Existe una historia sobre Iósif Stalin (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin era su nombre de guerra) que permite reflexionar sobre quienes terminan confundiendo el poder con su propia persona.
Vasili Stalin, uno de sus hijos, mal estudiante y revoltoso, acostumbraba utilizar el apellido paterno para obtener privilegios e intimidar a sus superiores. Cuando Stalin lo enfrentó, el joven intentó justificarse recordándole que él también era un Stalin. Su padre le respondió, según una anécdota recogida por el historiador Simon Sebag Montefiore, que ni siquiera él era Stalin: Stalin era el poder soviético, la imagen construida en los periódicos y los retratos.
Más allá de las enormes diferencias históricas, la reflexión resulta interesante, muchas veces es la estructura del poder la que concede una autoridad que el gobernante termina confundiendo con su propia personalidad.
El presidente Javier Milei construyó una identidad política alrededor de su figura, sus convicciones económicas y una conducción que difícilmente admite matices. Su apellido se convirtió en una marca de un estilo y un modelo y sus enfrentamientos en una estrategia de comunicación permanente.
Ese gran protagonismo de hoy corresponde a su liderazgo y al poder que le concede la Presidencia.
No es lo mismo Milei economista, candidato o presidente. La investidura abre puertas y transforma sus palabras en acontecimientos políticos. Los empresarios lo reciben y los gobiernos lo escuchan porque representa a la Argentina.
Hoy enfrenta una realidad diferente. El desgaste político ya no puede atribuirse solamente a la oposición o a la herencia económica. Aparecen disputas internas, tensiones con los gobernadores, diferencias entre el karinismo y quienes reclaman acuerdos, y una recuperación económica que todavía no llega de manera uniforme a los hogares.
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Milei logró avances fiscales y redujo la inflación, pero la estabilidad macroeconómica no garantiza respaldo político indefinido.
El Gobierno parece haber perdido parte de su capacidad para imponer el relato. La confrontación comienza a mostrar límites y propios y aliados empiezan a calcular sus propios movimientos.
La estabilidad macroeconómica no garantiza respaldo político indefinido"
En este escenario, Patricia Bullrich merece atención. Acompaña a Milei y defiende sus reformas, pero también marca diferencias. Pidió moderar la gran agresión a los medios de comunicación, defendiendo la libertad de expresión y reclamando medidas para que la recuperación económica alcance a las familias.
Bullrich parece comprender que preservar un proyecto no significa quedar atada al destino de quien lo conduce. No necesita romper para diferenciarse. Su historia le permite conservar identidad y capital político propios y decidir...
Gran parte de los argentinos cree que es posible sostener el modelo económico sin depender exclusivamente de Milei.
La continuidad de Lula en Brasil y su distancia política con Donald Trump podrían aumentar el valor estratégico de Milei para Washington. Estados Unidos puede encontrar en la Argentina un aliado dispuesto a acompañar su agenda latinoamericana.
Pero una cosa es convertirse en el referente ideológico de Trump y otra lograr que la Argentina sea su principal socio estratégico. Brasil conserva y conservará un peso económico e industrial que Washington difícilmente pueda ignorar.
Milei tiene una oportunidad para atraer inversiones en energía, minerales e infraestructura. Pero necesita previsibilidad y acuerdos internos.
La Argentina no puede depender exclusivamente de la relación entre dos presidentes. Trump también ejerce un poder transitorio, condicionado por los intereses permanentes de Estados Unidos.
Una cosa es defender el equilibrio fiscal y las reformas, y otra aceptar que Milei sea su único intérprete y garantía de continuidad.
El presidente conserva poder institucional y respaldo electoral. Sería un error ignorar que su autoridad encuentra límites mientras algunos aliados parecen más preocupados por preservar el modelo que por sostener su estilo de conducción.
El poder amplifica la figura de quien lo ejerce, pero no necesariamente le pertenece.
La Presidencia genera obediencias, atrae adhesiones y reúne convicciones sinceras, intereses y oportunismos. No todos los aplausos son lealtades ni todos los silencios significan acuerdos. A veces se respeta al presidente más que al hombre.
Quizás el mayor riesgo para Milei no sea que la oposición consiga derrotarlo, sino que sus propios aliados descubran que pueden defender el modelo sin necesitarlo a él.
Aquella advertencia atribuida a Stalin conserva su sentido: el poder puede hacer grande a un hombre, pero eso no significa que el hombre sea dueño del poder. Milei tendrá que demostrar si está construyendo una transformación capaz de sobrevivirlo o un proyecto cuya fortaleza depende de que siga ocupando la Presidencia.





