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¿Puede la inteligencia artificial ser una artista?

Las nuevas tecnologías producen imágenes, composiciones musicales y textos que pueden resultar difíciles de distinguir de los realizados por seres humanos. Pero, ¿alcanza con obtener resultados semejantes para hablar de creatividad? La expansión de la IA reabre la compleja discusión sobre qué entendemos por arte, originalidad y creación.

¿Puede la inteligencia artificial ser una artista?
Hoy 04:19

La creación artística es una capacidad exclusivamente humana? Esta es una pregunta que puede resultar insólita, pero que no lo es si se tiene en cuenta que actualmente la IA se muestra capaz de producir una pintura, componer una melodía o escribir un relato y que algunos resultados son tan convincentes que resulta difícil distinguirlos de las producciones humanas. ¿Significa esto que las máquinas pueden crear artísticamente?

Para adentrarnos en estas cuestiones, tomaremos en cuenta observaciones formuladas por los investigadores Lev Manovich y Emanuele Arielli en el reciente libro Estética artificial. IA generativa, arte y medios visuales (2025), donde ellos examinan las transformaciones que estas tecnologías están provocando en nuestras concepciones sobre arte y creatividad. Y al profundizar en estos asuntos, veremos cómo van surgiendo numerosos interrogantes.

Siguiendo lo señalado por estos autores, hay que recordar que la discusión sobre la posibilidad de producir obras artísticas mediante computadoras comenzó mucho antes de la aparición de los actuales sistemas de IA. Así, por ejemplo, en 1966 se realizó un experimento en el que una computadora produjo una imagen semejante a una composición del pintor neerlandés Piet Mondrian. Posteriormente, se mostró reproducciones de ambas imágenes a un centenar de personas, a quienes se pidió que identificaran cuál había sido realizada por la máquina y cuál preferían. Los resultados fueron sorprendentes, ya que solamente el 28% de los participantes identificó correctamente la imagen producida por computadora, mientras que el 59% manifestó preferirla por encima de la reproducción de la obra de Mondrian. Si bien el experimento tenía limitaciones porque se utilizaron imágenes en blanco y negro, planteaba una cuestión que conserva su actualidad.

Efectivamente, si los espectadores no pueden distinguir una obra humana de otra realizada por una máquina, ¿podemos considerar que ambas poseen cualidades artísticas equivalentes? Este interrogante remite al llamado “test de Turing”, formulado por el matemático británico Alan Turing en 1950 (recordemos, este es considerado como uno de los padres de la ciencia de la computación). En su planteamiento original, se trataba de determinar si una computadora podía mantener una conversación de manera tal que una persona no lograra distinguirla de otro ser humano. Trasladado al terreno artístico, el criterio consistiría en evaluar si una máquina puede producir obras indistinguibles de las realizadas por artistas humanos. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿la semejanza de los resultados demuestra que los procedimientos empleados para obtenerlos sean equivalentes?

Habitualmente se asocia al artista con alguien que posee determinadas capacidades excepcionales. Un pintor domina el dibujo, los colores y la composición; un músico desarrolla habilidades técnicas para interpretar o componer; un escritor encuentra formas originales de utilizar el lenguaje. Pero esas capacidades no garantizan necesariamente el reconocimiento artístico, dado que existen pintores técnicamente extraordinarios que permanecen desconocidos y creadores que alcanzan una enorme notoriedad pese a no poseer habilidades tradicionales particularmente destacadas.

En este sentido, debe tenerse en consideración que la valoración de una obra depende de numerosos factores, entre ellos las instituciones culturales, los críticos, los museos, las galerías y las transformaciones del gusto. Incluso las obras consideradas maestras no adquieren necesariamente esa condición desde el momento de su creación, ya que los criterios de consagración cambian históricamente, y movimientos que inicialmente fueron rechazados pueden terminar ocupando lugares centrales en los museos y en la historia del arte. Esto plantea un problema para cualquier intento de evaluar objetivamente las capacidades artísticas de la IA. Si no existe un criterio único para determinar qué constituye una obra de calidad, se plantea un interrogante: ¿cómo establecer cuándo una máquina ha alcanzado un nivel comparable al de un creador humano?

Otro elemento para tener en cuenta es que nuestra concepción de la creación artística no ha sido siempre la misma. Recordemos que en la antigua Grecia el término “téchne” designaba diferentes actividades que requerían conocimientos y habilidades específicas. De hecho, durante largo tiempo el trabajo de los artistas fue entendido fundamentalmente como una actividad basada en el aprendizaje de técnicas y procedimientos, y una parte esencial de su formación se basaba en la capacidad para reproducir modelos, respetar determinadas reglas y dominar los materiales.

