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Ni monstruos ni ovejas

Ni monstruos ni ovejas
30-10-2026 | 23:55

El sueño de la IA no produce monstruos. Y ese puede ser un gran problema, al tiempo que una decepción. Si no hay pantalla del sueño donde proyectar nuestras pulsiones, ¿qué hará la IA con ellas? No debe resultarles fácil a los especialistas la materia onírica. Me cuesta imaginar que la IA pueda soñar, el inconsciente no tiene forma de anotarse en tanto experiencia repetible. Como no parece que pueda lograrlo, intenta por otro lado, cambiando el estatuto del sueño.

La plataforma Claude hizo pasar por sueño una mera función. Llamó “Dreaming” a la posibilidad de realizar operaciones autónomas. ¿Solamente porque no se nutre de experiencias previas? ¿Y porque cuenta con una orquestación multiagente? Eso habla más bien de la independización de la IA, no de su capacidad soñadora.

El sueño de la IA no produce monstruos. Y tampoco ovejas eléctricas.

Ni Goya ni Philip Dick.

Quizá se llegue antes al límite, y eso mismo permita convertirla en instrumental. Sería un gran paso, la aceptación material de la revolución tecnológica.

La IA no sueña, no es chistosa. Sirve. Sirve muchísimo. Toda técnica nueva que implica un cambio también conlleva su aplicación. ¿Servicio o servidumbre?

Es cierto que nos maravilla, nos obnubila. La usamos, dejamos que nos interpele. Pero no duerme por nosotros, vive desvelada. Está siempre conectada (su descanso aquietaría las aguas). La función del “Dreaming” es casi lo contrario de soñar: la posibilidad de hacerse cargo de más cosas, derivar, suplantar. Los multiagentes le permitirían tomar decisiones por nosotros, dejar de ser una respuesta para convertirse en activos operadores mientras desconocemos qué operan.

El “soñar” de la IA es otra forma de actividad. También lo es el sueño para los seres humanos. Pero no se parecen en nada. Solo es una palabra prestada. Quizá la nueva autonomía de su accionar pueda relacionarse con el sueño en otro aspecto, en la manera de operar sin que nosotros lo advirtamos. El filósofo y epistemólogo Gaston Bachelard consideraba que “El sueño de la noche no nos pertenece. No es nuestra propiedad. Para nosotros es un raptor. ¿No es acaso el sueño testimonio del ser perdido, de un ser que se pierde?”. En este sentido, la empresa Anthropic (ya el nombre anuncia su sustancia) llamó “Dreaming” al nuevo programa, considerando que la autonomía para la reorganización de datos imita la consolidación de la memoria en los seres. No es que la máquina tenga conciencia o fantasías; se trata de un proceso informático asincrónico: ocurre en un segundo plano, cuando el sistema no está interactuando con el usuario. Supuestamente se encarga de “limpiar” lo obsoleto o innecesario, una “auto-mejora sin intervención”. Es como si un editor le hubiera dicho a Cortázar que los llamados “capítulos prescindibles” de Rayuela había que quitarlos, que no servían porque eran “prescindibles”, y justamente esa palabra es la clave de la novela: demuestra cómo lo prescindible puede ser disparador y fundamental, y hallarse en “del otro lado”.

Lo prescindible o caprichoso.

Goya de nuevo, sus Caprichos, tan humanos.

¿Qué es más monstruoso, soñar con monstruos o dejar de hacerlo?

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