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La hormona económica necesaria

¿Qué pasó? ¿Qué hacer?

Lo que pasó: Argentina afronta desde hace tiempo numerosos problemas económicos. Desigualdad, pobreza e inflación son algunos de ellos. Todos estos desafíos tienen un denominador común en uno de ellos: la falta de crecimiento. Lo que sigue ahora es averiguar qué hacer.

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Inflación: ¿sobran platos o falta comida? De los problemas mencionados, como la desigualdad o la pobreza, la opinión pública ha destacado, hasta ahora, fundamentalmente, a la inflación.

La inflación es un problema que afecta extensivamente a la población. Si bien los factores que concurren al proceso inflacionario son diversos, este expresa sustancialmente desbalances entre oferta (producto e importaciones) y demanda (sustancialmente el consumo). Regularmente estos desbalances se presentan debido a restricciones de oferta. La demanda siempre está potencialmente presente en las economías donde existen situaciones de pobreza o desigualdad. En este conjunto podemos incluir todos los países de nuestra región y algunos desarrollados como EE.UU.

El debate central de cómo resolver el problema inflacionario entre las distintas corrientes económicas se puede resumir con la pregunta: “¿falta comida o sobran platos?”. Como es comprensible, el debate sobre inflación suele distorsionarse debido a los intereses involucrados. El conocimiento económico es uno de los más permeados por las pujas de poder.

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Surgen, entonces, velos argumentales, como vincular la inflación exclusivamente con el volumen de dinero en la economía o la necesidad de ajustar “temporalmente” la demanda (retirar platos de la mesa) hasta que las restricciones de oferta se superen. Estos velos argumentales sirven también en las economías altamente dolarizadas para justificar la licuación de activos en moneda nacional con el fin de recortar la demanda agregada o evitar presiones en el mercado cambiario.

En términos generales, las políticas de restricción de demanda, sea cual fuere su justificación, pueden ser efectivas para moderar situaciones de alta inflación. Sin embrago, no es lo mismo ajustar la demanda en países ricos e igualitarios que en aquellos con altos niveles de pobreza o marcada desigualdad.

En los países en desarrollo, los sectores de menores recursos carecen de herramientas individuales para afrontar la reducción de ingresos reales o las recesiones, con lo que las políticas de ajuste suelen afectarlos con dureza. Asimismo, existe el obvio conflicto sobre que las restricciones de demanda no tienen efecto sobre la solución de las restricciones de oferta. Los ajustes recesivos tampoco resuelven los problemas de inflación inercial ni la puja distributiva entre factores y sectores.

En este contexto, debe tenerse presente también que los problemas de pobreza y desigualdad, cuando se ven largamente postergados, en especial en nombre de la estabilidad macroeconómica (estabilidad de precios y bajo crecimiento), se expresan políticamente (autoritarismo, inestabilidad institucional, violencia, crecimiento del delito, marginalidad, y más). Elementos cada vez más frecuentes y extensamente presentes en especial en los países de América Latina.

Como se dijo, la inflación es un problema que afecta extensivamente a la población. En contraposición, los procesos de ajuste recesivos afectan muy especialmente a los sectores más desprotegidos.

La regla democrática sobre que gobierna el que consigue la mayoría de los votos, en el caso de Argentina el 45% para la elección presidencial o el 40% en caso de fraccionamiento de las restantes fuerzas políticas, puede permitir que se apliquen estrategias recesivas excluyentes del consumo de sectores considerables de la población sin perder el volumen electoral necesario para preservar el poder. Esta circunstancia igual puede generar procesos de inestabilidad política.

La exclusión social, aunque no comprometa a sectores mayoritarios de la población, genera inevitablemente inestabilidad política. Vale destacar, y creo que no puede dejarse de considerar cuando se analiza la historia reciente, que la protesta social ha tenido efectos políticos graves en la Argentina involucrando incluso la muerte de personas. Episodios de estas características fueron el contexto en el que dos presidentes debieron renunciar a su cargo en la década pasada.

Cabe tener presente que en la Argentina herramientas que se han desarrollado para mejorar la distribución del ingreso también han servido para evitar episodios sociales extremos. Me refiero a la flexibilización de la incorporación de personas mayores al sistema previsional, programas sociales como la Asignación Universal por Hijo, la Tarjeta Alimentar y otros planes que actúan como paliativos a la carencia de ingresos suficientes. Gracias a estos programas, aun en contextos graves como la situación social crítica generada por el actual proceso recesivo, no se han visto, en el corto plazo, los efectos deletéreos que tuvieron en el pasado.

