No sé si es un mal universal, pero desde chico no puedo leer cuando estoy con fiebre. Aun cuando no sea muy alta, mi cerebro rechaza el texto, como le ocurriría al estómago frente a un alimento en descomposición. Estoy saliendo (espero) de una gripe que me tuvo a mal traer y que me sometió una vez más al padecimiento del libro envenenado. Estuve en cama unos días, lo que suele ser la oportunidad perfecta para la lectura, pero no hubo caso. Todo tenía gusto raro: literatura alta y baja, novelas y ensayos, libros difíciles o sencillos. Así fue como pasé mi pequeña temporada en el infierno.
La gripe llegó poco después de que la editorial El cuenco de Plata me enviara la hermosa edición de la Poesía completa de Wallace Stevens, cuyas ochocientas páginas son un regalo como para hacer vueltas carnero. Siempre quise leer a Stevens, uno de esos escritores que producen una admiración reverencial entre sus colegas. Era hora de poner manos a la obra, pero tengo que esperar que se me termine de pasar la fiebre (de paso, puedo escribir estas líneas sin demasiados problemas, lo que demuestra que escribir es más fácil que leer).
Tenía a mano otro libro de Wallace Stevens, aunque apenas tiene ochenta páginas, un diez por ciento de la Poesía completa. Y además no es poesía sino prosa: una selección de las cartas de Stevens a Hi Simpson, un crítico que estaba escribiendo un libro sobre su obra pero murió antes de terminarlo. La exquisita edición de Seré Breve tiene formato cuadrado y se llama “La explicación destruye el poema”, una frase que forma parte de una de las cartas y que Pablo Ingberg, traductor y prologuista de la edición bilingüe, define como central en la idea de la poesía de Wallace (“hacer lo visible un poco más difícil de ver”, según Harold Bloom). Lamentablemente, solo pude terminar el prólogo, porque después llegó lo que espero sea solo una gripe.
Así que, finalmente, no puede empezar el libro de ochocientas páginas ni terminar el libro de ochenta, pero lo logré con uno de ocho, que no es de Wallace Stevens y tampoco es un libro propiamente, al menos en el formato. No tengo referencia para esto, de Mario Varela es un sobre que simula una carta. Adentro hay ocho poemas impresos a simple faz en hojas sueltas. Pero también hay otras cosas como por ejemplo un billete de cien australes que tiene el retrato de Sarmiento intervenido para que diga: “No todo es poema / No todo es poesía”, que son justamente los dos últimos versos de “En el subway”, un poema en el que Varela se pregunta por un poema que no aparece y termina con una afirmación (para estar dentro de un poema). En el sobre también hay una diapositiva intervenida y hasta un vale por un poema. Había otras cosas, como un enhebrador de agujas, pero se cayeron de tanto abrir y cerrar el sobre.
No sé qué opinará Mario Varela de Wallace Stevens ni qué hubiera opinado Stevens de Varela. Ambos pertenecen a mundos disjuntos, aun teniendo en cuenta la brecha temporal. Hay algo bohemio y campestre en Varela, algo urbano y burgués en Stevens. Pero Varela es amigo de Darío Rojo, una de las mitades de Seré Breve. Tal vez en la poesía haya hermandades que trascienden las fronteras, las épocas y las clases. Tal vez la poesía sea una secta esotérica. También puede ser que me esté subiendo de nuevo la fiebre.









