últimos 25 años de nuestros países. Por distintas causas, en Brasil, por el éxito de sus predecesores (Fernando Henrique Cardoso y hasta la desarrollista dictadura brasileña) que crearon condiciones para que pudieran atenderse las necesidades de los sectores que vivían en la mayor pobreza desde la salida de la esclavitud en 1888 (la mitad de la población Brasil es descendiente de africanos), y en la Argentina por el opuesto, por el fracaso de sus predecesores, que vinieron a empeorar lo que en nuestro país ya se había resuelto con la creación de una amplia clase media en la segunda mitad del siglo XX.
La potencia política de Lula y del kirchnoperonismo se adueñó del protagonismo de las últimas dos décadas haciendo que ambos pasaran a ser insoportables para quienes no son sus adherentes o beneficiados. Aun reconociéndole la necesidad del protagonismo del kirchnoperonismo como del lulismo a comienzos de este siglo, dos décadas es demasiado tiempo, incluso hasta por repetición, y genera hartazgo.
En las democracias de partidos fuertes, ante la aparición de un ciclo largo de una fuerza política que encontró un líder excepcional, la reacción de salida era votar por el partido que le competía, en el caso de la Argentina de fin de siglo pasado, votar por el radicalismo. Es la alternancia de partidos el remedio que canalizaba el deseo de cambio inherente a cualquier estadio prolongado.
Hay un paralelismo en la destrucción del radicalismo como potencia electoral presidencial y la desaparición en Brasil del PSDB, Partido de la Social Democracia Brasileña, de Fernando Henrique Cardoso o José Serra con una tradición socialdemócrata que evolucionó hacia posiciones de centro-centroderecha y que entre 1994 y 2004 ocupó frente al PT un lugar comparable al que históricamente ocupó el radicalismo frente al peronismo.
Lula compitió en 1994 contra Fernando Henrique Cardoso, en 2002 contra José Serra, y en 2006 contra Geraldo Alckmin, todos del Partido de la Social Democracia Brasileña, hoy tan disminuida al punto que Alckmin es el vicepresidente de Lula.
Cuando la UCR en la Argentina y el PSDB dejaron de ser alternativa al oficialismo, las sociedades precisaron concederle a alguien el papel de significante opositor, haciendo que personas como Mauricio Macri y Jair Bolsonaro primero y Javier Milei y Flávio Bolsonaro después, protagonistas extraños al sistema de balance entre partidos que se alternaban, llegaran a la presidencia o a casi lograrlo, como Flávio Bolsonaro. Pero esas personas no tienen el compromiso histórico con la política y el servicio público como vocación de vida sino, dependiendo de cada caso, como una experiencia o como un trampolín para regresar potenciado a la actividad privada o irse a vivir al exterior, pero nunca un fin en sí mismo, sino un medio para otros fines.
Si Cambiemos, Juntos por el Cambio, hubiese tenido la potencia suficiente para ganar las elecciones de 2023 y se hubiese consolidado como continuador de la UCR en la alternancia del kirchnoperonismo, Milei no existiría. Lo mismo en Brasil si el PSDB hubiese tenido la potencia suficiente para ganarle a Lula, los Bolsonaros no existirían.
Brasil demuestra la falta de consistencia de candidatos a punto de ganar que se desvanecen
La fuga de Flávio Bolsonaro tras haber obtenido 60 millones de votos y la mayoría de los legisladores y gobernadores de Brasil demuestra esa falta de consistencia de candidatos que pueden ganar o estar a punto de ganar una elección presidencial y luego poder desvanecerse. Es que no eran ellos agentes propositivos de la política sino apenas significantes coyunturales del anti statu quo, en la Argentina el kirchnoperonismo y en Brasil el lulismo.
Irresponsabilidad compartida de Flávio Bolsonaro con La Libertad Avanza y su asesor estrella, Santiago Caputo, que alegremente se ufana de ser coartífice de la fuga de Flávio Bolsonaro como si fuese algo heroico cuando es algo bochornoso.
No tienen consciencia política, para ellos es un juego banal, casi deportivo, de poder.
La política es otra cosa.










