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MODO FONTEVECCHIA
Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 894: Milei y la estética de la vulgaridad

Cuando la obscenidad deja de ser exceso y se convierte en forma de gobierno.

EDITORIAL MF
EDITORIAL MF | CEDOC

Ayer se filtraron en redes sociales audios íntimos entre Javier Milei y Rosemary Maturana, una ex asesora vinculada al universo libertario. El material es de tono sexual y extremadamente vulgar, algo especialmente sensible tratándose de la figura presidencial.

Los audios de Rosemary aparecen como una versión ampliada y descarnada del mismo lenguaje obsceno, agresivo y desbordado que domina los intercambios en redes sociales dentro de la interna libertaria. Lo que allí aparece en tono íntimo y sexual es, en el fondo, la misma lógica de brutalidad verbal, exposición permanente y degradación del lenguaje que el mileísmo convirtió en forma cotidiana de hacer política.

La filtración de los audios funciona como síntoma de una forma más amplia de procacidad política que atraviesa hoy al mileísmo. El ecosistema cultural en el que aparecen: un universo donde dirigentes, trolls, streamers y funcionarios oficialistas se insultan, se humillan y se exponen públicamente en redes sociales con una agresividad cada vez más obscena. La degradación del lenguaje ya no es un exceso ocasional sino una forma de comunicación política permanente. Y en ese contexto, los audios de Milei no irrumpen como una anomalía sino como la extensión lógica de una cultura digital basada en la provocación, la brutalidad verbal y la exhibición constante.

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La política siempre tuvo una dimensión estética, pero Javier Milei llevó esa lógica a un territorio nuevo: el de la vulgaridad convertida en identidad, espectáculo y método de gobierno. Entre insultos, audios filtrados, imágenes hechas con inteligencia artificial y una militancia obsesionada con la masculinidad, el mileísmo construyó una estética donde lo grotesco, lo bizarro y lo viral ocupan el centro de la escena.

Mientras su aparato digital intenta presentarlo como un líder épico y dominante, el propio Presidente dinamita constantemente esa fantasía con escenas que erosionan la solemnidad de la investidura y convierten al poder en un meme permanente. La gran paradoja del mileísmo es que quiso construir una épica antisistema, pero terminó consolidando una cultura política donde el mal gusto, la agresión y la degradación simbólica funcionan como marcas de autenticidad.

La política no se trata solamente de ideas, programas o números. También importa cómo se presenta el poder, cómo se viste en el amplio sentido de la palabra, cómo habla, qué símbolos utiliza, qué sensibilidad transmite y qué tipo de humanidad proyecta.

En la antigua Grecia, especialmente en Platón, existía la convicción de que lo bello, lo bueno y lo verdadero estaban íntimamente ligados. La belleza no era un adorno superficial sino una expresión visible de armonía interior. La contemplación de lo bello elevaba el alma y ayudaba a obrar correctamente. Milei parece representar exactamente lo contrario: la ruptura deliberada entre estética, verdad y ética. Un gobierno que reivindica la brutalidad verbal, la agresión permanente y la vulgaridad como signos de autenticidad.

Milei es, probablemente, el presidente argentino con menor sensibilidad estética de la historia reciente. Su forma de hablar, sus insultos, sus gestos corporales, sus modos de relacionarse con otros dirigentes y hasta sus apariciones públicas transmiten descontrol antes que sofisticación. Pero ahora se suma un elemento más: cómo se expresa en la intimidad.

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Ayer se difundieron audios privados de conversaciones entre Javier Milei y Rosmery Maturana, una asesora de imagen vinculada al mandatario desde antes de su llegada a la presidencia y señalada dentro del universo libertario como parte de su círculo de extrema confianza. Maturana habría colaborado en la construcción de la estética “rockera” de Milei y mantenido un vínculo cercano con el Presidente durante los años de ascenso político de La Libertad Avanza. La filtración, más allá de la discusión sobre su origen o legalidad, volvió a poner en escena una característica persistente del oficialismo: la naturalización de un lenguaje degradado, agresivo y obsceno incluso en los ámbitos más personales.

Además de una situación de seducción con expresiones que demuestran lo extraño que es el Presidente, hay un fragmento en el que Milei pierde el control de su risa burlándose de Diego Giacomini.

