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La educación construye capital cerebral

El 70% de los argentinos confía en su capacidad de aprender y adaptarse a los cambios. Sin embargo, escatiman las dosis de actividad física, alimentación y descanso que recomienda la OMS. “Existe un factor capaz de inclinar la balanza? Sí, la educación”, asegura la autora.

La educación construye capital cerebral
Hoy 17:50

Qué tienen en común aprender un idioma, sostener la atención en una reunión y adaptarse a un nuevo trabajo? Las tres acciones dependen de un mismo patrimonio: el capital cerebral.

El capital cerebral es el conjunto de recursos cognitivos, emocionales y sociales que cada persona construye a lo largo de su vida y que le permite aprender, decidir, vincularse y adaptarse. Funciona como cualquier otro capital: se invierte, se cuida y devuelve rendimientos en bienestar.

Se apoya en tres pilares: las habilidades cerebrales, como aprender, concentrarse y adaptarse; la salud cerebral, que incluye el bienestar emocional; y los factores impulsores, entre ellos los hábitos de vida y el nivel educativo.

Una encuesta a más de mil argentinos ofrece una primera radiografía del estado de ese capital en Argentina, y comienza con una buena noticia. El 70% confía en su capacidad de aprender cosas nuevas, el 65% en poder concentrarse y el 56% en adaptarse a los cambios. Esa confianza se mantiene alta y pareja en todos los niveles socioeconómicos, educativos y etarios.

La otra cara aparece en los hábitos que deberían sostenerla. Solo el 24% realiza los 150 minutos semanales de actividad física moderada que recomienda la Organización Mundial de la Salud. El 47% duerme menos de siete horas por noche. El 29% incorpora frutas y verduras a su dieta todos los días.

Los argentinos confían en un cerebro al que le faltan movimiento, descanso y buena alimentación. Este déficit se reparte por igual entre todos los niveles de ingreso, y el sueño insuficiente alcanza a todos los grupos educativos.

¿Existe un factor capaz de inclinar la balanza? La educación. Las brechas por nivel educativo son grandes y consistentes. Entre quienes completaron estudios universitarios, el 29% cumple con la actividad física recomendada, frente al 17% de quienes alcanzaron el secundario o menos. El consumo diario de frutas y verduras llega al 37% frente al 15%. El acceso a oportunidades de aprendizaje continuo alcanza al 65% frente al 34%, y la percepción de buena salud mental, al 59% frente al 45%.

La educación se asocia con conocimientos, herramientas y habilidades que facilitan incorporar y sostener conductas que cuidan el cerebro.

Dicho de otra forma, enseñar es una intervención de salud cerebral.

Ese efecto se acumula etapa tras etapa.

En la infancia, el cerebro establece las bases de la atención, el lenguaje y la regulación emocional a un ritmo singular.

Entre quienes completaron estudios universitarios, el 29% cumple con la actividad física recomendada, frente al 17% de quienes alcanzaron el secundario o menos; el consumo diario de frutas y verduras llega al 37% frente al 15%"

En la adolescencia, las áreas vinculadas con la planificación y el control de impulsos continúan madurando hasta entrada la tercera década, y el entorno educativo ofrece el escenario donde esa maduración encuentra desafíos y vínculos.

En la adultez, aprender amplía la reserva cognitiva.

En la vejez, esa reserva se expresa en un cerebro más resiliente, con redes neuronales más eficientes y flexibles, capaces de resolver una misma tarea por más de un camino.

Un pilar fundamental que construye reserva cognitiva es la actividad cognitiva compleja sostenida en el tiempo, es decir, la educación continua.

Los más jóvenes, por su parte, aportan un dato que merece atención. Entre los 18 y los 29 años, el 80% percibe contar con apoyo social, el porcentaje más alto de todas las franjas etarias, y solo el 49% califica bien su salud mental.

Ese apoyo resulta necesario y convive con otras fuerzas propias de la etapa: la incertidumbre frente al futuro laboral, la presión por construir una identidad y el acceso real a espacios de contención profesional. Así, las instituciones educativas son un punto de encuentro privilegiado con esa franja.

Pero, ¿qué puede hacer concretamente un docente mañana por la mañana?

Proponer desafíos de dificultad progresiva mantiene al cerebro en la zona donde se aprende. Volver sobre los contenidos con espacios entre una sesión y otra fortalece lo aprendido.

El trabajo en equipo activa el componente social del capital cerebral. También, una devolución cuidadosa protege la regulación emocional, y las pausas y el movimiento renuevan la atención.

Por eso sumar a la conversación escolar el sueño, la alimentación y la actividad física –los tres hábitos más rezagados– potencia cada una de estas decisiones.

Argentina cuenta con un capital cerebral de base sólida, porque su gente confía en lo que puede hacer. Capitalizarlo exige fortalecer las condiciones que lo sostienen, y cada decisión en el aula representa una oportunidad para lograrlo.

Los espacios donde la neurociencia y la educación se encuentran a pensar juntas ayudan a traducir la evidencia en prácticas. Y esa traducción crece cada vez que docentes, investigadores y gestores comparten no sólo preguntas, sino también ideas.

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