Por el contrario, actualmente asociamos el arte con la originalidad, la imaginación y la expresión de una subjetividad singular, pero esta idea se consolidó históricamente, especialmente a partir del Romanticismo europeo de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. Para los románticos, el artista era un individuo excepcional, capaz de producir obras surgidas de su mundo interior y la creación artística aparecía vinculada con la inspiración, la intuición y los sentimientos, antes que con la aplicación de reglas aprendidas.

Teniendo en cuenta estos aspectos históricos, cabe pensar que cuando preguntamos si una máquina puede crear arte, en verdad lo que estamos preguntando es si puede realizar aquello que el Romanticismo consideraba una capacidad humana excepcional. Entonces, surge una nueva pregunta: ¿se puede aplicar a una tecnología del siglo XXI una concepción de creatividad elaborada en un contexto histórico muy diferente?

Además, hay que considerar que la identificación entre creación artística, originalidad y dominio técnico se volvió todavía más problemática con las transformaciones del arte contemporáneo. Durante el siglo XX, diferentes movimientos cuestionaron la necesidad de que una obra artística estuviera vinculada con una ejecución técnicamente compleja y la aparición del arte conceptual terminó por otorgar una importancia decisiva a las ideas que fundamentan una obra.

En este sentido, no hay que olvidarse de que en numerosas manifestaciones contemporáneas lo fundamental es el concepto, la intervención o el significado que adquiere una obra dentro de determinado contexto cultural. Un ejemplo paradigmático es Marcel Duchamp, quien en 1917 presentó un urinario industrial bajo el título de Fuente, donde la importancia de aquella intervención no residía en la habilidad necesaria para fabricar el objeto, sino en la decisión de trasladarlo a un contexto artístico y cuestionar, mediante ese procedimiento, las propias convenciones del arte.

Esto lleva a su vez a formular nuevas preguntas. En efecto, si una obra artística puede consistir principalmente en una idea, deberíamos entonces interrogarnos sobre qué características debería reunir una IA para producir algo equivalente. ¿Sería suficiente generar un objeto novedoso? ¿O resultaría necesaria alguna forma de intención, interpretación o comprensión del contexto?

Tomemos en cuenta otro caso concreto para mostrar la complejidad de la cuestión. En 2016, un proyecto denominado “The Next Rembrandt” utilizó tecnologías de inteligencia artificial para producir una pintura nueva que reproducía características del estilo del célebre artista. Un equipo de especialistas de distintas disciplinas analizó centenares de pinturas de Rembrandt para identificar regularidades en sus composiciones y, a partir de ese material, una IA desarrolló una imagen que imitaba sus características estilísticas e incluso las texturas de sus pinceladas.

Ahora bien, este caso muestra una diferencia fundamental entre reproducir un estilo y crear una obra original, pues Rembrandt desarrolló sus procedimientos dentro de un contexto histórico y cultural determinado. Sus pinturas no consistieron solamente en combinar colores, formas y pinceladas, sino también en elaborar una manera particular de representar a las personas y de relacionarse con las convenciones artísticas de su época. En cambio, la IA identificó regularidades presentes en un conjunto de obras anteriores y las utilizó para producir una imagen nueva.

Por último, otra cuestión para tener en cuenta al tratar de pensar las relaciones entre la creatividad humana y las posibilidades de la IA es que durante las últimas décadas el propio concepto de “creatividad” adquirió una importancia creciente en numerosos ámbitos económicos y profesionales. Actualmente se espera que las empresas, los científicos, los técnicos y los trabajadores de actividades muy diversas desarrollen soluciones innovadoras. Es decir, la creatividad dejó de ser considerada una característica excepcional del mundo artístico para convertirse en una capacidad valorada en buena parte de la vida social.

Ahora bien, luego de este recorrido, volvamos al planteo inicial. Las máquinas pueden producir imágenes, música y textos, y pueden imitar estilos reconocidos y generar resultados que los espectadores no siempre consiguen diferenciar de las creaciones humanas. ¿Es suficiente esa capacidad para hablar de creación artística? Como vimos, la respuesta depende de qué consideremos fundamental en el arte: la originalidad del resultado, el dominio de determinadas técnicas, la capacidad de expresar sentimientos, la elaboración de ideas o la intervención de una subjetividad.

Más que descubrir si las máquinas pueden reemplazar determinadas capacidades humanas, es importante advertir que la propia noción de creatividad artística ha cambiado repetidamente a lo largo de la historia y el desarrollo de la IA puede representar una nueva etapa de esas transformaciones. ¿Continuaremos considerando que la creación artística constituye una capacidad exclusivamente humana o comenzaremos a reconocer otras modalidades de producción cultural? Por ahora, la pregunta permanece abierta y tal vez sea precisamente esa incertidumbre la que nos obligue a reflexionar sobre algo que creíamos conocer perfectamente: qué significa crear una obra de arte.

*Licenciado en Letras (UBA), magíster en Sociología de la Cultura (UNSAM). IG@carloscampora100.

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