El contenido de las grabaciones es tan vulgar que no vamos a reproducirlo aquí, pero es muestra de ese registro característico del presidente, lejos de cualquier idea tradicional de investidura presidencial. Esto daña la figura de la presidencia, que debería conservar incluso en la intimidad una cierta conciencia de representación institucional. No porque un mandatario deba ser perfecto o artificial, sino porque el poder también se sostiene sobre formas, símbolos y límites. Cuando quien ocupa el máximo cargo del Estado naturaliza la obscenidad, el insulto o la degradación permanente del lenguaje, termina erosionando la percepción de autoridad y solemnidad que rodea a la institución presidencial.

En Argentina ya hubo antecedentes recientes de ese deterioro simbólico. La fiesta de Olivos durante la cuarentena destruyó gran parte de la autoridad moral de Alberto Fernández, ahora, los audios de Javier Milei vuelven a golpear la investidura desde otro lugar: no desde la contradicción moral o el abuso, sino desde la celebración de la vulgaridad como identidad política. En todos los casos, el daño no es solamente personal. Es institucional. Porque cada presidente también moldea, para bien o para mal, la imagen cultural del poder en la Argentina.

Pero Milei ya era así. La vulgaridad no aparece como accidente sino como identidad. Veamos, por ejemplo, un fragmento de una entrevista cuando ya era diputado nacional.

Además de lo vulgar, cabe señalar el contenido machista de las declaraciones.

El material filtrado son más de 20 minutos y contiene expresiones muy obscenas y explícitas. Aquí vamos a pasar uno de los fragmentos más “aceptables”, solamente a modo de ilustración, para que nuestra audiencia entienda el contexto al que nos estamos refiriendo.

En el ecosistema libertario de redes, la filtración de los audios privados de Javier Milei no fue interpretada como un problema institucional o moral, sino como una confirmación de la masculinidad desbordada que intentan construir alrededor del Presidente.

Milei ilustracion

Pero hay una tensión permanente dentro del propio oficialismo: mientras su ejército digital intenta construirlo como lo que en el lenguaje de redes se denomina “un chad”, un macho alfa posmoderno, una figura de fuerza masculina dominante, el propio Milei dinamita constantemente esa representación con escenas que lo muestran como un personaje grotesco. Esa contradicción se volvió particularmente evidente en el ecosistema visual libertario, donde abundan imágenes intervenidas con inteligencia artificial que lo muestran más alto, más musculoso, con mandíbula endurecida, mirada épica y cuerpo hipertrofiado, como si fuera un superhéroe o un guerrero de videojuego. La construcción estética del mileísmo muchas veces funciona como una compensación visual de aquello que la realidad no termina de consolidar.

Hay algo profundamente contemporáneo en esa necesidad de editar al líder para volverlo deseable. No alcanza con el político real: hay que reconstruirlo digitalmente, corregirle el cuerpo, la postura, el aura. Como ocurre con influencers o streamers, la imagen de Milei es sometida a filtros permanentes para acercarla a un ideal masculino de dominación, virilidad y control. Pero cada aparición espontánea, cada exabrupto, cada gesto desbordado o escena íntima filtrada rompe esa fantasía cuidadosamente producida.

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O quizás es al revés. Quizás esas imágenes idealizadas del Presidente se contradicen justamente porque están cargadas con un componente de humor presente en el contraste entre el imaginario y la realidad. El filósofo Arthur Schopenhauer dijo una vez que el humor consiste precisamente en eso: “poner algo donde no va”.

Pero este razonamiento es válido también para otro aspecto: la viralización de lo “bizarro”. Lo bizarro funciona en redes, se viraliza. Lo bizarro tiene una enorme potencia en la cultura digital porque rompe la lógica habitual de las cosas. Mezcla elementos incompatibles, exagera rasgos, deforma la realidad y genera una sensación simultánea de fascinación y extrañeza.

En el arte, esa estética siempre estuvo asociada a lo grotesco, a lo absurdo y a la ruptura de las convenciones tradicionales de belleza o racionalidad. Y algo de eso aparece permanentemente en la construcción simbólica del mileísmo: un presidente que se presenta como economista austríaco pero habla como streamer, que combina discursos técnicos con insultos vulgares, que se muestra como líder antisistema pero gobierna desde una maquinaria obsesionada con las redes, los memes y los algoritmos.

