Un poco a la manera de las celebridades, pero sin celebridad ni mansiones, usuarios de redes comparten su hábitat con el mundo, o más bien con su mundo, conformado por los seguidores que hayan podido alcanzar. La cosa no pasa por ostentar plata, poder o buen gusto, sino por conferir un tono intimista y significativo a objetos de la vida cotidiana. Una taza al lado del teclado de la PC, un cuaderno con stikers o un vaso de Campari sobre un individual de plástico jerarquizados por la mirada de su dueño sucediéndose en álbumes que también incluyen la pleonástica selfie frente al espejo, esperable cuando no importan el encuadre, el color o la luz.
Tal vez para contrapesar su precariedad, a veces se acompaña a esta clase de imágenes fatte in casa con fotogramas de películas y series o memes. La taza al lado de la PC, Nick Land lanzando rayos por los ojos, el cuaderno con stickers y Timothée Chalamet diciendo: “Soy el resultado final de la derrota de Hitler” en “Marty Supreme” serían, de alguna manera, parte de lo mismo. Pero incluso ungidas de un glamour prestado, las fotos de cositas y las autofotos en el baño o el living-comedor derivan en un artefacto digital perezoso, tirando a feo (más si amamos la fotografía) inespecífico, repetitivo. ¿Por qué no termina de pasar de moda como todas las tendencias que lo precedieron?
Será por el encanto del amateurismo, la espontaneidad y el infantilismo, o por la fantasía de estar metiendo la nariz en vidas ajenas. O tal vez por preferir lo hiperrealista, en comprensible reacción a la pátina engañosa que imponen los filtros y la ayuda de la IA. Aunque si lo pensamos un poco más, quizás el éxito de algo visualmente tan tosco y poco interesante se deba, sobre todo, a su efecto tranquilizador, dopamínico, inofensivo. Si la propia casa es un “equivalente simbólico del cuerpo humano”, como postuló Jean Baudrillard hace casi sesenta años en El sistema de los objetos, las propias cositas serían algo así como el equivalente de un cuerpo plenamente amansado por lo doméstico, cuya aventura más loca es cruzar al chino sin sacarse las chancletas.





