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Guerras idiotas

Hay algunos niños que me llevan a verlos como adultos. De golpe los observo proyectando sus rasgos y actitudes. Me ocurre sobre todo con los varones, cuando se rebelan frente a un castigo incomprendido o se les desprende una mirada triste, sin caricias ni juegos. También ante los muy disciplinados, desprovistos de la libertad de gestos o morisquetas, atrapados en una rigidez que se manifiesta en desconcertante mutismo.

Aquellos que corretean, trepan a los árboles, andan en triciclo, se ríen a carcajadas o lloran desconsoladamente, saborean un pancho, piden que les cuenten otra vez el mismo cuento, los veo como niños en el presente.

Solo los del primer grupo me impulsan a visualizarlos adultos, desprovistos de recursos para lidiar con la existencia –sobre todo con la existencia de los otros, la maravillosa presencia de los otros–. Es impactante cómo la cara de un niño así me devuelve la de un hombre enojado, impetuoso. Un niño que se prepara, sin saberlo, sin poder evitarlo, para la guerra. En distintos frentes, con distintas armas.

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Esta semana, el desfile de mandatarios en lugares estratégicos del mundo, esgrimiendo sus fachadas de poder y el despecho ante lo humano, me remitió a los niños atascados en una infancia dictaminada, queriendo derribar a los soldaditos de sus contrincantes. Pienso en uno de los primeros cuentos de ciencia ficción, Micromegas, del genial Voltaire. Un gigante extraterrestre llega a nuestro planeta y les pregunta a los hombres: “¡Oh, átomos inteligentes en quienes quiso el Eterno manifestar su arte y su poder! Decidme, ¿no disfrutan en vuestro globo terráqueo purísimos deleites? Apenas tenéis materia, sois todo espíritu, lo cual quiere decir que seguramente emplearéis vuestra vida en pensar y amar”. La contestación fue la siguiente: “Más materia tenemos de la que es menester para obrar mal, si procede el mal de la materia, y mucha inteligencia, si proviene de la inteligencia. ¿Sabéis por ejemplo que a estas horas, cien mil locos de nuestra especie que llevan sombrero están matando a otros cien mil que llevan turbante, o muriendo en sus manos?”.

El cuento fue escrito en 1752. Un niño lo comprendería mejor que un adulto idiotizado.

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