La propia figura de Javier Milei parece funcionar muchas veces como una obra bizarra de la era digital. Hay en su estética una yuxtaposición permanente entre lo solemne y lo ridículo, entre la investidura presidencial y el meme, entre la épica libertaria y el grotesco.

La estética de lo bizarro genera viralidad porque las redes premian justamente aquello que rompe la normalidad, lo que incomoda, sorprende o produce una sensación de irrealidad. Pero esta misma lógica de redes, la del intento de viralización permanente puede traer problemas. Algunos usuarios de X mencionaron que quizás la filtración de los audios haya sido intencional de la propia Rosmary en búsqueda de revuelo. Recientemente, aparición en un programa cantando una canción donde utiliza términos similares a los que se oyen en los audios filtrados.

Santiago Caputo publicó un sugerente mensaje en X tras las filtraciones. ¿Las dudas alrededor del hecho son quién digitó las filtraciones? Algunos especulan que esto corrió el eje del debate digital del “RufusGate”, por lo que Martín Menem saldría beneficiado. A la vez, podría ser un intento de ensuciar al sector de Santiago Caputo, acusándolo de las filtraciones, y así intentar romper definitivamente su vínculo con Milei.

santi caputo X

Los audios de Rosemary se suman y se ligan así a otra forma de obscenidad: la que domina los intercambios públicos de la interna libertaria en redes sociales. Mientras Santiago Caputo, los Menem, los streamers oficialistas y las cuentas anónimas del ecosistema mileísta libran una guerra cotidiana de operaciones, insultos y filtraciones, el oficialismo parece haber perdido cualquier frontera entre lo público, lo privado y lo grotesco. La obscenidad ya no aparece solamente en el contenido sexual de los audios, sino en la propia dinámica política de un espacio que convirtió la humillación, el carpetazo y la violencia verbal en espectáculo cotidiano.

Pero hay además otra contradicción que queda expuesta en esta situación: el contraste entre dos estéticas. La estética de Santiago Caputo es casi el reverso exacto de la de Javier Milei. Mientras Milei se muestra desbordado, impulsivo y caótico, Caputo construye una imagen fría, hermética y calculada. Su vestimenta suele ser oscura, sobria y deliberadamente austera; aparece poco, habla menos y cultiva una estética del operador invisible, alguien que ejerce poder desde las sombras. Hay en su figura una búsqueda evidente de misterio, como de espía de película de James Bond.

Caputo

La agrupación “Las Fuerzas del Cielo”, vinculada al núcleo más militante del universo libertario, también expresa una estética política muy particular, cargada de símbolos de épica.

En su ensayo Fascinante fascismo, Susan Sontag sostiene que el fascismo no debe entenderse solamente como una ideología política, sino también como una poderosa estética del poder. Según su análisis, el fascismo transforma la política en espectáculo: masas uniformadas, cuerpos disciplinados, liturgias colectivas, símbolos grandilocuentes y una exaltación visual de la fuerza, la obediencia y el sacrificio. La violencia deja de presentarse únicamente como imposición y comienza a adquirir una dimensión seductora, casi hipnótica. Sontag observa que el atractivo de estas imágenes reside en su capacidad de producir fascinación emocional a través del orden absoluto, la épica y la disolución del individuo dentro de una comunidad que se siente superior y destinada a una misión histórica.

La autora encuentra en las películas de Leni Riefenstahl, especialmente en Triumph of the Will, el ejemplo perfecto de esa estetización de la política. Allí el nazismo aparece representado como una coreografía monumental de cuerpos jóvenes, fuertes y sincronizados alrededor del líder carismático. Pero Sontag advierte algo todavía más inquietante: esa estética no desapareció con la caída del fascismo histórico, sino que sigue reapareciendo bajo nuevas formas culturales y mediáticas. Cada vez que la política se convierte en culto emocional, exaltación viril del poder, obsesión por la fuerza o fascinación por el líder como figura casi mística, sobreviven elementos de esa sensibilidad estética que convierte la dominación en espectáculo y la agresividad en una forma de belleza.

