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Lo que queda

Sé que el propio Theodor Adorno revisó y relegó su tan citada y cuestionada afirmación de que no se puede escribir poesía después de Auschwitz. Le objetaron con insistencia lo demasiado rotundo que había sido. Aun así, a riesgo de ser más papista que el Papa, no dejo de pensar que hay un “momento de verdad” en esa frase. Porque está claro que lo que Adorno planteaba no era que después de Auschwitz ya no habría más poemas, ni libros o plaquettes de poesía, que los poetas callarían o acabarían por pasarse a otro género. Entiendo que el momento de verdad de la frase de Adorno tiene que ver con ese punto en el que, después de Auschwitz, es decir: ante Auschwitz, habiendo pasado y existido Auschwitz, todo, hasta la poesía, puede llegar a resultar insuficiente, inocuo, impotente y, eventualmente, extremando, hasta banal. Adorno descartó la idea, o lo demasiado tajante de la idea; no obstante, algo había alcanzado a calibrar acerca de la desmesura de Auschwitz, de un cierto absoluto de la radicalización del mal, en tal grado que hasta podría llegar a tornar superflua cualquier otra cosa que se presentara.

Nada de esto conduce, sin embargo, según creo, a establecer que respecto de Auschwitz solo es posible el silencio, o que es del orden de lo indecible, o que es del orden de lo inenarrable. Giorgio Agamben, en Lo que queda de Auschwitz, formuló una lúcida advertencia en ese sentido. ¿A qué otra cosa, sino a lo sagrado, corresponde un más allá del lenguaje? ¿Qué otra cosa, sino lo sagrado, nos remite a lo indecible, nos remite a lo irrepresentable? ¿Y qué otra cosa supondría entonces colocar a Auschwitz en ese lugar, sino ni más ni menos que sacralizarlo?

Claro que hay algo intestimoniable en Auschwitz: la experiencia integral del exterminio es intestimoniable por definición. Y está también esa figura terrible, la del musulmán, en la que Agamben se detiene especialmente. Deshumanizado por la atrocidad del campo, deambula enmudecido: despojado de humanidad, queda despojado de lenguaje. Pero entonces es eso mismo lo que hay que testimoniar: que hay algo que es intestimoniable, que hay una imposibilidad de testimoniar.

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Y es que Auschwitz, lugar y nombre emblemáticos de la maquinaria de exterminio del nazismo, no fue una instancia de irracionalidad, como se pretendió desde algunos enfoques, sino más bien, por el contrario, una derivación consumada (no la única posible, pero sí una de las posibles) de la más plena racionalidad moderna. Es el conocido análisis que Theodor Adorno y Max Horkheimer aportaron en Dialéctica del iluminismo (Ricardo Piglia lo retomó en Respiración artificial en la Argentina de 1980): ver en Auschwitz una máquina de muerte perfectamente racional, metódica, sistemática, ejemplo radical (aberrante, pero nítido) de la disposición de medios con arreglo a fines: ni locura ni exceso. Es por ende del orden del logos. No está fuera de los alcances del lenguaje, más bien lo opuesto.

En esa misma dirección se orienta Georges Didi Huberman en Imágenes pese a todo. El rescate postrero de cuatro fotografías tomadas subrepticiamente en Auschwitz es lo que dio impulso al libro (las propias fotografías, dice Didi Huberman, son ellas mismas, en cierto modo, sobrevivientes del campo). Y así como se planteó que no es inenarrable, así como se planteó que no es indecible, las cuatro fotografías vienen a decir que Auschwitz no es inimaginable. Puesto que hay imágenes, se puede imaginar (y la imaginación no es apenas una compensación de lo no vivido, ya que aun los que vivieron el horror del campo precisan también imaginar).

Son apenas cuatro fotografías: restos, rastros, jirones, huellas fragmentarias de lo vivido. No componen una memoria total de esas vivencias. Pero ninguna memoria es total; siempre está hecha de restos y de partes. Y tampoco las vivencias son en sí mismas totales, también ellas son rastros parciales. La ambición de una memoria total, una que por sí sola complete y concluya un todo, algo tiene de totalitaria. Y contiene por eso mismo una fantasía de silenciamiento. Porque si algo así como una memoria completa pudiese llegar a alcanzarse, ya no habría otra alternativa más que callar. Ya no ese borde extremo en el que nada se puede decir, sino el impulso prepotente de que ya no se diga nada, de que no se hable más.

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