Viajé al sur de Turquía en febrero de 2026 atraído por el enigma de Göbekli Tepe, la “colina-ombligo”, el más importante hallazgo arqueológico de las últimas décadas. Pero mientras preparaba la travesía se presentaron otros misterios.
La ciudad base para visitar al antiquísimo santuario se llama Sanliurfa, y está cerca de la frontera con Siria; antes la denominaron Urfa, los griegos Edesa, y en la noche de los milenios se llamó Urhay (vale subrayar que el morfema “ur” en alemán significa “origen”, “proto”, “primero”).
Lo que yo no sabía es que ciertas literaturas islámicas consideran que la famosa “Ur de los caldeos”, mencionada en el Génesis bíblico como origen de Abraham y su familia, no es la “Ur” sumeria, sino esta misma Sanliurfa.
La argumentación podría tener alguna razonabilidad no solo por el morfema “ur” en los nombres actual y pretéritos, sino también porque la ciudad de Harrán (destino inmediato de un Abram ya casado y de su padre Taré cuando partieron de Ur), está a apenas 50 kilómetros al sur de Sanliurfa, de camino hacia las tierras de Canaán.
Harrán no es un lugar de importancia menor en la Torá (donde se la denomina “Harán”, que en hebreo significa “camino”, “ruta” o “encrucijada). Al contrario. A Harrán, como ya se dijo, va una parte del clan abrámico al salir de Ur.
Y luego de que Taré muere en Harrán, el hijo Abram recibe la orden divina de continuar la senda emprendida por su padre, abandonar esa tierra y dirigirse “al lugar que Yo te mostraré”.
Mucho más tarde, tras innumerables contratiempos, Abram engendra a Isaac, y éste, al llegarle el momento, vuelve a Harrán para conseguir mujer, y regresar con esposa, Rebeca, a Canaán.
Rebeca e Isaac engendran dos gemelos condenados a una grave rivalidad. Cuando los hermanos crecen, el conflicto escala a tal punto que uno de ellos, Esaú, preferido de Isaac, planea asesinar a su hermano Jacob, preferido de Rebeca. Entonces la madre le ordena a Jacob partir a Harrán, a la casa Labán, hermano de Rebeca.
Finalmente, es en Harrán, encrucijada fronteriza entre el lugar de donde venimos y el lugar al que vamos, donde transcurren los célebres dos períodos de siete años que Jacob debe trabajar para Labán, para ganarse la mano de su amada Raquel, y partir nuevamente desde allí hacia la promesa de una nueva vida.
Así que Harrán está cerca de Sanliurfa, la ciudad que podría haber sido -misterio sin resolver- la Ur bíblica. Y además en el centro de Sanliurfa pasaron y pasan cosas.
Hay allí un místico estanque (habitado por peces sagrados e intocables, a los que solo cabe observar, alimentar y cuidar), que también responde a cierta literatura islámica: son relatos que cuentan una versión acerca de la vida de Abraham que no está en la Biblia, y según la cual, además de haber nacido allí, el patriarca, rebelde predicador de la fe en un Dios único, habría sido arrojado al fuego por el tirano de turno, y habría sido salvado por Alá, que para proteger a su profeta convirtió el fuego en el agua y las brazas ardientes en los peces que ahora vemos en Balikligöl (nombre actual del estanque).
Cerca de allí, en 1993, descubrieron al “Hombre de Urfa”, la escultura de representación humana más antigua que se conozca: data del décimo milenio antes de Cristo, y sus casi dos metros de altura impactan en una de las salas más importantes del Museo Arqueológico de la ciudad, Museo que además exhibe una fantástica réplica del más importante recinto de Göbekli Tepe.
Ahora sí, desde Sanliurfa me dirigí a la “colina ombligo”, a unos 20 kilómetros al noreste.
Yo ya había leído Göbekli Tepe, misterios acerca de la Era Neolítica, apasionante obra de Damla Tomru, cronista y narradora turca que plasmó allí su peregrinación personal alrededor del yacimiento. En la página 58, Damla rescata el “momento arqueológico” vivido por el arqueólogo alemán Klaus Schmidt, cuando en 1994 se descubrió la significacióndel santuario: “Muy poca gente en el mundo ha experimentado jamás una experiencia de este tipo”, anotó Schmidt.
El lugar donde esos monumentos fueron construidos (y luego enterrados) por sus enigmáticos hacedores, ya había sido explorado por otros arqueólogos desde los ‘60s del siglo veinte, pero dada la sofisticación de lo que encontraron, fue considerado “a lo sumo un cementerio medieval más”, y descartado todo interés de profundizar las investigaciones… hasta la llegada de Klaus Schmidt.
La datación y posterior revelación de Göbekli Tepe, allí, en el sur de Turquía, cerca de Siria, de Sanliurfa y de Harrán, puso a los saberes sobre la historia de la humanidad patas para arriba. Se trataba de un conjunto de templos poblados con tótems de piedras de diez o más toneladas, tallados con una profusa y compleja colección de símbolos que hasta parecían revelar avanzados conocimientos de astronomía.
Una obra maestra imposible para los cazadores-recolectores que, según las ciencias humanas, poblaban la Tierra en aquel 9600 antes de Cristo (siete milenios antes de las grandes pirámides egipcias).
