Edición Impresa•Opinión

Quinientos años no es nada

Neo recorre el río acompañado por un autito y alguien que vive con él pero de quien no se consigna nombre ni sexo, como si se tratara de la compañia de un fantasma.

Quinientos años no es nada
Hoy 04:26

La gripe de la que hablé la semana pasada todavía dura y la convalecencia se está haciendo larga. Gracias a ese estado un poco zombi cometí en estos días una serie notable de torpezas. Una de ellas tuvo que ver con un libro de Guillermo Neo que se llama Viajes a favor de la corriente, publicado por la editorial Copo de Nieve. El autor se ofreció gentilmente a dejarlo en mi casa pero un par de semanas después, viendo que el libro no había llegado, le mandé un mensaje para recordarle su ofrecimiento. Para mi sorpresa, me dijo que una semana atrás lo había dejado en el buzón del edificio. Como Demetrio, el encargado, es infalible al respecto, le dije que no podía ser, aunque Neo estaba seguro de haberlo depositado allí. A pesar de eso, volvió a enviarlo. Cuando tuve el libro en mis manos, me sonó conocido. Y efectivamente lo conocía: había un ejemplar en mi escritorio. De modo que al pobre Neo le hice mandar el libro dos veces. Prefiero atribuirlo a la gripe y no a la senectud, pero me temo que puede haber algo de ambas causas.

Viajes a favor de la corriente es la crónica de una treintena de caminatas de unos cinco kilómetros por la costa del Río de la Plata a partir de distintos puntos: desde Punta Chica en San Isidro a Punta Rasa en el Partido de la Costa. Hace unos meses leí un libro que me gustó mucho y reseñé en su momento: El río, de la alemana Esther Kinsky, en la que la autora recorre durante algunos meses el área bañada por el río Lea en el Este de Londres. El minucioso trabajo de Kinsky tiene que ver con la psicogeografía, ciencia inventada por Guy Debord y desarrollada por Iain Sinclair que mezcla la geográfía con la antropología, la historia y la literatura. El proyecto de Neo está orientado a revisitar las primeras exploraciones del Plata descritas por Ulrico Schmidl y a comparar el gran río que el alemán vio hace quinientos años con el que hoy se ofrece al viajero, mucho más difícil de transitar por motivos topográficos y, sobre todo, por la dificultad para acceder a la costa gracias a distintos accidentes humanos (desde cuarteles hasta countries, desde reservas naturales a empresas públicas y privadas).

Neo recorre el río casi sin logística, apenas acompañado por un autito y alguien que vive con él pero de quien no se consigna nombre ni sexo, como si se tratara de la compañia de un fantasma que come y juega al pool. Cada tanto aparecen en el libro unos dibujos que parecen ilustraciones esquemáticas de un cuento infantil, que aportan muy poca información cartográfica pero tienen su encanto. Me gustó especialmente el que ilustra una pesca de sábalos en Punta Lara en la que se utiliza una red arrastrada por caballos.

Como sus colegas psicogeógrafos, Neo logra mostrar que hay vida y profundidad debajo del mapa urbano y lo hace de un modo que podríamos llamar peronista: construye una épica a partir de la sensación de andar en patas por el lecho de ese río barroso y no exento de peligros. Hasta dice que Charles Darwin se volvió ateo y evolucionista en 1932 frente a la costa de Berisso, convencido de que nadie, ni dios, podía crear algo de tal extensión y de belleza en seis días. Neo parte del plano y le agrega dos dimensiones, la del paso del tiempo y la de la mística, lo que acaso sea una buena punta para entender qué cosa es la literatura.

También en Perfil