COLUMNISTAS
otra vez

En polvo, en sombra, en nada

Querido Antonio, esta carta se suma a una larga conversación que últimamente tengo conmigo mismo a propósito de la gente que se va muriendo. Algunos me han abandonado personalmente porque eran mis amigos. De otros, como vos, no puedo decir lo mismo, pero el efecto es un achicamiento de mi mundo, la pérdida de un pedazo de mi historia.

Me pasó con la muerte de Lanata, que no me caía simpático y a quien me habré cruzado dos veces en mi vida. Pero yo viví en un mundo que no solo lo contenía sino que él había contribuido a moldear.

A propósito de tu muerte, salieron a relucir mucho segmentos de tus shows, entrevistas, la penosa persecución de ese notero que, después de recibir con algarabía tus puteadas, mira a cámara como si hubiera conseguido el triunfo de su vida: sacar de sí a una persona con demencia senil a la que ataca impunemente en la vereda. En esa secuencia quedaba ya poco de vos y una advertencia sobre lo que sería el porvenir, gobernado por una manada de descerebrados impiadosos.

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¿Cuándo te vi por primera vez? Fue en una sala de Retiro, creo, por supuesto el género era el café concert y, como el disco que grabó lo que yo vi tiene fecha de 1971, debería haber sido ese mismo año: Yo no... ¿Y Ud.?

Pero por entonces yo no tenía edad suficiente como para que ese recuerdo sea verdadero. Digamos que yo vi un show que hacías con Carlos Perciavalle a mis 15 años, no antes. Y ahora, cuando escucho de nuevo esa grabación, rastrillo las referencias a un mundo del que nunca participé: Mau Mau, el Ruta Hotel, los happenings de Marta Minujín, Rogelio Polesello, esos restos de un mundo pop al que llegué tarde pero con el que me relacioné tan intensamente como con las canciones de Paco Ibáñez que escuchaba por la misma época como si fueran parte de lo mismo. Yo era más bien como tu personaje en La tregua (“¿Pero ustedes están contentos con esta rutina?”).

Antonio, ninguno de nosotras sabía por entonces qué iba a llegar a ser, pero para mí fue como la entrada del profesor Unrat en el mundo de die Fresche Lola en El ángel azul, en un Berlín dispuesto a cambiar el mundo desde abajo.

Una de las frases que decías en ese show todavía me acompaña: “De poetas y de locos, todos tenemos un pocos”. Ese plural desestabilizante me parecía el colmo de la gracia. Siempre tuve que explicar de dónde la había tomado, pero dentro de algunos años tendré que explicar incluso quién eras, como si estuviera en el extranjero y tuviera que contar qué clase de libro es el Martín Fierro.

Aquella noche me acercó al cabaret berlinés, al arte pop, al folclore urbanizado, pero también (sin que lo supiera entonces) a la gran tradición del teatro de revistas porteño, con sus capocómicos y sus números musicales. Y al campo homosexual, lo que hoy se llama queer, y que todavía no me había alcanzado cabalmente.

Nunca más te vi en teatro, y muy esporádicamente en televisión, Antonio. Todo queda en YouTube, pero también en tus herederos, como Juampi Mirabelli y Franco Torchia en el extarordinario show ideado por Liliana Viola y dirigido por Tantanian, Como nunca... ¡Otra vez!

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