DOMINGO
Ansiedad

Enfrentar el cambio

La ansiedad reside en todos nosotros como un mecanismo instintivo, una respuesta natural de nuestro cuerpo a una variedad de situaciones. Tiene un objetivo claro: prepararnos para enfrentar o evitar amenazas. Sin embargo, el verdadero problema surge no de la ansiedad misma, sino cuando se activa por preocupaciones exageradas acerca de eventos futuros que posiblemente nunca lleguen a suceder, llevándonos a prepararnos para circunstancias imaginarias. Así, aunque la ansiedad puede ser beneficiosa alentándonos a responder ante retos próximos reales (como exámenes o entrevistas laborales), un nivel excesivo puede inmovilizarnos y sumergirnos en preocupaciones infundadas. Nuestra mente, en este estado, se adelanta a los hechos proyectando y analizando escenarios que aún no son parte de nuestra realidad. Vivimos en una sociedad que constantemente nos exige estar alerta, conectados y listos para responder. En este contexto, la ansiedad se convierte en una figura central. (…)

Cuando la ansiedad no responde a situaciones reales, lo que realmente intentamos evitar es la angustia asociada a una pérdida. En el Capítulo 1 mencionamos que la angustia deriva de una pérdida, y en este caso la ansiedad es el intento por evitar angustiarnos, es decir, evitar perder. La angustia por perder a un ser querido o perder un empleo, a que nos rechace la persona que nos gusta y perdamos la oportunidad de estar con ella, a hacer el ridículo en un escenario y perder la oportunidad de triunfar en él, etc.

Pero ¿cómo encajan los ataques de pánico en este esquema? La ansiedad nos prepara para enfrentar una situación específica y conocida, aunque esta no llegue a materializarse. Sin embargo, un ataque de pánico se desencadena presentándonos y haciéndonos vivencia justamente lo que no podemos simbolizar: la muerte o la locura. Son conceptos sobre los cuales no tenemos certezas concretas. ¿Qué ocurre después de la muerte? ¿Qué sentimos al morir? ¿Qué se siente al perder la cordura? Al no tener una idea clara de lo que enfrentamos, el sentimiento de desamparo se intensifica cuando el ataque de pánico irrumpe. Nos esforzamos en ese momento por evitarlo, pero ¿cómo luchar contra algo cuya naturaleza es un misterio? Por eso, los psicoanalistas decimos que los ataques de pánico son una reacción del cuerpo que irrumpe de manera violenta, es la angustia hacia la nada, hacia lo desconocido, hacia lo imposible de representar. Nuestra angustia no está ligada a ninguna representación (a diferencia de los miedos, de las fobias o de la ansiedad). No porque no exista la muerte o la locura, sino porque, pese a que existan, nadie sabe realmente cómo son y los sentimientos que se generan son muy difíciles de atravesar. (…)

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Como hemos concluido en el Capítulo 1, la angustia es una experiencia universal e inevitable, ya que la pérdida es algo ineludible de la vida. Además, como hemos visto a lo largo de este capítulo, la ansiedad –un fenómeno natural– nos prepara para afrontar desafíos cotidianos: sin ella, no sentiríamos la necesidad de estudiar para un examen importante, o no reaccionaríamos adecuadamente frente a situaciones de peligro. Sin embargo, ¿qué sucede cuando la fuente de nuestra ansiedad es precisamente nuestra angustia? Es decir, cuando tratamos de evitar la pérdida, un evento común en la vida de todos. El temor a nuestras pérdidas futuras nos lleva a intentar controlar las circunstancias, en un esfuerzo por evitar que el azar nos arrebate algo valioso. Pero el intento de control solo intensifica la ansiedad.

Por ello, resultan contraproducentes aquellas recetas por intentar controlar la ansiedad, ya que justamente la ansiedad es en sí misma un mecanismo de control. Tratar de controlar nuestro intento de control es un oxímoron, es decir, una contradicción, y solo nos sumerge más profundamente en la ansiedad. Para explicarlo de una manera más clara, supongamos que sufrimos de acné y descubrimos una crema que promete eliminarlo de manera instantánea. Sin embargo, esta crema tiene un efecto secundario: al día siguiente, la cantidad de granos se duplica. A pesar de conocer este efecto, podríamos vernos tentados de usarla para una ocasión especial, como una cita importante. No obstante, esta solución temporal conlleva un problema mayor a futuro. Después de usar la crema y ver que al día siguiente tenemos el doble de granos, nos sentiríamos impulsados a volver a utilizarla.

Este ciclo se repetiría, aumentando progresivamente el problema en lugar de resolverlo. En esta analogía, el acné representa nuestra angustia y la crema, nuestra ansiedad. Al intentar ocultar nuestra angustia, generamos más ansiedad; y por ende, como estar ansiosos nos angustia, se termina generando más angustia que causa más ansiedad. Se trata de un ciclo en el que la ansiedad y la angustia se retroalimentan.

*/**Autores de Imperfectos. Editorial El Ateneo (fragmento).

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