En este sentido, debe destacarse también el rol de los sindicatos que, con mayor o menor eficacia, consiguen que los salarios bajo convenio no pierdan valor con respecto al índice de inflación general.

Si se reconoce que la inflación expresa de fondo un problema de desbalance de oferta y demanda, los ajustes recesivos no son la única vía para bajar la inflación. En verdad hay otras dos: abrir las importaciones o crecer. Esta última sin ningún lugar a dudas es la más difícil y por la que ha optado la visión tradicional de los movimientos populares en la Argentina.

La hormona del crecimiento. ¿Por qué, si el denominador común de la solución a los problemas sociales y económicos, incluida la inflación, es el crecimiento inclusivo, no se ha recorrido ese camino eficazmente en los últimos años? Esta cuestión es compleja pero también tiene una restricción real persistente que son las exportaciones o, más ampliamente, la capacidad de importar de la Argentina.

Para tratar este punto voy a usar un paralelismo con el que los argentinos estamos familiarizados. Hay un problema de salud cuyo efecto es la falta de crecimiento y la causa es la ausencia de una hormona.

La hormona de crecimiento de la Argentina es el aumento de sus exportaciones. La Argentina, en las últimas tres décadas, tuvo dos períodos de crecimiento sostenido, 1991-1998 y 2003-2011 (ignorar dos años excepcionales por shocks externos, 1994 y 2008). En ambos períodos de crecimiento los gobiernos tuvieron estrategias económicas diametralmente opuestas y sin embargo la economía no paró de crecer. ¿En qué coinciden ambos momentos? En que estuvo presente la hormona del crecimiento: el aumento de las exportaciones.

Son las exportaciones, no el saldo comercial, lo que las series estadísticas asocian al crecimiento; en el período 1991-1998 predominó el déficit y en 2003-2011 el superávit fue permanente. Con déficit comercial, la asociación de exportaciones y crecimiento está condicionada a obtener endeudamiento externo, ello se verificó en los 90 y en la segunda mitad de la década pasada.

Cabe aclarar que el crecimiento de las exportaciones no es una condición suficiente para el crecimiento, pero sí necesaria. Que las exportaciones crezcan y la economía crezca, ¿significa una mejor distribución del ingreso o aumento del empleo? No, no hay forma de afirmar eso, pero sin ellas no hay solución persistente. Asimismo, aun en contextos como los que se dieron en los 90 de altísima desocupación, gracias al crecimiento económico el gobierno pudo obtener consenso suficiente para perdurar en el poder.

Sobre la necesidad en la economía argentina de “la hormona exportadora” hay literatura abundante desde los años 60. Sin embargo, ha sido imposible tener una estrategia permanente al respecto. La altísima productividad del agro ha hecho descansar en este sector el crecimiento exportador. Pero la volatilidad de sus precios no asegura que la ampliación del volumen exportado se convierta en un mayor valor. Consideraciones similares pueden hacerse con respecto a las exportaciones petroleras o mineras, que en algunos años empezarán a ponderar en las estadísticas de Argentina.

En el año 2011, la Argentina alcanzó el récord de exportaciones hasta ese momento: 82 mil millones de dólares. A partir de ese año, las exportaciones comienzan su caída. El piso se alcanza en el año 2015, con 57 mil millones de dólares, y a partir de allí las exportaciones crecieron muy lentamente para ubicarse en el orden de los 60 mil millones de dólares.

Luego de la pandemia, cuando vuelven a caer, las exportaciones comienzan un crecimiento de mayor dimensión con un récord de 88 mil millones y sosteniéndose por arriba de los 80 mil. Siguiendo la propia lógica aquí planteada, la economía volvió a crecer en los años 2021 y 2022, rompiendo la racha de alternancia de crecimiento y caída iniciada en el año 2011, y la caída consecutiva de los años 2018, 2019 y 2020.

Pero en el año 2023 ocurrió la peor sequía de la historia argentina, perdiéndose el 25% de las exportaciones, 22 mil millones de dólares. La caída del producto del sector agropecuario en ese año fue del 24% anual. Sin embargo, gracias al dinamismo de los otros sectores, el PBI total solo cayó un 1,6%. La catástrofe climática evitó que se pudieran concretar tres años consecutivos de crecimiento del PBI total.

El resultado electoral de la primera vuelta presidencial en el año 2023 fue muy estrecho y el oficialismo estuvo cerca de obtener el resultado requerido para alzarse con el triunfo. Qué hubiera ocurrido si no hubiera habido una catástrofe natural es terreno de las conjeturas y de las especulaciones contrafácticas, pero todas las hipótesis son plausibles.