Los audios filtrados profundizan todavía más esa sensación de derrumbe estético. Milei cae en lo bizarro. No genera temor reverencial sino extrañeza.

El problema es que esa estética bizarra expresa una concepción epistemológica del mundo, una exaltación de lo socialmente marginal. El mileísmo no solo desprecia ciertas formas culturales; también desprecia los mecanismos tradicionales de construcción de concensos. La vulgaridad estética es inseparable de la brutalidad epistemológica. La agresión constante contra periodistas, universidades, artistas, científicos o intelectuales no responde únicamente a una estrategia política: expresa un rechazo profundo hacia cualquier forma de mediación normativa cultural. Todo debe ser inmediato, brutal, simplificado y viralizable. El Presidente ha dicho que “no lee los diarios”, por ejemplo, sino que se informa por X.

Por eso el insulto ocupa un lugar tan central en el lenguaje libertario. El insulto elimina matices. Convierte la discusión pública en una pelea tribal. “Mogólico”, “zurdo”, “mandril”, “ensobrado”, “parásito”, “rata” o “hijo de puta” no son simples exabruptos: son herramientas de simplificación emocional.

Por último, la obsesión de Milei por la masculinidad también merece atención. La construcción pública de Javier Milei estuvo acompañada desde el comienzo por romances con figuras del espectáculo asociadas históricamente a una estética hipersexualizada de la televisión argentina, como Fátima Florez o Yuyito González. La presencia de vedettes, imitadoras y celebridades mediáticas alrededor del Presidente no parece un dato casual sino parte de una narrativa donde la virilidad, la seducción y la validación femenina funcionan como atributos simbólicos del liderazgo. Incluso muchos medios y programas de espectáculos abordaron estas relaciones con una lógica casi farandulesca, reforzando la idea de Milei como figura excéntrica, deseante y sexualmente potente.

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Esa dimensión masculina del personaje se articula además con una estética profundamente televisiva y noventosa, que también nos remite al apellido Menem. El propio Milei habló públicamente en distintas entrevistas sobre su vida sexual, sus fantasías y prácticas íntimas, que era practicante de sexo tántrico, algo inusual en un presidente argentino contemporáneo. En ese sentido, las parejas del mandatario funcionan también como parte de una puesta en escena de masculinidad aspiracional: mujeres asociadas históricamente al deseo masculino mediático, al glamour popular y a una feminidad exuberante. Todo esto convive con la necesidad constante del ecosistema libertario de reafirmar a Milei como macho alfa, líder fuerte y figura dominante, aun cuando muchas veces esa construcción termina bordeando lo caricaturesco, lo kitsch o incluso lo bizarro.

En definitiva, el mileísmo no rechaza toda estética. Rechaza ciertas estéticas y privilegia otras. Desprecia la sofisticación intelectual pero idolatra la espectacularidad visual. Desprecia el pensamiento complejo pero ama el montaje cinematográfico. Desprecia la cultura académica pero consume obsesivamente cultura pop digital. Esa mezcla produce una identidad extraña: un gobierno que cita autores de la economía austríaca mientras exhibe formas de vulgaridad brutales.

La Argentina tuvo gobiernos autoritarios, corruptos, ineficientes y demagógicos. Pero el mileísmo incorpora algo distinto: la celebración explícita de la degradación cultural como signo de autenticidad antisistema. Allí reside quizás uno de sus rasgos más perturbadores.

Tal vez la mayor paradoja del mileísmo sea esa: mientras sus estrategas trabajan obsesivamente para construir una estética del poder, el propio comportamiento del gobierno destruye permanentemente esa construcción. La épica libertaria se derrumba una y otra vez bajo el peso de su propia vulgaridad. Y en ese choque entre pretensión monumental y realidad grotesca aparece el verdadero rostro estético del mileísmo: no el de una fuerza histórica destinada a refundar la Argentina, sino el de una cultura política degradada que convirtió el mal gusto, la agresión y el resentimiento en espectáculo cotidiano.

El Indio Solari canta: “el lujo es vulgaridad”. La frase nos remite a este aspecto del mileísmo: una fuerza política obsesionada con proyectar épica, poder y sofisticación simbólica, pero que termina cayendo permanentemente en el exceso grotesco, el espectáculo vulgar y la caricatura.

RM/fl