Cuando hay un hecho tan sorprendente e histórico como la remontada de Lula, siempre cabe preguntarse en qué medida es un acontecimiento que se explica por factores locales y cuánto hay de una tendencia mundial. Ayer reflexionábamos sobre la talla política de Lula y el papel que él cumplió y cumple en la historia de Brasil. Ahora podemos analizar qué rol cumplió un actor social que protagoniza las noticias de todo el mundo: la juventud.
Es decir, desde Francia, España, Portugal, Bélgica y Serbia, la juventud irrumpió en la arena política con reclamos propios y métodos, más violentos o más políticos. Pero claramente hay una novedad, que es que los jóvenes no necesariamente son quienes votan a la derecha, sino también quienes marchan contra el ajuste, el encarecimiento de la vida, los precios de los alquileres o el auge de la extrema derecha. En Brasil y en Serbia, además, articulan sus necesidades en el marco de una opción política y son decisivos para que triunfe un candidato que entienden que es más cercano a su agenda. Es decir, en este caso, la irrupción de los jóvenes en la campaña de Lula es una manifestación local de un fenómeno mundial.
Esto se debe a que la remontada histórica de Lula quedará registrada como un hito donde la juventud brasileña no solo ejerció su derecho al voto, sino que diseñó y lideró una de las movilizaciones político-digitales más sofisticadas de América Latina. Tras quedar por debajo en la primera vuelta frente a Flávio Bolsonaro, el giro radical de la campaña dependió directamente de la capacidad de respuesta, la creatividad y la energía organizativa del electorado joven. Esta juventud tomó la vanguardia tanto en las calles, llenando avenidas con marchas coloridas y festivas, como en el terreno de las plataformas digitales, donde desmantelaron la hegemonía comunicacional del adversario a través de una arquitectura innovadora que conectó la cultura pop con la militancia política.
Lula, el héroe de la democracia
El motor operativo de esta ofensiva fue la articulación del canal de WhatsApp denominado Exército do Lula, coordinado por el diputado André Janones, que superó los diez millones de participantes en la recta final del balotaje. Lejos de ser un espacio unidireccional de emisión de noticias, este canal funcionó como la sala de mandos de una red descentralizada. Fue allí donde la juventud encontró su mayor fortaleza al actuar como un auténtico puente digital intergeneracional. Los jóvenes militantes y creadores de contenido recibían las alertas, creaban las piezas visuales y marcaban el ritmo de distribución, para luego canalizar el material hacia los adultos y adultos mayores que integran la base histórica del Partido de los Trabajadores. A través de consignas claras y dinámicas simples como compartir un paquete de stickers o desmentir un titular sensacionalista en el grupo de mensajería familiar, la juventud le entregó a las generaciones mayores las herramientas exactas para dar la batalla ideológica en su red de uso cotidiano. Vamos a compartir el fragmento en el que Lula reflexiona sobre este aspecto de su victoria, en el discurso tras conocerse los resultados.
Ahora, cuando hablamos de jóvenes apoyando a Lula, ¿a qué nos referimos exactamente? La respuesta es más compleja de lo que parece.
Al analizar la movilización política en Brasil, resulta tentador asumir que toda la juventud actúa como un bloque homogéneo. Sin embargo, la realidad sociológica revela una división sofisticada donde la Generación Z y los Millennials han habitado el espectro político de maneras sustancialmente distintas. En la contienda electoral de 2026, la derecha logró consolidar una presencia inédita entre las franjas más jóvenes de la población, mientras que la base de apoyo a Lula encontró en los Millennials su anclaje histórico y organizativo, obligando a la izquierda a desplegar un esfuerzo colosal para disputar el voto ultrajoven que tradicionalmente le resultaba más afín.
La Generación Z brasileña, integrada por los jóvenes nacidos aproximadamente entre 1997 y 2012, presentó un marcado sesgo conservador y libertario. Esta cohorte demográfica no vivió la bonanza económica de los primeros mandatos de Lula a comienzos del siglo XXI y construyó su identidad política en plataformas como YouTube, TikTok y servidores de Discord, donde las narrativas contra el sistema, la apología del libre mercado y el discurso individualista calaron con fuerza. Fenómenos de la nueva derecha hiperconectada capturaron la atención de estos jóvenes, canalizando el desencanto social hacia posturas ultraconservadoras. Dentro de este segmento se evidenció además una profunda grieta de género: mientras los varones de la Generación Z se inclinaron masivamente hacia opciones de derecha, las mujeres jóvenes de esa misma edad mantuvieron una marcada preferencia por agendas progresistas y por la candidatura de Lula.
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Por su parte, los Millennials, pertenecientes a la cohorte nacida entre 1981 y 1996, funcionaron como el puente generacional que estructuró la campaña del Partido de los Trabajadores. Habiendo experimentado en su infancia o adolescencia el ascenso social y la expansión del acceso a la educación superior durante los años de bonanza del lulismo, esta generación conserva una memoria política positiva que sustenta su lealtad ideológica. Fueron los Millennials quienes asumieron las tareas de estrategia, diseño y coordinación logística en el canal de WhatsApp y en las brigadas territoriales. Sin embargo, este grupo tampoco estuvo exento de fracturas, ya que los sectores precarizados de la economía informal y las plataformas de transporte también adoptaron valores emprendedores cercanos a la derecha.
