CULTURA
OPINION

El discreto encanto de la derecha posgramsciana

Sin dudas, una de las manifestaciones que caracteriza al actual gobierno es la referencia constante a la “batalla cultural”, enfocada en la llamada cultura woke y sostenida de forma teórica por “La batalla cultural”, obra de Agustín Laje cuya escrupulosidad y corrección en el sistema de citas y referencias bibliográficas no evita importantes falencias de análisis y fundamentos argumentativos. Si la expresión tiene claras resonancias a los postulados de Antonio Gramsci, con férrea influencia en la izquierda, ¿podría definirse a Javier Milei como un “dexterogramsciano”, un gramsciano de derechas? Aquí la respuesta.

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Corpus. En la base de la batalla cultural que pregona el Gobierno yace, además de las ideas recicladas de Antonio Gramsci, el pensamiento del politólogo y filósofo Agustín Laje (1989), de estrecho trato con el Presidente; su libro más trascendente fue publicado en 2022 por Harper Collins Christian Publishing. | cedoc

Entre otras novedades introducidas en la política argentina, aparte de la ideología libertaria (o anarcoliberal) y la retórica insultante, una que caracteriza a Javier Milei es la insistencia en la “batalla cultural” como pieza estratégica de su proyecto político. Para quien sepa oír, la expresión tiene claras resonancias gramscianas, o sea, remite a un concepto fundamental del pensador marxista Antonio Gramsci, de influencia en algunas de las izquierdas locales. Por eso, sin más, podría definirse a Milei como un “dexterogramsciano”, un gramsciano de derechas, y no se estaría muy errado. En todo caso, se trata solo de un indicio de la auténtica índole de la batalla cultural, últimamente enfocada –con dudoso éxito– sobre la llamada cultura woke. En la base, además de las ideas recicladas de Gramsci, yace el pensamiento del politólogo y filósofo Agustín Laje (1989), de estrecho vínculo, dicen, con el actual Presidente desde que era diputado. La teoría de la batalla cultural del gobierno libertario, como la carta robada de Poe que nadie ve, cuando está a la vista de todos, ha sido revelada por Laje en 2022 en su libro La batalla cultural, publicado por Harper Collins Christian Publishing.

La eminencia gris de Milei en materia de batalla cultural no es un intelectual académico, pero sí un escritor de estilo académico o, al menos, pretende serlo (no siempre lo logra). En El libro negro de la nueva izquierda (2016), escrito en colaboración con el también conferencista y escritor de extrema derecha Nicolás Márquez, contrasta la rusticidad de éste con el prolijo y elaborado texto de Laje. Lo cual se aprecia en La batalla cultural, una obra de más de quinientas páginas, cuya escrupulosidad y corrección en el sistema de citas y referencias bibliográficas no evita, a pesar de todo, importantes falencias de análisis y fundamentos argumentativos. Se ha dicho que la concepción de Laje del “marxismo cultural” (que dejaría pasmados a muchos marxistas), adherida como un pólipo en el discurso de Milei, no es más que una teoría conspirativa y, por lo tanto, inválida. Sin embargo, esta supuesta confabulación, lo que muestra tanto una virtud como un defecto en la fuerza persuasiva de Laje, se extrae directamente de pensadores marxistas y posmarxistas.

Según Laje, la batalla del marxismo cultural comienza en el Mayo parisino del 68 y se incrementa luego del derrumbe de la Unión Soviética con el objetivo, emanado del fracaso, de transformar la cultura dada en tanto condición de la revolución socialista. Incluye el marxismo occidental (Gramsci, Althusser, la Escuela de Frankfurt) y, de modo especial, la genealogía del poder de Foucault y sus prolongaciones en la teoría queer y la “ideología de género”. Con poca memoria o poco estudio, Laje inventa un entretejido en torno a la “liberación sexual” que va desde la izquierda freudiana (Reich y Marcuse) y la teoría crítica de Horkheimer –por su rechazo a la familia– hasta las tesis foucaultianas sobre la sexualidad, como una batalla cultural librada contra el orden natural del sexo. Hay que aclarar que el craso error de Laje, si se cree en su honestidad intelectual, reside en ignorar o eludir los duros cuestionamientos de Marcuse a Reich y a la revolución sexual (a la que describió como “desublimación sobrerrepresiva”), y el distanciamiento de Foucault respecto de la “hipótesis represiva” de la izquierda freudiana.

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De este modo, la batalla cultural de Laje destaca como blanco privilegiado a la comunidad Lgtbiq+ y también a los “metacapitalistas” que lucran y propician la diversidad sexual (porque no entraña ningún peligro político) e incluso a los millonarios progresistas (Soros, Rockefeller, etc.) que los financian y apoyan. Si bien es cierto que la contrarrevolución sexual que imagina se dirige, sobre todo, a suprimir la influencia disolvente de la familia y las tradiciones, Laje sostiene que el feminismo y la ideología de género tienen los mismos efectos destructivos, y, de hecho, igualmente cualquier defensa de aquellos grupos considerados “oprimidos” en razón de alguna disimetría, como indígenas, inmigrantes, presos, locos, estudiantes, ecologistas y otros sujetos políticos –ante la indiferencia de la clase obrera– de marxistas, posestructuralistas y posmodernos que optan por los “pequeños relatos” inferidos de Lyotard y potenciados por internet.

La doctrina de la batalla cultural de Laje, concebida y destinada –lo dice él– para una nueva derecha, tiene como teatro de operaciones, y solo allí es posible, la posmodernidad. En la medida en que en ella ha implotado el principio de realidad, a consecuencia de las tecnologías digitales y la hiperinformación, y donde imperan los simulacros de lo real, en el sentido de Baudrillard, y más todavía, el vacío social de Lipovetsky estetizado por la economía capitalista en fusión con la cultura, Laje entiende que la manipulación de la “opinión pública” (que, en sí, no existe) adquiere proporciones gigantescas y sin antecedentes. De ello, ya que todo se vuelve “cultural” (imágenes y signos), se benefician el capitalismo de plataformas, la “casta política” –en palabras de Laje– y el marxismo cultural, pero asimismo la nueva derecha dispuesta a dar batalla por la hegemonía en términos político-culturales. Al respecto, las redes sociales se presentan como una superación de los viejos medios de comunicación (TV, radio, prensa), que proponen una relación vertical.

De cualquier manera, en cuanto la posmodernidad implica un mundo enteramente cultural, en el que la estructura económica se confunde con la superestructura ideológica –es decir, cultural–, Laje se aparta de la impronta de Gramsci, a quien admira (ejemplo: en Gramsci el Estado “se sintetiza en la maravillosa fórmula de ‘hegemonía acorazada con coerción’”), porque descubre un resto de economicismo en su noción de cultura. Para sus fines, se sirve mucho más, dentro del “giro culturalista” de izquierdas, de Laclau y Mouffe, que eo ipso le brindan el modelo posgramsciano de la batalla cultural para unificar a la nueva derecha compuesta de “libertarios, conservadores, tradicionalistas y patriotas”. Así se apropia del concepto de Laclau de cadena equivalencial y significante vacío y pone en éste “derecha” en vez de “izquierda”. La maniobra no sorprende. Laje se apoya siempre, como en el aikido, en la fuerza del contrincante para volverla en su contra. De fondo, carece de un pensamiento propio, y aun su libertarismo copia el de Rothbard, en otras palabras, un populismo ultraconservador de extrema derecha.

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