Asombra aún más el hecho de que todas las inquietantes preguntas que surgieron a partir del descubrimiento de Schmidt, se basaron tan solo en los cuatro recintos que han sido excavados hasta ahora, apenas un cinco o diez por ciento de lo que falta excavar: las exploraciones geofísicas indican que hay todavía, bajo la colina, unos quince o veinte recintos más.
Desde el amplio parking del complejo, un minibús me llevó hasta el propio sitio arqueológico, actualmente cubierto por una blanquísima tela que refleja la luz solar cual gigantesco espejo. El instante de la contemplación fue memorable: comprendí de inmediato aquel “momento arqueológico” que deslumbró al descubridor.
Luego de recorrer la pasarela que rodea los cuatro recintos excavados, recordé las tesis del periodista e investigador británico Graham Hancock, quien visitó el lugar junto a Klaus Schmidt en 2013 (un año antes de la sorpresiva muerte del arqueólogo alemán).
Hancock constata que, si la agricultura y el excedente generado por la vida sedentaria resultan imprescindibles para que una sociedad pueda edificar semejantes templos, y si tales santuarios se realizaron inmediatamente antes de la invención de la agricultura y del sedentarismo, el misterio de su construcción resulta infranqueable. Por otra parte, de sus entrevistas con especialistas en historia del clima, Hancock deriva que la circunstancia del levantamiento de Göbekli Tepe coincide exactamente con el final de la última Era Glacial (luego del llamado “Dryas Reciente”), cuando una serie de catástrofes provocaron escenas que recuerdan al Diluvio Universal.
¿Por qué no pensar -se pregunta Hancock- que tales desastres naturales acabaron con una sociedad muy antigua y desarrollada, y que -con el fin de transmitir la memoria de la civilización desaparecida- los sobrevivientes se hubieran encargado de difundir sus saberes ancestrales? ¿Por qué no imaginar que esos sobrevivientes construyeron las insondables catedrales que hoy observamos en Göbekli Tepe, y que desde ellas enseñaron y transmitieron las artes, las ciencias y la agricultura a una nueva humanidad por nacer?
Porque -argumenta Hancock- no puede ser que repentinamente un cazador-recolector nómada de tiempos precerámicos haya dejado a un lado lanza, arpones y buriles, para emprender de golpe obras de tal envergadura.
Partí directamente hacia Harrán, que además de su importancia en la Torá, fue ya un importante establecimiento comercial asirio en el segundo milenio antes de Cristo, y ocupada por babilonios, persas, Alejandro Magno, Roma y Bizancio, antes de la conquista musulmana del siglo VII. Las capas de estas diversas épocas se pueden observar superpuestas unas con otras al recorrer las ruinas que bordean la colina.
Y con la orientación de Yamal, un guía árabe de la zona, atravesé el hueco de un alambrado perimetral y ascendí a la cumbre de la colina. Desde allí pude ver la frontera de Siria, los campos que Jacob trabajó para Labán y, según afirmó el baqueano, los restos de las viviendas de Abram y sus parientes y allegados. ¿Estaba yo entonces en el punto geográfico donde alguna vez el Eterno indicó a Abram la necesidad de la partida? Me refiero, claro, al “Lej Lejá” (anda para ti) del Génesis XII: ese instante que no deja de repetirse en otros momentos fundamentales como la Expulsión del Paraíso, el exilio de Jacob por orden de Rebeca, la dramática llegada de José a Egipto y el Éxodo liderado por Moisés.
Mito, historia y orígenes
Para Sigmund Freud, tanto los mitos como los sueños son la expresión simbólica de verdades históricas o psicológicas. Así como las escenas distorsionadas del mundo onírico expresan lo guardado en el inconsciente de cada individuo, así las fantasías míticas develan como pueden algo de lo reprimido u olvidado de la historia de las civilizaciones.
En algunos de sus diálogos, Platón menciona referencias que su antecesor ateniense, Solón, había recogido en Egipto sobre la existencia de la Atlántida, una supuesta civilización muy antigua aniquilada por desastres similares a los narrados en el Diluvio bíblico y en otras mitologías.
La estructura de la narración que hace Freud en Moisés y la religión monoteísta sobre cómo su Moisés egipcio constituye al pueblo judío mediante la transmisión de antiguos saberes, se parece de forma notable a lo que encontramos en otras leyendas acerca del origen de distintas civilizaciones, donde sabios como Viracocha en Perú o Quetzalcoatl en México, llegan desde sitios desconocidos para ayudar a los hombres a aprender los conocimientos que ellos traen desde no se sabe dónde.
Algo pasó entre Canaán, Sumeria, Ur, Harrán, Sanliurfa y Göbekli Tepe.
En el corazón enigmático del relato bíblico, que acaso beba de fuentes mucho más antiguas que las que imaginamos (y cuyo Eterno protagonista es un tetragrama impronunciable), así como en lo que resta descubrir en la “colina-ombligo” y otros yacimientos, podrían existir claves insospechadas.
Las puertas de un universo de revelaciones, capaces de revolucionar por completo el conjunto de creencias que los humanos sostenemos acerca de nuestra estofa, quizás estén esperando en el camino de las investigaciones arqueológicas y textuales por venir.