La victoria de Lula en 2026 dependió, en última instancia, de la capacidad de la izquierda para fracturar el monopolio de la derecha sobre la Generación Z. Al adoptar la estética pop de los fandoms, el lenguaje visual hiperdinámico de los Reels y la agilidad de los canales de mensajería masiva, la campaña progresista tradujo su proyecto histórico al código cultural de las nuevas generaciones. De este modo, la contienda electoral no fue un simple enfrentamiento entre jóvenes de derecha y adultos de izquierda, sino una batalla cultural transversal donde la militancia logró conectar la memoria de los Millennials con el dinamismo digital de la Generación Z.
Un elemento determinante en esta estrategia fue la adopción directa de la cultura de los fandoms musicales. Comunidades masivas organizadas en torno a artistas como Anitta, Luísa Sonza, Ludmilla o bandas internacionales de K-Pop volcaron sus tácticas habituales de apoyo a celebridades hacia la campaña política. Acostumbrados a posicionar canciones en las listas globales mediante maratones de reproducción y votaciones coordinadas, estos colectivos formaron la red Fandoms com Lula. Mediante convocatorias con horarios fijos y hashtags unificados enviadas desde el Exército do Lula, los fandoms lograban inclinar los algoritmos de X y TikTok en minutos, convirtiendo términos clave y respuestas a la oposición en tendencias absolutas.
Las estéticas utilizadas en este despliegue rompieron por completo con el lenguaje político tradicional. La campaña digital joven abandonó la folletería rígida y los discursos solemnes para abrazar un estilo visual pop, hiperdinámico y fragmentado. Se popularizaron los fan-cams, que consistían en breves extractos de discursos de Lula o momentos de debate editados con música funk brasileña o pop de fondo, transiciones de alto impacto, subtítulos coloridos y filtros descontracturados. El uso de stickers de WhatsApp satíricos, GIFs humorísticos y memes contextuales permitió traducir propuestas complejas de gobierno o respuestas ante difamaciones en mensajes instantános, memorables y fáciles de consumir.
En este concepto, el uso de videos hechos con IA replicó una estética de diferentes géneros narrativos consumidos por las distintas generaciones de jóvenes. Veamos ahora un spot de Lula hecho con inteligencia artificial que replica la estética anime.
Esta ebullición digital retroalimentó la movilización física en las calles. Las convocatorias organizadas en las redes se materializaron en banderazos y caminatas juveniles que llenaron las capitales brasileñas. La juventud convirtió la contienda política en una experiencia de pertenencia comunitaria, donde el esfuerzo en línea y la ocupación del espacio público se fusionaron. En última instancia, la remontada de 2026 demostró cómo la inteligencia colectiva de los jóvenes transformó las redes sociales en un motor de participación democrática decisivo para el triunfo final.
La experiencia brasileña no representa un hecho aislado, sino la manifestación de una tendencia global donde las juventudes han dejado de ser meras espectadoras para convertirse en arquitectas de giros electorales históricos. En Serbia, la llamada Lista Estudiantil logró una hazaña inédita al imponerse en las elecciones al bloque oficialista liderado por Aleksandar Vučić, desplazando a un régimen que llevaba catorce años en el poder. Esta victoria, nacida tras casi dos años de intensas protestas ciudadanas iniciadas a finales de 2024 a raíz de la tragedia de Novi Sad, demostró que la indignación juvenil puede traducirse en una fuerza política capaz de desmantelar estructuras consolidadas.
A pesar de su denominación, la Lista Estudiantil no estaba integrada por los propios universitarios en la boleta electoral. Los jóvenes que crearon y promovieron el movimiento tomaron la decisión estratégica de no postularse a los cargos, abriendo el espacio a personalidades respetadas de la sociedad civil. La nómina estuvo encabezada por figuras de amplio prestigio como el médico Ilija Srdanović y el exgobernador del Banco Central Dejan Šoškić, acompañados por académicos, referentes culturales como Dejan Bodiroga y líderes profesionales. Sin embargo, los estudiantes mantuvieron el control político absoluto del proceso: sus plenarios universitarios evaluaron y aprobaron cada candidatura bajo el compromiso de excluir a la vieja política partidaria, garantizando así la legitimidad moral del espacio.
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El punto de encuentro entre ambos procesos radica en la capacidad de la juventud para actuar como el motor transformador de la contienda política. Tanto en las calles de Belgrado como en los entornos digitales de Brasil, las nuevas generaciones demostraron una destreza superior para desafiar las narrativas oficiales, romper el cerco mediático y canalizar el descontento social hacia una participación masiva. Al combinar el impulso organizativo en las aulas con una representación técnica adulta en la boleta, la juventud serbia no solo redefinió la movilización social, sino que confirmó que el protagonismo joven puede articular mayorías ciudadanas y marcar el rumbo democrático a nivel global.
La irrupción de la juventud como actor político no es una novedad en sí misma. Lo que sí es una novedad es que este sea un factor contrario a la tendencia que viene dominando la escena mundial: la de la extrema derecha. Es decir, los jóvenes fueron clave en la victoria de Milei. La militancia digital de los jóvenes venía siendo clave en este fenómeno. Ahora, hay una respuesta y efectivamente millones de jóvenes en todo el mundo entienden que la agenda de la extrema derecha es contraria a sus intereses y condiciones de vida. Además, en Brasil y Serbia, a diferencia de Francia, por ejemplo, la forma que adquirió esta participación tiene un componente político. Está la pelea por el poder real. No son solamente manifestaciones callejeras, sino que todo apunta a que gane una fuerza política en particular. ¿Cuánto de estas experiencias sirve de ejemplo y enseñanza a las experiencias políticas que están haciendo otros jóvenes? Eso es música del futuro, pero evidentemente inició una respuesta al fenómeno de la derecha, por un segmento de la sociedad que tiene muchos años para seguir aprendiendo.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
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