El músico uruguayo Diego Presa presenta en Buenos Aires su último álbum Otra visión del monte. Un disco en el que permitió la completa intromisión de Ahmed Isa Juan Ravioli para su producción y juntos, con los músicos Nahuel Roht y Federico Terranova, crearon una obra sonora bella, limpia, llena de cuerdas, naturaleza y algo de nostalgia, aunque Presa reniegue de ella.
Diego Presa lleva más de dos décadas construyendo una obra singular dentro de la canción rioplatense. Vivió toda su vida en Montevideo, su vida familiar es muy estable según él destaca, pero lleva consigo tres proyectos artísticos diferentes y ahí está su espíritu de aventura. Por un lado está su carrera solista, por otro, Buceo Invisible, un colectivo de artistas que también hace música, y el dúo con la actriz y cantante argentina Julieta Díaz, con la que llevan dos discos grabados.
El disco reúne diez canciones que sostienen ese paisaje en el que lo cotidiano puede adquirir la dimensión reveladora que está codificada en los sueños: “El espacio”, “Santos lugares”, “Piedra y lava”, “El federal y la chalana”, “Ulises vuelve a partir”, “El fuego que prendimos”, “Sueño en DO#”, “San Luis de Canelones”, “Al filo de la medianoche” y “Nimes”.
Sobre su relación con argentina, el músico reconoce que surgió hace muchos muchos años, pero el primer recuerdo fuerte lo hace sonreír. “Un tío”, dice. Ese tío que vivía en la misma casa que vivía él, que lo formó y al que admiraba. Ese joven que se fue a vivir a Argentina y cada vez que regresaba era una fiesta y llevaba novedades del país vecino. “Nos traía Kesitas, que en Uruguay no había”, recuerda viajando un poquito en su cabeza a esos años.
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“Y después recuerdo la primera vez que vine a Buenos Aires, yo tenía 14 y vine con mi tío justamente y me llevó a dar una vuelta por acá, por Palermo, una plaza que no sé qué plaza sería, quizás la Serrano, no sé, me acuerdo de estar con un amigo de él que tenían 20 años más que yo. Era un tipo de 30 y lo pasamos charlando, tomando cerveza y me emborraché por primera vez y estuvo buena esa sensación de alteración de la conciencia, de estar absolutamente feliz en esa plaza en Buenos Aires, una noche de verano”.
Sin embargo, aunque el viaje de su tío había abierto alguna curiosidad del niño Presa, eso quedó allí. “Yo me identifico con el personaje de Rayuela de Cortázar, porque estaba Horacio Olivera, que era el que viajaba, estaba en París, no sé qué. Y en Buenos Aires está su amigo Traveller que nunca había salido del barrio. Y yo soy un poco Traveller”, reconoce. “Soy de proyectos de toda la vida, amigos de toda la vida, amigas de toda la vida, una pareja de 30 años, familia, hijas grandes, yo qué sé”.
La canción uruguaya
Entre sus referencias musicales se encuentra Eduardo Darnauchans. “Para mí es el mayor poeta de la canción uruguaya”, asegura. “Y es un representante de un linaje muy particular, que no es el más conocido, vinculado con la milonga, vinculado con la canción francesa y con el folk también de Dylan, de Leonard Cohen”.
“Pero también está Gastón Ciarlo, ‘Dino’, que tiene un disco que se llama Vientos del Sur, que es del año 76, que es un disco muy influyente. Pertenece a otra vertiente musical uruguaya con un resultado más discreto, más subterráneo y que acá en Buenos Aires no prendió mucho”, señala.
Otra visión del monte
—Este álbum justamente tiene mucho que ver con la naturaleza en general, esa es la sensación que me da a mí a al escuchar el álbum, ¿eso le fue adrede o fue una situación en la que estabas, algo que leías, algo que vivías?
—Creo que hay dos cosas que marcaron ese camino sin querer. Yo tuve la la la fortuna, la suerte, de ir a un lugar ahí en el campo en el Uruguay en el departamento de Rocha. Me fui solo unas semanas. Un lugar realmente solitario y muy cerca del monte y al que es difícil acceder. Y después también me influyó cierta reflexión o una necesidad de encuentro con mi abuelo, con mi viejo, con mi tío también, como una cuestión familiar. Mi abuelo tenía un vínculo con la naturaleza bastante intenso se iba durante mucho tiempo a San Luis que es un lugar en Uruguay y tenía una relación muy cercana de conocer flora y fauna nativa. Y mi viejo es un amante de los pájaros y también sabe mucho. Entonces, por un lado está el paisaje concreto del monte de nativo y por otro lado también se fue transformando como una especie de imagen lírica o poética en el momento de escribir.
—Y tu relación con la nostalgia, ¿cómo es?
—Reniego de la nostalgia, porque no regresaría a ningún lugar. Siempre ahora, siempre ahora y lo que viene. Es lo que me lo que me genera curiosidad y lo que me emociona. Por supuesto que estoy recordando todo el tiempo. Estamos recordando todo el tiempo y el recuerdo es estimulante también.
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Quizás esa sea una de las claves de Otra visión del monte: transformar los recuerdos en materia para seguir creando, sin quedar atrapado en ellos. Presa vuelve sobre sus raíces, los paisajes de su infancia y los vínculos que lo formaron, pero su mirada permanece puesta en el presente. Como él mismo dice, “siempre ahora y lo que viene”.
Presentación de Otra visión del monte:
Viernes 30 de octubre, a las 22:30
Hasta Trilce, Maza 177
Entradas alternativa teatral.












