Donald Trump dijo días atrás que acostumbra reconsiderar cada una de sus posiciones sobre todos los temas. Ahí está Irán para confirmarlo. La reconsideración de la estrategia norteamericana en Oriente Medio es incesante. Ha ido desde la amenaza de destrucción de la civilización iraní a la firma de un memorándum, vencido semanas atrás, que los analistas consideran lesivo para los intereses de los Estados Unidos. Se podría decir lo mismo de su política de aranceles.
Cómo no, Trump podría también reconsiderar la idea de extorsionar al Reino Unido con, entre otras amenazas, la de volcar a EE.UU. en favor de la Argentina en el conflicto por la soberanía en las Islas Malvinas si el gobierno laborista no aumenta su presupuesto en Defensa para financiar la OTAN o se alinea con los intereses norteamericanos en Oriente Medio. La posición tradicional de Washington en torno a la cuestión es de piadosa “neutralidad”, aunque de reconocimiento a la administración británica de las islas.
El punto débil de la estrategia que acaba de inaugurar Javier Milei sobre Malvinas radica precisamente en que está apalancada en la volátil voluntad de Trump.
Hay sin embargo otros factores en juego, que exceden el ánimo del magnate. Por ejemplo, un ensayo aparecido esta semana en Foreign Policy firmado por Ravi Agrawal afirma que Trump ha alcanzado ya su cenit y, aunque continuará siendo una figura disruptiva en el escenario global, está perdiendo su reconocido poder de coerción. Los demócratas no han visto oportuno el salvataje financiero del Tesoro al gobierno argentino, el año pasado, cuando el programa económico corría riesgo de naufragio. En noviembre Trump deberá enfrentar unos desafiantes comicios de medio término, cuando su aprobación ha llegado al piso en las encuestas.
Una segunda debilidad de la apuesta de Milei es ignorar los intereses permanentes de los Estados Unidos. Inevitable aunque odiosa comparación, fue el malentendido fundamental del dictador Leopoldo Galtieri en 1982, cuando se lanzó a la trágica aventura del desembarco militar en las islas. Aún en un orden internacional inestable e incierto como el que vivimos, ¿se puede pensar seriamente que los Estados Unidos privilegiarán al final del camino alguna otra relación a la que mantienen de manera inalterable con el Reino Unido desde hace más de dos siglos?
Como lo insinuó Trump, el Presidente parece haber reconsiderado su posición sobre Malvinas.
La cadena nacional. Milei anunció la noche del jueves una serie de iniciativas sobre la islas que en términos generales consiste en el endurecimiento de sanciones económicas a empresas extranjeras que exploten los recursos hidrocarburíferos en torno a las islas; el fondeo a la construcción de una base naval integrada en Ushuaia, y la creación de un impreciso consejo ministerial para enfrentar lo que entiende como nuevos desafíos a la seguridad nacional, resultado de la aceleración de los proyectos petroleros en Malvinas.
Milei dijo que firmará un decreto que apurará las sanciones previstas una la ley de 2011 que establece las condiciones para la explotación de los recursos en la plataforma Continental; prohibirá invertir en proyectos en el continente a las empresas que participen de esas explotaciones en torno a las islas y hará que las sanciones alcancen a los accionistas de las empresas y a sus proveedores. Todas estas iniciativas también están contempladas en la legislación argentina.
El presidente prometió además firmar un decreto que ampliará los recursos del ministerio de Defensa para apurar la construcción de una base en Ushuaia, iniciada por el gobierno que lo antecedió. La instalación de una base naval en Tierra del Fuego con proyección a la Antártida ha sido de interés tanto de gobiernos demócratas como republicanos en EE.UU., aunque responde indudablemente a la estrategia de control del llamado Hemisferio Occidental que alienta Trump. ¿Abrirá el Gobierno la puerta a una participación norteamericana?
Por último, Milei corrigió sus recientes tropiezos respecto del papel de los habitantes de las islas en el diferendo entre la Argentina y Gran Bretaña, a los que esta vez no reconoció ni “derechos” ni “deseos”.
Todo esto indica algo hasta hace poco impensado: por la vía malvinera Milei revistió su experimento libertario de espíritu nacionalista. Es una manera de cabalgar la ola global, pero también de auparse al sentimiento que envolvió a una significativa parte de la sociedad argentina durante el Mundial de fútbol. El Gobierno ya había enmendado su postura sobre la bandera que desplegaron los jugadores al término del partido con Inglaterra con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, cuando pasó de condenar el hecho a justificarlo. Ahora ha salido a agitar ese estandarte.
Las urgencias. Detrás de esta estrategia puede verse la urgencia del Gobierno de recuperar la agenda pública en momentos en que la fe en el futuro del proyecto
libertario declina, los resultados del programa económico se demoran y crece la imagen negativa del Presidente.
Milei había apelado a la subir confrontación en todos los frentes y a una mayor dosis de descalificaciones e insultos para fortalecer su gobierno, combinados con un giro hacia distintas dosis de intervencionismo económico y pragmatismo político. La malvinización de su discurso se inscribe en esta última dirección.
¿Qué cambia después de la cadena nacional de Milei? En materia de política exterior, la principal novedad es que el Presidente ha desalineado su política sobre las islas de las estrategias negociadoras de gobiernos no peronistas como los de
De la Rúa y Macri y de la experiencia menemista. Además, arrebató la bandera de Malvinas al kirchnerismo y convocó y por primera vez a toda la comunidad política detrás de su inesperado impulso nacionalista.
No habrá visita a Londres, como se proyectaba desde hace tiempo. Milei hasta reconvirtió su habitual arenga de cierre: de Viva la Libertad Carajo a Viva la Patria. Aún no hemos
visto todo.





