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Aventuras en el paraíso

En el siglo XIX, los europeos que viajaban por América del Sur solían hacerlo por motivos comerciales o científicos.

Le robo a Hebe Uhart la idea de que hay pocos libros excelentes, pero hay aún menos libros simpáticos, libros con los que el lector entra fácilmente en confianza. La expedición del Falcon, de E. F. Knight, que me envía la Universidad Nacional de Entre Ríos, es uno de esos libros. Coeditado con la Universidad Nacional del Litoral, es raro que un libro de importancia documental, propicio para la edición académica, sea precisamente simpático. Pero a veces pasa. Knight (1852-1925) fue un inglés que entre 1880 y 1881 llegó a la Argentina a bordo de un yate y, tras viajar por tierra hasta Tucumán, volvió a Buenos Aires y remontó el Paraná con el Falcon hasta llegar a Paraguay. Esta edición se ocupa solo de la parte fluvial de la travesía (acaso las universidades de Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Tucumán y Santiago del Estero, entre otras, puedan publicar más adelante el otro volumen del original).

Buena parte de la simpatía que provocan las aventuras del Falcon se debe al excelente prólogo de Ernesto Inouye, también traductor y editor, que nos prepara para entender la particularidad de lo que estamos leyendo. En el siglo XIX, los europeos que viajaban por América del Sur solían hacerlo por motivos comerciales o científicos. Knight es un abogado que viaja por deporte en una época en la que los ingleses redefinieron el ocio inventando deportes. No es un aristócrata sino el propietario de un pequeño yate, acaso el primero en llegar a las Pampas. Como dice Inouye, Knight viajó sobre todo para contarlo, una afición que lo llevaría después a recorrer el mundo como corresponsal de guerra (acaso fuera también un espía).

Knight es un dandi que hace gala de un espléndido buen humor y de un absoluto desparpajo: la historia, la geografía, los idiomas y la crónica de costumbres, están tratados a la ligera, como telón de fondo de sus preocupaciones: la navegación, la caza y la pesca a bordo de una nave tripulada por aficionados, salvo el eximio práctico genovés reclutado en La Boca. Knight y sus compañeros tampoco son unos ases del deporte y el autor vive comentando cómo fracasan sus intentos de capturar un carpincho, un puma o un dorado. Pero, de todos modos, en el relato se impone el asombro del autor frente a un paisaje majestuoso, poco explorado, del río y la selva, lleno de sonido y de furia por territorios pacíficos y otros (como el Chaco) muy peligrosos en manos de tribus indígenas hostiles. El Falcon remonta el Paraná poco antes de que Conrad navegue el río Congo, pero en la cuenca del Plata hay poco que remita al horror colonial africano. Al contrario, aun cuando Knight tiene todos los prejuicios del europeo del norte frente a los pueblos de tez oscura, en su escritura predomina un asombro benevolente. Especialmente al llegar al Paraguay, donde la guerra de la Triple Alianza ha dejado un país poblado por mujeres, huríes de un paraíso en el que la amabilidad, la generosidad de la naturaleza y el eterno verano hacen la vida mucho más dulce que en la sombría Argentina.

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Aunque el libro estaba destinado a un público británico, la traducción de La expedición del Falcon encuentra otros lectores: los nativos que pocas veces (una excepción es la obra de W. H. Hudson) tuvieron la oportunidad de mirar su pasado desde el otro lado del espejo.

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