¿Qué hacer? Ante la ausencia de crecimiento endógeno, en el corto plazo se ha recurrido, para compensarlo, al impulso fiscal o al atraso cambiario, en especial en los años electorales; tarde o temprano ambos han chocado con la restricción externa y sus consecuencias.

Una nueva etapa se está abriendo. Todos los economistas reconocen que en el futuro la Argentina va a incrementar fuertemente sus exportaciones. La existencia de recursos de gas, petróleo y minería está comprobada y solo falta que maduren las inversiones que se requieren para extraerlos y transportarlos. Argentina exportará al final de esta década 130 mil millones de dólares. Nuestra principal restricción al desarrollo se solucionaría.

En este proceso, no solo son relevantes las exportaciones primarias y extractivas, también deben destacarse la competitividad de las industrias del conocimiento. En el año 2023, se exportaron servicios por 16 mil millones de dólares. Si se consideran los servicios informáticos y empresariales, estos alcanzaron en 2023 los 7.500 millones de dólares, incrementándose en los mismos períodos un 103% y un 30% respectivamente.

Debe tenerse presente para reconocer la relevancia de este tipo de exportaciones que en el año 2023 las exportaciones de combustibles y energía fueron de 8 mil millones de dólares; las industriales (MOI) de 20.600 millones de dólares; y las primarias, de 24 mil millones de dólares.

Numerosas empresas multinacionales nacionales y extranjeras han localizado en Argentina sus centros de back office; entre ellas se destacan los bancos, petroleras, desarrolladoras de software y empresas de consumo masivo. Por cientos y miles, estas empresas han contratado, y siguen contratando, argentinos en las áreas contables, financieras, legales, de recursos humanos y sistemas, reconociendo la calidad de nuestros profesionales.

También debe ponderarse la capacidad de la industria argentina de exportar bienes de consumo masivo en series cortas, como lo ha demostrado la industria automotriz y han continuado su ejemplo otros sectores. Debe existir una política pública persistente que apoye a estos sectores como tienen todos los países. Como estamos viendo explícitamente en la actualidad, el comercio internacional es un campo de la política, en especial de los exportadores de alimentos, que es uno de los sectores más regulados del mundo a través de barreras paraarancelarias.

Exportar es una tarea muy difícil. Contrariamente a lo que muchos piensan, la presencia en nuestro país de empresas multinacionales industriales y comercializadoras, nacionales y extranjeras, puede ser una ventaja a la hora de exportar industria. Pero es fundamental entender la lógica de estos conglomerados cuando toman decisiones. Hay variados ejemplos que demuestran que esto es posible.

Atención a los problemas microeconómicos: ponerse los zapatos y después los pantalones. Exportar es difícil, producir es difícil. La microeconomía tiene complejidades tan fuertes o mayores que la macro. No hay un solo decisor, hay múltiples, y el resultado de las decisiones individuales depende de lo que pasa en el resto del mercado.

Las capacidades productivas son segmentos discretos no continuos. Las unidades productivas se diseñan para un determinado intervalo de producción. Cuando la demanda excede ese intervalo, el tiempo de respuesta de la producción no es inmediato. Incorporar un turno de trabajadores al proceso productivo puede llevar no menos de seis meses o un año, e incorporar una nueva línea de producción puede llevar más de un año, cuando no 18 meses o más.

Empujar la demanda cuando las empresas líderes de un sector se encuentran al límite de la capacidad instalada no puede tener una respuesta positiva inmediata, habrá desabastecimiento o aumento de precios. Una contracción de demanda por debajo del segmento productivo definido por la empresa genera costos medios que pueden ser insoportables y, en el extremo, empujar al cierre de las unidades productivas.

Cuando se toman decisiones macroeconómicas que afecten la demanda hay que tener presente estas cuestiones. La macroeconomía es una disciplina y una práctica específica, pero pensarla aisladamente de la microeconomía es tan erróneo como creer que todos los problemas de oferta y demanda se resuelven en esta última.

Si una empresa está trabajando a tres turnos los siete días de la semana, un “tirón” de demanda no puede ser respondido con producción en el corto plazo.

Por otro lado, como se dijo, no hay un solo decisor, pero tampoco hay tantos. Como está sobradamente probado en la literatura económica, en Argentina, en todos los sectores que producen bienes de consumo masivo, el 80% de la oferta es más o menos explicada por una empresa dominante y, en el mejor de los casos, habiendo una líder, solo por algunas más. Eso permite conocer lo que está ocurriendo en cada segmento con cierta facilidad.

