La sensación que el tiempo es circular, de que vuelven a repetirse los sucesos, es una vivencia universal de la que dan cuenta tanto la psicología como el arte y el sentido común. Los psicólogos asimilaron el célebre “dèja vú” a una anomalía de la memoria. La literatura produjo testimonios entrañables de este fenómeno, como el de aquel personaje de Cien años de soledad, quien, aunque fuera martes, decía: “También hoy es lunes… Ya esto me lo sé de memoria… Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio”. La película “El día de la marmota” relata en clave de comedia la misma experiencia. Cuando se trata de la repetición del fracaso, el lenguaje popular dice “es siempre la misma historia”, “esto ya lo vimos”, “volvemos a tropezar con la misma piedra”, o el simpático “otra vez sopa”. Son episodios calcados de los que no se aprende; o, usando argot psicoanalítico, significan la compulsión a repetir el mismo trauma.
El Gobierno se niega a devaluar y aguarda, con indisimulable nerviosismo, cerrar con el FMI en medio de una corrida que podría agravarse; el mercado desarma posiciones adoptando conductas defensivas; el país vuelve a endeudarse: todo esto ya lo escuchamos, ya lo vivimos y lo padecimos, ocupemos el lugar del abuelo, del hijo o del nieto en la estirpe familiar, porque la repetición anula el tiempo e iguala las edades, envolviéndonos en la angustia de la reiteración de lo infeliz, de lo que jamás se arregla. Una neurosis de destino, diría Freud. El ministro de Economía, que fue corresponsable de un fracaso reciente, responderá que ahora es muy distinto, debido a que tenemos superávit fiscal, que es la condición necesaria y suficiente para el definitivo despegue. Ojalá ocurra así. Sin embargo, aunque las cosas fueran diferentes ahora, la sociedad recela. Le dijeran tantas veces que era el momento de creer porque la economía se había enderezado definitivamente, para terminar, al cabo de otro fiasco, comiendo sopa recalentada.
Determinar cuáles son las razones del tiempo circular de la Argentina excede a una columna periodística. No obstante, puede intentarse una aproximación, aunque sea conjetural. Arriesgamos esta hipótesis: el país repite porque carece de un atributo moral indispensable que es la confianza, empezando por la que debe tenerse en la propia moneda, una institución crucial. Según el Diccionario de la RAE “confiar” posee cuatro acepciones; la primera es “Encargar o poner al cuidado de alguien algún negocio u otra cosa”; la segunda, “Depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa”; la tercera, “Dar esperanza a alguien de que conseguirá lo que desea; y la cuarta, “Esperar con firmeza y seguridad”. La impresión es que ninguna de estas posibilidades está disponible aún para los argentinos, aunque exista el declamado superávit fiscal.
En primer lugar, porque desconfiar es una convicción a la que no se llega por una traición, sino por una sucesión de traiciones. El que desconfía tiene el corazón herido, los huesos rotos o el bolsillo vaciado; necesitará mucho tiempo para volver a creer que no lo estafarán. Además, el recelo está profundamente arraigado, es ancestral. Los inversores y las familias argentinas comparten con los habitantes de las cavernas esta experiencia elemental: un ruido extraño dispara la desconfianza, que se convierte en amenaza y miedo, obligando a buscar refugio para no perder la vida o los bienes. Esos refugios han sido, entre otros, acaparar mercaderías, especular con propiedades inmobiliarias, atesorar dólares o fugarlos, apostar al carry-trade, según el momento o la estrategia para repartir el riesgo. Comportamientos defensivos, y en muchas ocasiones corruptos, nunca transparentes y proactivos. En esas condiciones, es improbable entregarles de buena fe la hacienda a los gobernantes, aunque pueda tenerse una opinión favorable de ellos, trasmitida sin compromiso a un encuestador; tampoco se puede poseer esperanza en conseguir lo que se desea, más allá de fugaces e inciertas oportunidades. No existe firmeza ni seguridad cuando se defraudó durante muchas décadas y bajo distintos gobiernos.
De entre tantas opiniones acerca de por qué Argentina no es confiable, expondremos la de Jeffrey Sachs, vertida en 2022, al que, esperemos, no se lo invalide por mandril. Dijo entonces el economista norteamericano: “Nadie confía en la Argentina. El país no tiene pésimos fundamentos, pero no despierta confianza en los mercados financieros. El problema es su reputación, no su realidad”. En otras palabras: la sucesión de incumplimientos de los compromisos destruyó el prestigio. Sachs es un progresista piadoso con el déficit fiscal que, sin embargo, está diciendo implícitamente que aun con irreprochables fundamentals no será suficiente, lo que se advierte en estos días agitados, que proyectan una sombra para el futuro, más allá del auxilio del FMI. Ni Trump logrará que los dólares alcancen si no se restablece la reputación del país.
La influyente escuela económica institucionalista ofrece una razón conocida: los países fracasan si junto con una economía saneada no poseen instituciones políticas sólidas, como han sostenido los célebres Daron Acemoglu y James Robinson, que recibieron el último Premio Nobel de la disciplina. Vamos en sentido inverso: la sospecha se encendió con la obsesión del Gobierno de llevar al juez Lijo, cuestionado en el país y en el extranjero por conductas presuntamente deshonestas, a la Corte Suprema; y se propagó con la estafa de la criptomoneda Libra, de la que el Presidente nunca ofreció una explicación convincente. Además, se acumulan pruebas de que el sottogoverno, como llamó Norberto Bobbio a la corrupción que atraviesa las élites, sigue en pleno auge.
En democracia, la confianza pública constituye una cuestión compleja porque no solo es vertical sino también horizontal. No alcanza con que la sociedad legitime, de abajo hacia arriba, por medio del voto o los sondeos de opinión, a sus gobernantes; debe existir también lo que Guillermo O’Donnell denominó “accountability horizontal”, que significa un control de ilícitos del Gobierno a través de agencias estatales independientes. Si a la mitad de los argentinos conformes con la baja de la inflación esto no le importa, sepamos que a los inversores los inquieta y los hace dudar. De allí que exista más “wait and see” que dólares fluyendo.
Para que en Argentina no siga siendo lunes, los cambios deberán ser más profundos que el superávit fiscal. Se trata de recuperar la confianza, no solo de perfeccionar la planilla Excel con más despidos.
*Sociólogo.