Es la tercera vez que estoy en Nantes, aunque cada una de esas veces fue tan de paso que no sé si es exacto decir “estoy”, “estuve”. La anterior a ésta, fue apenas una hora mientras esperaba una conexión de trenes. Era invierno, por la mañana, y crucé al Jardín Botánico que está muy cerquita de la estación. El rocío de la noche se estaba levantando y una bruma helada flotaba sobre los canteros y las plantas que campeaban las bajas temperaturas. No había flores y la mayoría de los árboles estaban sin hojas, pero seguía siendo hermoso. Las gotas chorreaban de las ramas desnudas como diminutas lluvias atomizadas.
Ahora está a punto de empezar la primavera, hay un sol inusitado, según me dicen, en una ciudad donde siempre está nublado. El festival L’atlantide, el motivo de mi visita, se lleva a cabo en la antigua fábrica de galletas Lu, ahora convertida en el centro cultural Le Lieu Unique. La fábrica es un símbolo de la ciudad, construida en 1909, tiene una gran torre que parece de juguete, coronada por una caja de galletas, esas que en mi infancia todavía tenían los almacenes que vendían las galletitas sueltas: cuadradas, de metal, con esos ojos de buey en cada una de sus caras. La fábrica se había fundado mucho antes, a mediados del siglo XIX, y terminó de consagrarse cuando ganó el Gran Premio de Galletas en la Exposición Universal de París en 1900.
Nantes es una ciudad muy tranquila. La vieja fábrica está ubicada al lado del río y tanto el público del festival como otros paseantes, se asolean en la orilla.
Mónica es mi guía, una argentina que vive en Nantes desde hace unos veinte años y colabora con el festival hace varias ediciones. La mañana del sábado vamos caminando a la librería La géothéque y me muestra esa parte de la ciudad con negocios que recién están abriendo y gente que camina a hacer compras o desayunar en bares tan lindos como La cigale, también de los más antiguos de la ciudad. Conversamos de su extranjería, de lo quisquillosos que son los franceses con la pronunciación de su idioma, del país al que regresa muy poco, de criar a un hijo entre dos lenguas. Allí en la librería me presenta a unas amigas suyas, dos argentinas: Adriana y Adelina, y una uruguaya, Eli. Adriana y su marido son los dueños del bar Le Joffre donde, me cuentan, todos los jueves se reúnen a tocar música. Gerardo, el esposo de Eli, es un músico argentino.
Después del día agotador, nos reunimos con ellos en Le Joffre, un local viejísimo con unas pocas mesas y un gran piano junto a la entrada, en una callecita angosta donde hay un par de bares más en cuyas veredas se amontonan chicas y chicos que fuman y beben.
Acá venimos los viejos, me dice Gerardo, riéndose, y se sienta al piano y toca algunos tangos clásicos y una canción compuesta por él para el pequeño auditorio: un artista de ascendencia oriental, los maridos de las chicas, el hijo de Mónica, las chicas, otra pareja en la mesa del fondo, yo y un hombre que se sienta cerca de Gerardo y lo observa entrecerrando los ojos mientras toca. Me dicen que es Tchavolo Schmitt, una leyenda del jazz manouche. Es un hombre cercano a los ochenta años, con un bigote finito, y una camisa colorida, llena de arabescos. Ceremonioso, espera a que Gerardo termine su minirrecital y luego saca su guitarra y toca. Todos lo escuchamos admirados. El hijo de Mónica, un adolescente que estudia música en el conservatorio, sigue arrobado los dedos de Tchavolo que bailan sobre las cuerdas.