Por otro lado, sería provechoso para el sector privado que el sistema estadístico recabara mejor información sobre lo que ocurre con los stocks de mercadería ya que es la información clave que utilizan las empresas para sus decisiones de producción y precios.

Por más que uno esté urgido, nadie se pone primero los zapatos y después los pantalones. Traccionar la demanda con políticas públicas debe tener certezas de cuál es la capacidad de respuesta del “mercado”.

Un segundo elemento clave que considerar es cuál es la voluntad de quienes toman las decisiones de producir; en ello no debe perderse de vista que vender más está en el espectro positivo de las empresas aun en los mercados concentrados. Estos sectores, al igual que la mayoría en Argentina, están integrados con medios de producción e insumos importados. Esta integración se profundiza cuando se trata de ampliar los turnos de producción o la incorporación de nuevas líneas productivas. Mientras persista la restricción externa, no podrán expandirse.

¿Falta ahorro? En la Argentina a escala macroeconómica se genera ahorro. El problema es que el ahorro se transforma solo parcialmente en inversión. Según las cuentas del balance de pagos, los residentes argentinos, sin contar el Gobierno ni las entidades financieras, poseen activos externos por 396 mil millones de dólares. De ese total, 243 mil millones están en depósitos o directamente en billetes. Entre 2006 y 2024 las inversiones privadas de residentes en el exterior se incrementaron en 262 mil millones de dólares y la tenencia en depósitos o billetes, en 187 mil millones.

Las razones por las cuales se dio este hecho son múltiples y pueden dar lugar a un largo debate. Sin embargo, hay que encontrarle una solución consensuada para que el sistema financiero y el mercado de capitales consigan que estas capacidades se conviertan en inversión.

Diagnósticos divergentes y la necesidad de una estrategia común. La desvalorización del mundo empresario y político es mutua. Creo que la causa es, en alguna medida –puede no ser la principal–, el desconocimiento de los objetivos de cada uno y sus restricciones. Estos elementos exigen un claro diálogo entre el Estado y el sector privado.

Las interpretaciones sobre las causas del contexto inflacionario y recesivo persistente están sesgadas por los intereses y deslindes de responsabilidades de los distintos actores. En resumidas cuentas: por un lado, se responsabiliza al Estado y al Gobierno por el gasto excesivo y la inestabilidad macroeconómica y, por el otro, sustancialmente a la escasez de dólares y la falta de compromiso productivo de los empresarios.

En Alemania Federal se dio un debate similar antes de definir el camino económico desplegado a partir la década del cincuenta (Dervla Brennan, German Inflation and the Money Supply). En economía no solo juegan los hechos sino también las creencias y las expectativas de los actores. Si actores determinantes del escenario económico creen que una expansión fuerte del dinero tendrá consecuencias inflacionarias o negativas para la estabilidad, el ajuste de su conducta a esa creencia afectará la inflación y la estabilidad.

Creo entonces que debe llegarse a un acuerdo donde ambas visiones sean consideradas con la perspectiva de conseguir un sendero de crecimiento inclusivo; en términos políticos, justo. Por un lado, debe sostenerse una estrategia de ampliación de exportaciones como política de Estado, y por el otro, aceptar como condición la soberanía fiscal expresada en el equilibrio de las cuentas públicas. Este acuerdo es comprensivo sin que signifique cambios de puntos de vista de los que lo sustancien.

Por otro lado, el Estado debe imponerse como obligación la atención a los problemas de los sectores exportadores asistiendo con el apoyo político que estos requiera.

En la Argentina ya se ha probado que se puede sostener en el poder democrático con exclusión social; los resultados sociales inmediatos y económicos en el mediano plazo son catastróficos.

Como alternativa, el movimiento nacional y popular de la Argentina debe conseguir un nuevo consenso económico que lo devuelva al gobierno. Gobernar es crear trabajo. Los ejes deben ser el crecimiento inclusivo, estabilidad macroeconómica y de precios, defensa de la producción nacional, soberanía (equilibrio) fiscal, apoyo a las exportaciones de bienes e industrias del conocimiento, la concurrencia del Estado y el sector privado en los sectores de infraestructura, logística y política exterior para el incremento de competitividad.

La contracara será una visión extraña a la realidad y a los tiempos, donde el Estado debe ser un actor ausente, local e internacionalmente, y que el ajuste fiscal y la apertura de importaciones sea la única herramienta para recuperar el país con los efectos destructivos que ello tiene sobre los sectores productivos y de menores recursos.

*Lic. en Econmía. Expresidente del BCRA.

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