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materia expresiva

La paternidad de las cosas

Con cinta sobrante de Naná, Jean Renoir (el mejor de todos, según Orson Welles, calificado a su vez de lo mismo) filmó Sur un air de charleston, un corto bastante erótico, también protagonizado por su esposa, Catherine Hessling, y también genial, aunque por razones distintas. A diferencia de la adaptación de la novela de Zola, tiene una factura técnica artesanal y está lejos de esbozar una trama seria. Su mérito más notorio es adelantarse. Tuvo que pasar mucho para ver un baile femenino tan cómico y animal como el de Hessling, o una inversión de roles tan irónica (un africano civilizado llega a la Europa salvaje). Hay tomas que, si no fuese porque el soporte es obviamente de los años 20, podrían pasar por contemporáneas ¡Aparecen hasta furries!

Al verla hace poco, constaté que Renoir “es el padre” de más invenciones de las que yo pensaba. Pero viene al caso recordar a otro cineasta francés, Jean-Pierre Melville, cuando, habiendo sido ungido como “padre de la Nouvelle Vague” por filmar, antes que la generación al mando de Cahiers du Cinema, películas de bajo presupuesto, exteriores parisinos, etc., renegó del crédito. “Al principio fue halagador y lo acepté”, dijo, pero el tiempo le endilgaría, a través de esos rankings nefastos de revistas especializadas, 193 “hijos”, que desheredó en un gesto de autopreservación. El riesgo colectivista de tener descendientes no era deseable para un director con sus ínfulas.

Cuando se puso experimental y filmó La saga de Anatahan, en 1953, Josef von Sternberg fue como un hijo estilístico de Kurosawa, quien a su vez es una figura paterna borrosa del spaguetti western gracias a Yohimbo. Sin tener nada que ver con la problematización actual del patriarcado, la especulación sobre la paternidad en cine, como en muchas otras áreas, nos lleva a un pozo sin fondo. Lo aseguro refrendándome, justamente, en el fondo de los tiempos. Desde que empezaron las investigaciones arqueológicas y despuntó el estudio del arte prehistórico, los descubrimientos indicaban que la paternidad de nuestra forma gráfica de expresión era figurativa. Las cavernas que fascinan a Herzog y hallazgos similares de entre 35 mil y 45 mil años en otros puntos de Europa fueron, durante décadas, prueba de un despertar expresivo en el que se intentaba emular la realidad tal cual es. Pero, en 2023, un caracol de 75 mil años hallado en Asia con unos triángulos tallados indicó que antes estuvo la abstracción, ¡la geometría, la matemática! Es que quizás, en materia expresiva, no seamos más que hijos de un padre desconocido, como dioses ¡o bastardos!

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