Una de las funciones primordiales de la escuela es fomentar la cohesión social a través de la formación de ciudadanos capaces de vivir en armonía. Vivir en una sociedad cohesiva implica no sólo aceptar las diferencias entre las personas, sino también comprender que hay diferencias que son inaceptables, si nuestro proyecto colectivo prioriza la consecución de una vida digna para cada uno de sus miembros.
Para que el azar tenga un menor peso sobre el destino de cada miembro de la sociedad en la consecución de sus proyectos de vida, la escuela tiene un papel clave en el movilizar sensibilidades, orientar la mirada, estimular reflexiones sobre el contexto y los otros, proveer capacidades para la acción.
¿Qué emociones, qué actitudes, qué comportamientos es necesario modelar desde las instituciones educativas, para formar ese tipo de ser humano, uno dispuesto a ceder? En principio, existe consenso en que la empatía es la habilidad que nos conecta con las necesidades de los demás. Algunos enfoques incluyen la toma de perspectiva como una habilidad cognitivo-emocional necesaria para luego ser sensibles a las necesidades de los demás.
Dos docentes argentinos están entre los 50 mejores del mundo
Sin embargo, para que el sentimiento de empatía tenga un sentido positivo es necesario actuar en consecuencia. Si bien en algunos casos la enseñanza de la empatía se vincula con el bienestar individual −existe abundante evidencia de que el vínculo con otros predice altos niveles de felicidad−, no siempre es así: para que la empatía tenga un propósito compasivo, tiene que tener esa intencionalidad pedagógica.
El mundo viene dando señales de interés en este tema. En diferentes regiones, distintos programas dirigidos a niños y niñas en las escuelas han demostrado impacto positivo en el desarrollo de la empatía y la compasión. En Argentina, distintas jurisdicciones (Mendoza, CABA, Entre Ríos, entre otras) en los últimos años han incluido la formación en estas habilidades a través de programas propios y externos, en el marco de sus diseños curriculares.
Las críticas a los enfoques pedagógicos y curriculares centrados en el desarrollo de habilidades socioemocionales son pertinentes: poner sobre el individuo el peso de su progreso, dejando en segundo plano las condiciones estructurales, parecería ser injusta y además limitada en evidencia.
A pesar de acordar en términos generales con estas críticas, uno podría agregar dos tipos de matices a este argumento: en primer lugar, no todas las habilidades y los saberes humanos cumplen el mismo rol en el funcionamiento individual y social, por lo que hablar en términos generales de “aprendizaje socio-emocional” no parecería ser lo más conveniente (para profundizar, ver la exhaustiva taxonomía que hizo la Universidad de Harvard sobre todas las variantes de definiciones que existen en el mundo al respecto).
Pruebas Aprender: se profundizaron las desigualdades y los bajos resultados
En segundo lugar, y más importante, el enfoque estructural parecería ignorar que las grandes decisiones que afectan el destino de la gente y que podría ser interpretado como “azar” son tomadas por conjuntos de individuos que, con más o menos poder, probablemente se vean beneficiados −y como corolario, nos beneficiemos el resto− por talleres de empatía y compasión.
Ser indiferentes a las consecuencias (no sancionadas por ahora) de nuestras acciones e inacciones puede ser otra opción de vida. Pero eso generalmente implica pasar por alto, incluso desmerecer, lo que otro u otros, lo que la comunidad, ha hecho por cada uno de nosotros para que lleguemos hasta donde estamos hoy.
De hecho, la empatía es una de las habilidades prosociales mayormente vinculada con el desarrollo de nuestra especie (La era de la empatía, Frans de Waal, 2019). En cualquier caso, no está claro que necesitemos definir quién hemos sido hasta ahora para que acordemos quiénes y cómo queremos ser.