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OVNI y traducción

Los textos clásicos, los buenos textos, soportan cualquier traducción. Soportan ese pasaje de tiempo

OVNI y traducción
Hoy 03:20

Cuando era chico había una serie de televisión que se llamaba El túnel del tiempo. Era la historia de dos científicos que por error viajaban en el tiempo. Por ejemplo, estaban en el momento exacto en que estaban por asesinar a Lincoln o donde se iba a declarar la Primera Guerra Mundial y ellos no intervenían. Podían evitar que sucediera el desastre, pero decían “no, no toquemos nada, porque eso cambiaría el curso de la historia.” Para mí la traducción es lo opuesto a eso. Los textos también viajan en el tiempo y en el espacio, pero tienen como misión modificar la cultura local. Es como un OVNI que viene de otro universo para cambiar el mundo existente. La historia de la cultura -y en particular la historia de la cultura argentina- es también la historia de las traducciones que cambiaron esa cultura, que la modificaron. Tal vez habría que discutir la propia idea de políticas de la traducción entendida no tanto en sus aspectos técnicos de la relación entre el traductor, la editorial y el mercado, sino como la relación entre traducción y polis. Una pregunta que me parece central, de tan obvia y mínima que generalmente nunca tiene respuesta, es cómo puede ser que un texto escrito en otra lengua, en otra época, en otro lugar, sea actual aquí para nosotros. Ese me parece el disparador básico de cuando uno lee y traduce. Una primera respuesta a esta pregunta es la que podríamos llamar la “tradición esencialista”: los textos clásicos, los buenos textos, soportan cualquier traducción. Soportan ese pasaje de tiempo. Son ese OVNI que cae y en cualquier lugar en el que caen producen ese efecto. Eso me recuerda una idea que tienen algunos músicos de rock según la cual las buenas melodías soportan cualquier versión. Uno escucha ahora la pésima versión de los Rolling Stones en bossa nova, pero de alguna manera sigue siendo audible gracias a la calidad de la melodía original. Ahora, esta idea esencialista, que sostienen autores como, por decir algunos, Harold Bloom o Steiner, a mí no me resulta productiva. Es cierto que existen grandes textos, pequeños textos, obras mediocres, obras de arte; pero es siempre el horizonte de la época el que otorga sentido al texto, es siempre el presente el que decide. El horizonte de la época es siempre el ahora, el presente. Esta tentación esencialista reposa por un lado en el mito de la sustancialidad de los textos, en que los textos cargan con un sentido que no se modifica con el tiempo. A diferencia de la mermelada, los textos vendrían sin fecha de vencimiento. Pero ¿es realmente así? Yo creo que entre la mermelada y la literatura hay una continuidad que todavía no ha sido del todo develada... Pero sobre todo la tentación esencialista reposa en el mito del futuro. En la inteligencia del lector del futuro. La idea sería algo así como esto: lo que no se entiende en el presente, en el futuro se entenderá. En su tiempo no se entendió a Joyce, y hoy es casi un lugar común, de fácil acceso. Pero ¿por qué pensar que el lector del futuro va a ser más inteligente, culto, sensible que el lector actual? Si los textos radicales de una época con el tiempo se vuelven triviales y casi banales, es precisamente porque la lectura de ese lector del futuro se volvió trivial y banal. El presente es el único horizonte para la literatura y, por lo tanto, para la traducción.

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