OPINIóN
Condición ontológica

Ética de la vulnerabilidad

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Ellos. El cuerpo vulnerable contradice la narrativa del sujeto soberano. | Juan Obregón

En la contemporánea sociedad del rendimiento, tal y como la denomina Byung-Chul Han, la vulnerabilidad se ha convertido en un signo de absoluta debilidad que debe ser erradicado a toda costa y a cualquier precio. De este modo, ese sujeto del rendimiento se autoexplota bajo la promesa de una optimización infinita. Esta hiperactividad productiva rechaza toda forma de negatividad, eliminando cualquier zona de fragilidad en nombre de la eficiencia. En este contexto, la vulnerabilidad es patologizada como un defecto que obstaculiza el funcionamiento de la maquinaria del tecnocapitalismo.

Sin embargo, la vulnerabilidad es mucho más que una simple imperfección o carencia: se trata de una condición ontológica fundamental del ser humano que la sociedad del rendimiento intenta negar. Así, el cuerpo vulnerable, expuesto a la finitud y al sufrimiento, contradice la narrativa del sujeto soberano y autosuficiente, pero la digitalización de la experiencia humana contribuye a su negación, creando una ilusión de invulnerabilidad a través de perfiles virtuales perfectos y sin fisuras.

La transparencia total, a la que se refería Jean Baudrillard hace ya tantos años, y que demanda nuestra época, elimina toda opacidad, toda zona de sombra en la que podría refugiarse la vulnerabilidad. En efecto, la exposición absoluta destruye el espacio de intimidad necesario para que lo vulnerable pueda manifestarse sin ser inmediatamente convertido en objeto de consumo o espectáculo, pero la inmisericorde dictadura de la positividad nos obliga a presentarnos siempre como seres optimizados, resilientes, incapaces de fracasar.

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No obstante, una ética de la vulnerabilidad se hace imprescindible, y más que nunca en este contexto. Reconocer nuestra condición vulnerable significa aceptar la negatividad como parte constitutiva de la existencia humana. La vulnerabilidad nos recuerda nuestra interdependencia fundamental, nuestra necesidad del otro. En la herida de lo vulnerable se abre la posibilidad de un encuentro auténtico, más allá de las relaciones instrumentales que dominan la sociedad del rendimiento.

El otro me interpela desde su vulnerabilidad, y esta interpelación contiene una exigencia ética que precede a cualquier decisión consciente. La vulnerabilidad del rostro del otro, como diría Lévinas, me convierte en rehén, me obliga a responder. Esta responsabilidad no es una elección, sino una condición previa a cualquier libertad. En la sociedad del rendimiento, sin embargo, el otro aparece como competidor o como objeto de consumo, nunca como un ser vulnerable que me interpela éticamente.

Una ética de la vulnerabilidad requiere una nueva temporalidad. Frente al tiempo acelerado de la producción y el consumo, lo vulnerable necesita el tiempo lento de la contemplación y el cuidado. La vulnerabilidad no puede ser gestionada eficientemente: exige una demora, una pausa en la aceleración constante. Esta temporalidad diferente se opone de manera radical a la lógica del rendimiento, que no admite interrupciones.

Solo a través de una recuperación de la vulnerabilidad podremos escapar de la jaula de hierro de la autoexplotación. La vulnerabilidad no es un defecto que hay que corregir, sino una apertura hacia lo otro, una grieta en la coraza narcisista del sujeto del rendimiento. En esa grieta, en esa herida, se abre la posibilidad de una comunidad basada no en la competencia, sino en el cuidado mutuo de nuestra fragilidad compartida.

*Profesor de Ética de la comunicación de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral.

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